Críticas
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Crítica de “Ripley”, serie de Steven Zaillian con Andrew Scott, Dakota Fanning y Johnny Flynn (Netflix)
Con una carrera como director limitada a solo tres películas (Jaque a la inocencia / Searching for Bobby Fischer, Una acción civil y Todos los hombres del rey) y a la brillante serie The Night Of, Steven Zaillian es, sin embargo, uno de los guionistas más reconocidos de Hollywood (cuatro nominaciones al Oscar por Despertares, Pandillas de Nueva York, El juego de la fortuna y El Irlandés más una estatuilla ganada por La lista de Schindler). Tras una ausencia de cinco años, regresa en su triple rol de showrunner, escritor y realizador de los 8 episodios de esta fascinante incursión en el universo del estafador, mitómano y manipulador Tom Ripley concebido por Patricia Highsmith.
Ripley (Estados Unidos/2024). Showrunner, guionista y director: Steven Zaillian. Elenco: Andrew Scott, Dakota Fanning, Johnny Flynn, Maurizio Lombardi, Eliot Sumner, Kenneth Lonergan, Margherita Buy y John Malkovich. Música: Jeff Russo. Fotografía: Robert Elswit. Edición: Joshua Raymond Lee, David O. Rogers y Adriaan van Zyl. Duración: 8 episodios de entre 44 y 76 minutos cada uno. Duración total: 444 minutos. Disponible desde el jueves 4 de abril en Netflix.
Si a esta altura de la era del streaming algorítimico cabe el rótulo de “serie de autor”, Steven Zaillian se lo merece por su minuciosa y elegante transposición de las historias de Tom Ripley creadas por Patricia Highsmith. No era fácil lograr algo propio y distintivo luego de precedentes cinematográficos como A pleno sol (Plein Soleil, 1960), de René Clément, con Alain Delon, Maurice Ronet y Marie Laforêt; o El talentoso Sr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, 1999), de Anthony Minghella, con Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Jude Law, Cate Blanchett y Philip Seymour Hoffman, pero Zaillian lo consigue con una serie construida a contramano de la inmensa mayoría de los productos de Netflix.
Rodada en blanco y negro (la exquisita fotografía es de Robert Elswit, ganador del Oscar por Petróleo sangriento) y ambientada en 1961 en locaciones italianas como Roma, Nápoles, Palermo, Venecia y el paradisíaco enclave costero de Atrani, un pueblo de menos de 1000 habitantes en la Costa Amalfitana declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Ripley es una historia que se cocina a fuego lento (quizás demasiado lento para los cánones y estándares del consumo efímero y el estímulo constante de la era Netflix). De hecho, hasta que promedia el tercer episodio, “no pasa nada”, aunque en verdad pasa mucho porque hay una construcción prodigiosa de tiempo, de lugar y de las psicologías de los personajes.
Tom Ripley (Andrew Scott, el cura hot de Fleabag y protagonista de la reciente Todos somos extraños) es contratado por Herbert Greenleaf (Kenneth Lonergan), un millonario neoyorquino, para que convenza a su hijo Dickie (Johnny Flynn), un aspirante a pintor que se ha instalado en Atrani, de volver a los Estados Unidos. Pero Dickie, quien vive en una mansión de época con vista al mar junto a su novia Marge Sherwood (Dakota Fanning), fotógrafa y escritora de libros de viajes, no tiene demasiadas intenciones de cumplir con las pretensiones de su padre.
Ripley, se sabe, es un ser magnético y repulsivo a la vez. Un estafador, un embaucador, un usurpador, un mentiroso compulsivo, un manipulador que es capaz de ser tan seductor e inocente en un plano como siniestro y despiadado en el siguiente. En ese sentido, Scott construye a la perfección ese personaje dual, pendular, bipolar, lleno de contradicciones, traumas e indudable talento para el mal. En cada gesto, en cada impulso, en cada sesuda confabulación y en cada súbita improvisación, así como en cada uno de sus monólogos interiores, se perciben, se intuyen o se adivinan los traumas y heridas emocionales de un personaje lleno de secretos, facetas y matices.
Ripley, la serie, exige algo que no abunda en estos tiempos: paciencia y concentración. En las casi seis horas y media de relato hay, sí, algunos hechos importantes (asesinatos incluidos), pero la construcción es más climática que impactante porque Zaillian está más preocupado por bucear en las profundidades psicológicas (y morales) de sus criaturas que en los hechos policiales. Y también se dedica a construir una estética envolvente que por momentos remite al cine de Orson Welles y en otros, al de Alfred Hitchcock.
Al más que solvente trío protagónico, Zaillian le suma unos cuantos personajes secundarios de relieve como Maurizio Lombardi como el inspector Pietro Ravini que va investigando el caso, la gran Margherita Buy como la locadora de un departamento de Ripley y un John Malkovich que aparece sobre el final en un puñado de lucidas escenas.
Historia en la que una lapicera, un cuadro de Picasso, la obra y la figura de Caravaggio, un anillo o unos cubitos de hielo pueden adquirir dimensiones artísticas insospechadas, Ripley es por múltiples razones y atributos una bienvenida rareza para estos tiempos de series tan previsibles. Gracias por tanto, talentoso Sr. Zaillian.

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