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Crítica de “Mickey 17”, película de Bong joon-ho con Robert Pattinson (Special Gala) - #Berlinale2025
A 6 años de ganar el Oscar a Mejor Película y la Palma de Oro en el Festival de Cannes con Parasite, el director de Barking Dogs Never Bite (2000), Memories of Murder (2003), The Host (2006), Mother (2009), Snowpiercer (2013) y Okja (2017) presentó una sátira ambientada en un futuro distópico.
Mickey 17 (Estados Unidos, Corea del Sur/2025). Guion y dirección: Bong Joon-ho. Elenco: Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette y Mark Ruffalo. Fotografía: Darius Khondji. Edición: Yang Jinmo. Música: Jung Jaeil. Duración: 137 minutos. En la sección Special Gala.
Parecería que la última película de Bong Joon-ho se ha exhibido en la Berlinale como quien no quiere la cosa. En la proyección para la prensa, por ejemplo, insistieron en diversas ocasiones que no se podía publicar nada sobre ella hasta la función de gala de la noche, y el film se ha presentado fuera de competencia en una Gala Especial. En general, la sensación es que alguien (¿Warner?) prefiere que no se hable demasiado de ella. En cualquier caso, hablar, se hablará.
Basada en una novela de Edward Ashton, Mickey 17 presenta un futuro distópico en el que encontramos a un joven que, perdido en la vida y con poca cabeza, ha decidido enrolarse en un viaje espacial y firmar la más controvertida de las cláusulas: será “reemplazable”; es decir, su cuerpo, su carácter y sus recuerdos pueden ser reimpresos cada vez que muera. Así, se convierte en el tripulante de la nave que puede probarlo todo, desde la atmósfera tóxica del exterior a las extrañas salsas que cocina la esposa del jefe de la misión. Pase lo que pase, cuando muera volverá a la vida con un recipiente nuevo.
Cuando comienza la película Mickey ya va por su versión número 17 y, cómo no, está a punto de morir. A partir de aquí, la película inicia su propio viaje, que resulta excesivamente a la deriva. En el fondo, el cine de Bong siempre se ha manejado entre la meticulosidad férrea (Parasite) y el exceso (Snowpiercer): Mickey 17 estaría en este último grupo. Sin embargo, a diferencia de ambas, a Mickey 17 le falta quizá ese manejo del espacio tan clarificador que suele tener el cine de Bong: ni la nave ni el lugar que está explorando resultan reconocibles o transitables, ya que la puesta en escena, excesivamente fragmentaria, no permite definir claramente el escenario.
Lo que sí podemos reconocer en Mickey 17 son otros patrones del cine de Bong: primero, el gusto por la sátira política, sobre todo en la figura del jefe encarnado por Mark Ruffalo, un personaje que parece una mezcla de Elon Musk y Donald Trump: tan tonto como peligroso, fascista, ferviente religioso, autoritario, ególatra, y tantas otras cosas. Suya es una de las mejores escenas de la película: una comida que ese líder de dientes saltones y cabeza de chorlito y su esposa obsesionada con las salsas celebran en su salón, y en la que terminan cantando con fervor religioso.
Bong nunca fue sutil en su discurso ideológico, así que no iba a serlo tampoco ahora. Si en Snowpiercer la figura de Tilda Swinton apelaba a Margaret Thatcher, aquí los ecos son terriblemente contemporáneos. Es curioso, porque aquí no está Swinton, pero Robert Pattinson, quien encarna a ese Mickey que se reproduce y multiplica, hace suya una de las señas de identidad de la actriz: interpretar más de un personaje, o un único personaje que es muchos a la vez (al menos, 18 versiones de si mismo).
La multiplicidad de protagonistas va a la par con la estructura. Tras el comienzo, un largo flashback nos introduce a cómo Mickey ha llegado hasta ahí, y a la mitad de la película se vuelve al punto de inicio. Mickey 17 es así una película de estructura dispersa, de personajes que se multiplican, de espacios inclasificables, de giros por el mero placer de lo absurdo, de momentos brillantes y de sátira sin ambages de nuestro tiempo. Es como una centrifugadora, en la que todo cabe y todo se desparrama.
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