Festivales

Cuatro reseñas: Jodorowsky, Golino, Alix Jr. y Salle

Sumamos cuatro films que no habían sido cubiertos hasta ahora, gentileza de esta nueva colaboradora que también estuvo cubriendo el principal festival del mundo.

Publicada el 30/11/-0001

-La danza de la realidad, de Alejandro Jodorowsky (Quincena de Realizadores). Calificación: 6 puntos

Alejandro Jodorowsky vuelve, después de 23 años sin filmar, con un relato pseudo-autobiográfico ambientado en Tocopilla, su pueblo natal, donde se propone hacer una revisión de su vida, su familia y su historia. El film es una especie de coctelera, en la que se mezclan ingredientes como el dinero, la relación paterno-filial, el comunismo, los temas raciales, la guerra, lo esotérico, lo circense.

Con su propio hijo haciendo de él, Jodorowsky reconstruye su vida, en la misma casa en la que creció, y se acomete a una noble labor: cumplir los sueños de sus padres. Su madre siempre quiso ser cantante lírica; por eso, a lo largo de toda la película, solo la escuchamos cantando (lo que resulta, en cierto punto, un tanto molesto); ni una sola palabra sale de su boca que no sea cantada. Su padre, comunista, amante de Stalin y ferviente defensor de la educación y los valores estrictos, le enseña lecciones a su hijo sobre cómo ser un verdadero hombre, que incluyen someterse a un tratamiento de conducto sin anestesia, cortarse los rizos dorados que lo hacían parecerse a su abuelo materno, unirse como mascota a la fuerza de bomberos y otro tipo de acciones que harán del joven Jodorowsky un hombre hecho y derecho. El sueño de su padre: matar a Ibáñez (presidente de Chile desde 1927 a 1931 y desde 1952 a 1958) o, en su defecto, su objeto más preciado, su caballo.

En medio de la trama familiar e histórica, el pequeño Jodorowsky (acompañado por el propio Jodorowsky como una especie de ser superior que nos va relatando enseñanzas, a modo de gurú esotérico) conocerá seres extraños que lo conducirán en una búsqueda interna y externa de su propio ser y del significado de la vida.

Pero luego experimentamos un quiebre, y la trama se desvía hacia la historia del padre y sus planes de asesinar a Ibáñez, para culminar en un final en el que la familia se reencuentra, cerrando un ciclo y aleccionándonos sobre el sentido de la vida, al mejor estilo existencialismo for dummies.



-Death March, Adolfo Borinaga Alix, Jr. (Un Certain Régard). Calificación: 5 puntos

La Marcha de la Muerte de Bataan tuvo lugar en el mes de abril de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Más de 76.000 prisioneros de guerra estadounidenses y filipinos, además de civiles, fueron obligados por el ejército japonés a caminar más de 100 kilómetros hasta llegar a un centro de prisioneros, en el Campo O’Donnell.

Las condiciones precarias de los japoneses (preparados para escoltar sólo a un tercio del número real de prisioneros) fueron la principal causa de muerte de la mayoría de los soldados, que iban cayendo rendidos producto de la desnutrición y la deshidratación, sin mencionar las golpizas y castigos que recibían a diario.

El horror, la brutalidad, la tortura constante y los abusos son retratados en este film asfixiante del director filipino Adolfo Borinaga Alix, Jr.  Asfixiante por la puesta en escena, un decorado blanco y negro de cartón -una especie de maqueta de acto de jardín de infantes- que logra poner en segundo plano el ambiente (accesorio en este caso) para enfocarse exclusivamente en los soldados, en la experiencia sensorial y psicología de cada uno de los participantes de la marcha.

Una marcha que es una infinita antesala de la muerte, en la que los soldados avanzan, mientras se cuestionan sus accionares y se preparan para el inevitable final. Ellos saben cuál será su destino e intentan, aunque más no sea, tener unos últimos momentos de paz, de camaradería, de contención mutua (hay hasta sonoras escenas de flatulencia en las que un soldado le dice a otro que su olor a pedo es mejor que el olor a muerte -sic-), a sabiendas de que nada ni nadie puede rescatarlos de semejante infierno. Y, para ayudarlos, acaso, a sobrellevar la terrible experiencia, aparecerá de manera intermitente una especie de ángel, que bajará desde los cielos para iluminarlos -literalmente, ya que baja con un halo de luz- y regalarles algo de esperanza.

Nada es real excepto el dolor y la desolación, no sabemos quién está vivo y quién está muerto. Solo vemos a los soldados que marchan y cómo, uno a uno, van cayendo, en un film que intenta ser original con los recursos pero los agota a los pocos minutos y termina dando como resultado una experiencia tediosa y no del todo interesante.



-Miele, de Valeria Golino (Un Certain Régard). Calificación: 5 puntos

En su debut como directora, la actriz italiana Valeria Golino (famosa por su papel en Rain Man) nos retrata un momento en la vida de Miele, apodo profesional de Irene, una activista de la eutanasia, absolutamente convencida de que la práctica que realiza le hace un bien a la humanidad. Pero sus certezas y convicciones comienzan a tambalearse cuando conoce a Grimaldi, un hombre de unos sesenta años que sufre de depresión; ya en el ocaso de su vida, viudo, sin hijos, siente que no hay nada más por lo que valga la pena vivir.

En el listado de fuertes convicciones de Miele hay una condición inquebrantable: ella no practica eutanasia a personas que no sufren enfermedades terminales. Entonces, el dilema que se presenta con Grimaldi es el siguiente: ¿Tiene él el mismo derecho que los enfermos terminales a decidir cuándo ponerle fin a su vida? ¿Quién tiene el derecho -y el poder- de trazar la línea entre quienes pueden elegir el momento exacto de su muerte y quienes no?

A partir de esos cuestionamientos, y otros más de índole moral, Golino construye esta historia un tanto predecible, sin juicios de valor ni moralina -aunque con algún que otro golpe bajo-, y nos retrata a un personaje que atraviesa un proceso de transformación, entabla una relación de amistad con su paciente (a quien se rehúsa a tratar), y empieza a cuestionarse moralmente su desarrollo profesional y su vida en general.



-Zulu, de Jérôme Salle (Sección Oficial - Fuera de Competencia - Película de Clausura). Calificación: 2 puntos

En una Sudáfrica post-apartheid, Jérôme Salle enmarca este thriller policíaco protagonizado por Forest Whitaker y Orlando Bloom. El director se propone indagar en la problemática racial y del narcotráfico (la elaboración de una nueva droga de exterminio racial), pero sólo consigue retratar un policial que nos deja gusto a poco y a remanido, una buddy cop movie que no llega a lucirse por el estereotipo constante con el que construye las dualidades. El policía honesto (Forest Whitaker), trabajador, que carga con una cruz de la niñez (su padre fue quemado vivo delante de sus ojos), prolijo, metódico, más experimentado. En contraposición, el policía más trash (un Orlando Bloom decadente y poco creíble), que mezcla psicofármacos con alcohol, mujeriego, desprolijo, más “salvaje”, con una relación conflictiva con su ex mujer (subtrama mal desarrollada) y su hijo adolescente (bastante mayorcito). El esquema binario está explotado hasta el hartazgo, relegando así el hilo argumental más interesante sobre las cuestiones raciales ligadas a las consecuencias, aún vigentes, del apartheid, y a los resquemores entre las diferentes tribus.

Un film chato, plagado de lugares comunes, superficial, con innecesarias escenas de violencia explícita, que intenta retratar la situación actual de Sudáfrica, pero no logra ni asomarse a la superficie, y se da aires de superioridad con frases vacías que los personajes repiten mecánicamente, como si acaso citar a Mandela en uno o dos diálogos fuera sinónimo de hacer un retrato social y político del pueblo sudafricano.

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