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Berlinale 76
Festival de Berlín 2026: crítica de “My Wife Cries” (“Meine Frau weint”), película de Angela Schanelec (Competencia Oficial)
Favorita de la Berlinale, la directora de Places in Cities (1998), Passing Summer (2001), Marseille (2004), Afternoon (2007), Orly (2010), The Dreamed Path (2016), I Was at Home, But (2019) y Music (2023) estrenó en la sección principal la que muy probablemente sea la mejor película de su filmografía.
My Wife Cries / Meine Frau weint (Alemania, Francia/2026). Guion, edición y dirección: Angela Schanelec. Elenco: Vladimir Vulević, Agathe Bonitzer, Birte Schnöink, Pauline Rebmann y Ben Carter. Fotografía: Marius Panduru. Duración: 93 minutos. Estreno mundial en la Competencia Oficial.
Meine Frau weint / My Wife Cries comienza con una pared en blanco. Frente a ella, una silla. Y en la silla, Thomas, un trabajador de la construcción que conversa con dos oficinistas. Los planos de esta primera escena son largos. El fuera de campo es constante: por momentos no vemos con quién habla Thomas y tampoco sabemos exactamente sobre qué conversan. La mujer de él le ha llamado por teléfono, pero él no ha contestado todavía. Hay, de entrada, una suerte de desacuerdo con el lenguaje; y una pregunta: ¿por qué llama Carla? La respuesta irá llegando poco a poco, cuando Thomas la encuentre en un banco en el parque, cuando ella llore y le explique que ha tenido un accidente de auto, cuando él la lleve en brazos, cuando la pareja hable, primero un poco, luego más. Ella le recordará cuando ambos fueron a unas clases de baile. Ella quería ir; él, no; ella conoció a un hombre, con quien viajaba en el vehículo accidentado. Hablan sobre eso, como si circundaran un desacuerdo de pareja. El lenguaje dibuja una distancia que no tiene que ver solamente con quién quería o no asistir al curso de danza; sino con los propios límites del lenguaje, con las propias discordancias comunicativas en la pareja.
Meine Frau weint está filmada en un formato casi cuadrado, que permite elaborar un carácter fragmentario que lo es solo en apariencia: lo que sucedió en el accidente, lo que acontece en la relación entre Carla y Thomas se va esclareciendo de manera dosificada. Igual que las voces que dan la réplica a Thomas al comienzo de la película y que suenan desde un fuera de campo. Sin embargo, esto no es ningún jeroglífico, sino la correspondencia de la forma fílmica con la elaboración de un discurso sobre el lenguaje.
Los personajes hablan precisamente del lenguaje, incluso un padre que lleva a su hijo a la escuelita donde trabaja Carla. Y el habla atraviesa también las modulaciones del tono de los actores: ni Agathe Bonitzer (Carla) ni Vladimir Vulević (Thomas) tienen un alemán limpio, sino que hay restos de los acentos de otras lenguas: del francés, del serbio. Todo esto late, como el ritmo sincopado del tema de Moonface con el que se cierra la película; como las cuestiones de clase que definen a los personajes sin hacer de ello un tema: Thomas es un trabajador de la construcción; Carla, maestra de una escuela de infantes; las dos oficinistas del comienzo hablan de trabajo, de dinero, de pagar 2.100 euros por un sofá.
En Meine Frau weint hay muchos momentos en movimiento, pues está llena de trayectos en bicicleta, ya sea encima de ella o arrastrándola por la ciudad. Es en bicicleta que Carla y su amiga hablan, precisamente del lenguaje. Y es también con la bicicleta que Thomas le pregunta al fin a Carla dónde está ahora el hombre del curso de baile con el que ella viajaba en coche. “Muerto”, dirá ella al fin, como si así se pudiera cerrar una conversación iniciada el día antes. La película está atravesada por el duelo, por el dolor, el de Carla por la pérdida repentina; el de Thomas por la revelación de una distancia, por otra pérdida.
Aunque sus personajes atraviesan el dolor, hay algo tan humanista que resulta también luminosa. No es extraño, en este sentido, que la música, algo que Schanelec conoce con la precisión de quien domina el montaje, y por tanto el ritmo, corone una de las mejores escenas de la película: una excéntrica coreografía al ritmo de Lover, Lover, Lover, de Leonard Cohen, filmada como exige el género musical, en plano general.
En este sentido, Meine Frau weint no es solamente la mejor película de Schanelec, sino una obra de una belleza incontestable, que versa tanto sobre el lenguaje como sobre el amor. Y es ahí donde entra el cine en todo su esplendor, porque la directora indaga en el desgarro amoroso a través de una puesta en escena rigurosa, del encuadre justo, de la duración justa, del fuera de campo justo, de la sugerencia justa; es así como se conocen profundidades del duelo: de forma implícita y no explícita. Meine Frau weint es quizá la película más emocional de Schanelec, y es un elogio al cine y a la puesta en escena, la constatación que es a través del plano justo que se puede atravesar la complejidad de las emociones.
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FESTIVALES ANTERIORES
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