Festivales

Festival renacentista en pleno siglo XXI

Por Josefina Sartora, desde Viena
Con Uncle Boome Who Can Recall His Past Lives, el más reciente y notable largometraje del realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul (en la foto, con el director del festival Hans Hurch), la Viennale tuvo uno de sus picos de calidad. También se destacó por su audacia Aardvark, un film inclasificable dirigido por Kitao Sakurai y coproducido por el argentino Gastón Solnicki. La representación nacional se completa con las presencias de Edgardo Cozarinsky (Apuntes para una biografía imaginaria), Gonzalo Castro (Invernadero) e Iván Fund (Los labios), aunque también se exhiben en la capital austríaca Carancho, de Pablo Trapero; y Los jóvenes muertos, de Leandro Listorti (Actualizada al 29/10).
Publicada el 30/11/-0001
Volver al Festival de Viena siempre es una fiesta. Hace dos años cubrimos este festival que se caracteriza por la dirección de Hans Hurch, una suerte de hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI, un exquisito que recorre festivales y elige lo mejor de cada uno, aunque ello no implique ajustarse a ninguna medida convencional o comercial.

Este año no ha sido diferente. Lo mejor de Cannes, Berlin o Locarno está en Viena, lo cual es una buena oportunidad, para quienes no hemos ido a esos megafestivales, de ver lo mejor del cine arte de este año.

Habitué del BAFICI, Hurch elige allí lo mejor del cine argentino y latinoamericano. Por eso, nuevamente, la delegación argentina es importantísisma: Gonzalo Castro y Marcela Castañeda, director y actriz, respectivamente, presentan Invernadero, ganadora de la Competencia Argentina del último festival proteño; Edgardo Cozarinsky trae su último documental/ensayo Apuntes para una biografía imaginaria; se proyectan Carancho, de Pablo Trapero, y Los jóvenes muertos, de Leandro Listorti, e Iván Fund está con Los labios, mientras Santiago Loza la lleva a Mumbai. Del mexicano Nicolás Pereda, cuyo cine conocimos en el último BAFICI, se da Verano de Goliat, que acaba de ser premiada en Valdivia. También están Agua fría de mar, de la costarricense Paz Fábrega, y la exitosa Alamar, de Pedro González Rubio, qie será la función de cierre del Festival.

El amigo Gastón Solnicki es también un fan de la Viennale: estuvo aquí con süden hace dos años y ha venido ahora a presentar Aardvark, un film inclasificable, dirigido por Kitao Sakurai, un hombre joven muy simpático que se me presentó como mezcla de japonés, yanqui y argentino. Gastón es uno de los productores del film y fue operador de luces. Lo más fácil sería decir que se trata de un film indie, coproducción entre Estados Unidos y Argentina, pero vayamos un poco más adentro: creo que es la primera película que veo en mi vida cuyo protagonista esté interpretado por un actor ciego.

Sigamos: en un registro casi documental, vemos cómo vive ese hombre solitario, que se las arregla bastante bien en su vida cotidiana, acude a un grupo de recuperación del alcoholismo y reza arrodillado junto a su cama. El primer plano del film podría engañar: una panorámica de un bosque muy frondoso, donde Larry se abre paso con su bastón, con dificultad pero tenazmente, entre malezas, árboles caídos y trampas del terreno. Sakurai viene de la fotografía, y eso se nota en las bellos planos del film. Pero enseguida se abandona lo bucólico para pasar al ámbito urbano, donde la vida es aún más dura. Larry conoce a Darren, un instructor de judo y empieza esta práctica, encontrando una actividad tan placentera como estimulante, y un nuevo amigo que le abrirá alternativas de vida. Pero Darren está involucrado en asuntos no muy limpios, que derivan en hechos de violencia. Sin buscarlo, casi sin darse cuenta, Larry tendrá su propio descenso a los infiernos.

Como dije, se trata de un film insólito, en el cual los cuerpos cobran una importancia vital: la visión que falta a Larry es reemplazada por lo táctil y el peso corporal. Es clave la escena en que van a un show, y la stripper termina arriba de Larry, bailando contra su pecho. Cuando Larry decide investigar qué ha sucedido con su amigo, entramos en un terreno siniestro que evoca lo más denso de David Lynch. Esta segunda parte del film, que se aleja de lo documental y entra en la ficción como un noir muy libre, bordea peligrosamente el precipicio. La actuación de Larry Lewis es muy inquietante, con esa mueca de los ciegos, cuya sonrisa no quiere decir lo mismo que en una persona vidente. Terminé entusiasmada con la propuesta, original y arriesgada, de Sakurai, aunque el público, algo desconcertado, no parecía tan entusiasta. Es de esperar que el BAFICI, que apuesta por opciones extremas, elija esta película. 

Lo mejor de Apichatpong Weerasethakul, o por lo menos, la película que más me ha gustado, Uncle Boome Who Can Recall His Past Lives, es un viaje a lo fantástico-maravilloso, una película imprevisible, llena de sorpresas. Boomee está enfermo, y decide ir a morir a su pueblo al norte de Tailandia, cerca de Laos, una región convulsionada políticamente. En la casa de su cuñada, una sensible mujer que lo acompañará antes de su partida, es visitado por el fantasma de su esposa, muerta joven, y de su hijo desaparecido años antes, reencarnado en una suerte de orangután fantasma de ojos luminosos que deambula junto a otros semejantes, en una alusión al pasado trágico del país. Esta apretada sinopsis no hace más que dar una idea de un film que, como los anteriores Blissfully Yours (2002), Tropical Malady (2004) y Syndromes and a Century (2006), rehúsa los nexos lógicos y las relaciones causales, rinde homenaje e incluye elementos de la mitología tailandesa  y del budismo a la vez que alude a la represión política, pasada y presente.

Apichatpong dijo al presentar su película que la clave es “dejarse ir”, y en efecto, el film es como un hermoso sueño, una experiencia meditativa. Nuevamente, demuestra su talento para filmar la selva, sus lugares y sus sonidos, y cómo interrelacionar lo real con lo mítico. Creo que es uno de los directores más originales del momento, coherente consigo mismo, de una cinematografía bellísima, donde la fuerza de la naturaleza ocupa un lugar tan especial como los mundos paralelos.

Tal vez el film más accesible de este director, le valió la Palma de Oro en Cannes, en lo que muchos ven como una moda orientalista en el cine mundial. Como sea, es de esperar que ese galardón sirva para que tenga alguna difusión en nuestro medio, donde jamás se ha estrenado una película de Apichatpong Weerasethakul (N. de la R: el film ha sido adquirido para su lanzamiento comercial luego de su presentación en el BAFICI 2011).

Agregado del 29/10

El Festival de Viena encarga tradicionalmente su trailer a un director mayúsculo. Recuerdo que en 2008 su autor fue Jean-Luc Godard; este año es Apichatpong Weerasethakul. Su corto Empire -que se proyecta muy pocas veces- recupera imágenes y sonidos que podrían haber estado en Uncle Boomeee...: hermosas tomas bajo el agua, entre rocas y vegetación marina, o en las profundidades de una cueva, oscuras, atemporales, con restos de formas orgánicas, que abren la imaginación del espectador.

La Viennale se desarrolla en varios cines que conservan su formato original, clásico, de sala grande, sillones antiguos y confortables, cortinados, sala de espera con bar y bebidas. Ningún multiplex participa en el festival. Este sostiene su respeto al espectador al punto que no lo abruma con cortos publicitarios previos a cada film: simplemente, presenta en cada función los logos de las numerosas empresas patrocinadoras. Un ejemplo a seguir.

El 27 de noviembre, los argentinos estuvimos conmovidos por partida doble: todos sabíamos que no figuraríamos en el censo, y a mitad de la tarde recibimos la noticia de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, un baldazo de agua fría que conmovió a toda la sala de prensa. Es una pérdida que abre interrogantes sobre el país. Sabemos que la Presidente guarda toda su entereza, pero nada le será fácil, dado el complejo y desarticulado mapa político.

Volviendo a las películas, vi una de las pocas coproducciones con Africa (Chad en este caso) seleccionadas para el festival, Un homme qui crie, de Mahamat-Saleh Haoun. Es un valioso film que ganó en Cannes el Premio del Jurado. Una película que, si bien dotada de un poderoso -e inevitable- color local, habla de verdades humanas en diversos niveles. En un país siempre sacudido por las guerras civiles, Adam y su hijo Abdel trabajan en la piscina de un hotel de lujo. Adam ha sido campeón de natación, y su trabajos en la piscina ha pasado a constituirse en su identidad. Cuando la gerencia decide que lo reemplace su hijo más joven y lo destina a controlar la valla de entrada al hotel, se siente tan humillado como el protagonista de El último hombre de Murnau. El viejo león no soporta ceder su lugar a la nueva generación, y elude pagar su tributo al ejército, lo cual implica que su hijo sea reclutado a la fuerza y enviado al frente. Adam ha recuperado su cetro. Ese hombre egocéntrico no comprende la magnitud de su falta hasta que la novia de Abdel se presenta encinta, al tiempo que las luchas llegan a la ciudad. Entonces asume su responsabilidad y sale en busca de su hijo. Adam no grita, llora a solas, buscando algún tipo de redención. Adam, Abdel: los nombres cargan por sí mismos con todo un contenido simbólico que no necesita de líneas de diálogo. Con una sobriedad admirable, y la interpretación ajustada y expresiva de Youssouf Djaoro, quien pasa de la dignidad y el rigor a la humillación y la culpa casi sin palabras, esta tragedia clásica dominada por la desesperación es hasta ahora de lo mejor de la Viennale.

Ya estoy muy cansada de esas películas -que ahora abundan- sobre jóvenes desocupados o aburridos que salen al camino en busca de alguna pasión que no tienen adentro. En la Viennale vi tres: Estrada para Ythaca, trabajo colectivo de cuatro directores y actores brasileños, totalmente intrascendente y vacío, A espada e a rosa, del portugués Joâo Nicolau, proyectado en una sala llena que de a poco fue despoblándose, una comedia que juega con el absurdo, en la que el viaje se realiza en una nave pirata, y se abordan temas como la amistad, los sueños y la droga, y la más atendible, aunque no me convenció totalmente, La vida sublime, del español Daniel Villamediana.

Cuando vi su anterior El brau Blau en el BAFICI de 2009, ese film me había parecido un buen ejercicio casi experimental, un unipersonal de un asceta solitario obsesionado con el toreo, que asume el entrenamiento como una meditación trascendental.

En La vida sublime, desde el título todo parece demasiado ambicioso o falso: el protagonista, otro aburrido, decide ir en busca de una pasión. En verdad, quien sí tuvo una pasión fue su abuelo, y él sigue sus pasos desde Castilla la ocre (¿qué tienen de malo los ocres castellanos?) a la luminosa y colorida Andalucía. Ello da motivo a buenas imágenes turísticas, entrevistas a diversos personajes que, si bien con gracia, hablan con una superficialidad que impera en todo el film. En fin, para mí, la pasión es otra cosa.

+ info: http://www.viennale.at/english/index.shtml

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COMENTARIOS

  • 31/10/2010 12:23

    Hola Godardista,<br /> He visto 21 películas, con suerte veré unas 10 más de las 300 y pico que presenta la Viennale. Si consideramos que el Bafici programa más de 400, me queda mucho para ver entonces. Y dejar de ver una película porque quién sabe, tal vez el Bafici la presente el año próximo… no es lo mio. Y si la presenta ¿quién me quita lo bailado? <br /> Vivamos el presente, del doman non c´è certezza.<br /> Saludos.

  • 29/10/2010 19:33

    Buen informe, pero no te va a quedar nada para ver en el BAFICI 2011, JA JA JA

  • 29/10/2010 14:31

    Qué suerte Josefina que estás en la hermosa Viena y en un festival tan copado como la viennale, que disfrutes tu estancia y comas unas buenas Sacher

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