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Sobre Dragon Inn y A Touch of Zen, de King Hu (Talent Press)

-La proyección de las copias restauradas de los dos clásicos del director taiwanés fue uno de los grandes eventos cinéfilos del festival.
-Este texto fue producido en el marco del Talent Press del Talents Buenos Aires.

Publicada el 29/04/2016

El wuxia es un género literario nacido, cultivado y leído en China. La comparación más cercana y occidentalizada que se puede hacer es la de que el wuxia es como la fantasía medieval de China: luchadores con espadas, enfrentados a clanes familiares, con la aparición de personajes con habilidades mágicas, habilidades más allá de las posibilidades humanas y, a veces, la aparición de criaturas sobrenaturales. Aunque con una historia literaria de más de 2000 años de antigüedad, fue solamente en la década de  1960 en que finalmente se pudieron adaptar historias que pertenecían a ese género, todo esto gracias a los esfuerzos del director taiwanés King Hu, de quien se mostraron, en el contexto del reciente BAFICI, dos de sus obras seminales: Dragon Inn (1967) y A Touch of Zen (1971).

Proyectadas por primera vez en la sección Cannes Classics del Festival de Cannes, las copias restauradas de estos dos clásicos del cine en lengua mandarín fue uno de los trabajos más esperados por los fanáticos del cine de acción y del cine asiático en general, ya que muchas de las existentes hasta ese momento tenían pésima calidad o no estaban con todas las escenas. Se trató, por lo tanto, de uno de los eventos cinematográficos más importantes del BAFICI, al ser la primera vez que estas restauraciones fueron proyectadas en Latinoamérica, y también por la confirmación de que se les da como grandes obras cinematográficas, más allá de sus peculiaridades como conformantes del género del wuxia, el cual sigue hasta nuestros días con películas como The Grandmaster (2013) o The Assassin (2015).

King Hu logró matizar y adaptar, de forma libre, una historia clásica del wuxia en 1966 con Come Drink with Me, que ingresó los primeros tópicos visuales del género a la pantalla grande, integrándolos al espectáculo propio del cine en color en Cinemascope (o como era llamado por la compañía productora de esta cinta, el Shawscope). De forma tímida vemos los primeros personajes arquetípicos, como el maestro borracho, las princesas guerreras y las coreografías que usan trampolines y cables, para dar a entender habilidades extraordinarias. La importancia de esta película no es menor, pero no se proyectó al no formar parte del paquete de películas restauradas, además de pertenecer a una de las productoras más importantes de artes marciales de su tiempo: Shaw Brothers. Fueron, de hecho, las luchas entre King Hu y los Shaw respecto al tono que debía tener la historia lo que lo llevó a separarse de ellos y realizar de forma separada las dos épicas que seguirían.

Ver Dragon Inn (1967) en la pantalla grande lleva a conexiones cinéfilas posteriores, que sólo ahora pueden ser totalmente comprendidas. Las similitudes con la última película de Quentin Tarantino, The Hateful Eight / Los ocho más odiados (2015) resultan divertidas y a la vez admirables, ya que demuestran la versatilidad del director norteamericano a la hora de rezumar referencias cinéfilas en contextos completamente diferentes. En ambas películas hay brebajes envenenados, personas con identidades ocultas, una posada en medio de la nada donde van a parar todos los personajes, amabilidad entre los enemigos y mucha violencia. La película de artes marciales se atreve a ir un poco más allá que la anterior de King Hu, agregando el personaje del eunuco, así como la apabullante presencia de espadas y lanzas, armas punzantes que se añaden al arsenal de golpes y maniobras físicas que formaban parte de la historicidad en la cual la cinta forma parte.

Pero es en A Touch of Zen (1971) donde King Hu llega a la epítome de lo que el género puede entregar, haciendo de esta película de tres horas no sólo una propuesta divertida debido a la cantidad de luchas y coreografías, sino que también se torna una experiencia trascendental. Haber visto las composiciones de Hu, en constante movimiento, forma parte de una de las memorias del BAFICI que no se olvidarán nunca. Es curioso el experimento que se puede hacer de buscar en cuáles planos no hay movimiento de cámara, pero resulta fútil cuando uno se ve absorbido completamente por los personajes, especialmente con la simpleza y bravía con la que establece un protagonista falso, el cual viene a ser un subrogante de la audiencia, que con la misma timidez que nosotros, explora los espacios vacíos, buscando explicaciones y escucha cómo una guerra de años atrás viene a tocarle la puerta de su humilde y alejado pueblo.

Es sobre todo en esta última película donde más se pueden sentir los vínculos con las nuevas películas de wuxia, como las realizadas por Zhang Yimou (Héroe, La casa de las dagas voladora). Hay, sin embargo, una diferencia, ya que muchas de ellas se apoyan en la idea de la estilización absoluta de la imagen a través de la inmovilidad de la cámara, algo que es completamente ajeno al estilo de King Hu. Abusando del zoom, invento nuevo para las regiones asiáticas en la época, el director se apropia del dispositivo técnico como nueva forma de narrar visualmente: evitando los cortes, la cámara explora el espacio, realiza travellings y zooms para fijarse en diferentes detalles, contando y a la vez dirigiendo la mirada del espectador, sin necesidad de realizar planos detalles que pueden realizarse dentro del vagar constante de la mirada del director. La longitud de los planos es lo que quizás más se asemeja a los del nuevo wuxia, que se preocupa por realizar planos enrevesados pero al mismo tiempo largos, que dejan caer su tiempo, pero con la idea de dar cuenta de la coreografía espacial de forma clara y sin cortes.

Muchos de los directores de cine asiáticos relacionados con la tradición festivalera, como Tsai Ming-liang o Wong Kar-wai, son herederos de la superioridad visual de King Hu. No estamos ante un director que sólo sabía armar buenas coreografías, sino ante una poética visual que influyó a los mejores directores de la nueva generación de cineastas orientales que vendrían a dominar el mundo desde fines de los años 90 hasta el día de hoy. King Hu no es sólo un antecesor del cine wuxia de hoy, sino que es uno de los artistas más influyentes del continente asiático, tanto en su uso de la luz, de la cámara, como de la enorme capacidad de resumir argumentos completos en tan sólo un par de planos. Ver sus películas en pantalla grande es entender lo que directores como Jia Zhang-ke vieron y adaptaron para su propio cine. Es asistir a una clase de cine en su estado más puro.

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