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Por qué seguimos amando ver películas en las salas en plena era dorada del streaming
Por María Fernanda Mugica
Un film de Netflix puede verse en celulares, pero su disfrute en pantalla grande es inigualable.

La película ya había empezado y un acomodador me guió con una linterna hasta una de las pocas butacas que quedaban libres de las 2.000 que tiene el teatro Princess of Wales de Toronto. El lugar que quedaba estaba lejos de ser ideal, arriba de todo y de costado. Al menos no lo era para ver la película, pero sí ofrecía una excelente perspectiva para observar al público. Las risas, los silencios y ese sonido de llanto discreto que muchos practicamos en el cine subían hasta mi ubicación e invitaban a mirar alrededor. La experiencia colectiva de la sala de cine es un tema sobre el que leemos, escribimos y discutimos hasta el hartazgo, pero toma otro sentido en ese momento en el que sos parte de una multitud que reacciona en forma conjunta frente a lo que está pasando en la pantalla. A diferencia de las conversaciones en voz demasiado alta y las luces brillantes de los celulares de aquellos que no pueden dejar de chequear sus redes sociales durante una película, las reacciones de este público concentradísimo en lo que estaba viendo no distraían del fabuloso film proyectado en la pantalla sino que lo acompañaban. Esa sensación es una de las razones por las que amamos el cine y en estos tiempos es fácil olvidarla.
Lo paradójico de este reencuentro con la magia de la experiencia colectiva en su mejor versión es que la película en cuestión era una producida por Netflix, es decir, pensada para ser vista en casa o incluso en el teléfono durante un viaje en subte. Historia de un matrimonio (Marriage Story) es uno de los mejores films del año, una historia sensible y con un humor exquisito centrada en la disolución de una pareja. La potencia de la obra de Noah Baumbach estará intacta para quien lo vea en la plataforma de streaming; la película es lo que es. Pero hay una dimensión extra que se pierde cuando no compartimos la experiencia con otros, en una sala a oscuras, lejos de las distracciones cotidianas.
Un año antes, en el mismo teatro, había sentido el impacto colectivo de una escena de Roma que me hizo enojar y llorar. Todo el público quedó sumido en un silencio tenso, mientras mi amiga Astrid Riehn y yo compartíamos un paquete de pañuelos e intercambiábamos miradas de indignación ante el modo en que Alfonso Cuarón había elegido mostrarnos una situación dolorosa. De nuevo, otro recuerdo de una experiencia colectiva ligado a una película producida por Netflix.
Gracias a una serie de factores que incluyen desde los pedidos de los propios realizadores hasta las ambiciones de ganar un Oscar (que los obligan a cumplir con ciertas reglas de exhibición de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood), Netflix inauguró un modelo que incluye la proyección de algunas de sus películas en salas antes de estrenarse en la plataforma. Esto permite que quienes deseen ver el film en pantalla grande y con público puedan hacerlo (siempre que vivan en las ciudades en donde se estrena, por supuesto). Lo hicieron con Roma y lo harán con Historia de un matrimonio y con El irlandés (The Irishman), la esperada nueva película de Martin Scorsese.
Antes de llegar a las salas y a la plataforma, El irlandés será la película de cierre del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Aquí entra en juego otro elemento clave en los esfuerzos por mantener vivo al cine como comunión: los festivales. Sin ir más lejos, las experiencias relatadas tuvieron lugar en un festival. En la actualidad estos eventos ya no son sólo celebraciones del cine sino que son también espacios de resistencia en varios aspectos. Por supuesto, son el ámbito donde se puede ver películas que no se estrenan en las salas comerciales, pero esos mismos films tal podrían encontrarse en algún rincón de la web (de forma legal o no), pero hoy esas muestras tienen, sobre todo, una función de curaduría, de educación y de promoción del cine como experiencia comunitaria, frente al avance de los servicios de streaming.
Sin embargo, las nuevas generaciones también disfrutan de la experiencia colectiva del cine. Es un hecho comprobado por la cantidad de entradas que venden en todo el mundo las películas de Marvel, la saga de Star Wars, Pixar o Disney. Ah, perdón, con decir las películas de Disney bastaba. Los niños y jóvenes tienen su propia forma de vivir esa experiencia, que implica comer y beber, tal vez sacar el celular durante la función, pero están atrapados por ese mismo encanto de compartir una película con otros. La experiencia continúa fuera de la sala, en redes sociales donde siguen discutiendo sobre lo que vieron. El café después de la película no murió, se transformó en un post de YouTube.
Lo que resulta triste para los cinéfilos que vivimos una época de mayor variedad en las salas comerciales es que lo más jóvenes no puedan acceder a un menú más amplio. En realidad, tampoco los mayores porque ya casi no hay lugar en la cartelera para las películas orientadas a un público adulto. No se estrenan más en el cine los thrillers de abogados, los dramas familiares o las comedias románticas, que ahora viven en Netflix, Amazon o HBO y se ven en casa, con la pareja, familia, amigos o mascotas como únicos compañeros.
Es cierto que por todas las experiencias mágicas de comunión con el público en el cine, hay tantas otras en las que resulta molesto. En otra enorme sala repleta, el Kursaal del Festival de San Sebastián, una pareja se sentó justo delante de mí. Ellos ya habían pasado por lo menos los 45 años pero su amor era adolescente. Los movimientos de sus cabezas, los ruidos de los besos, sus risas y comentarios distraían del policial de Kazajistán que se desarrollaba en la pantalla. La película era bastante tediosa, creo que se suponía que tenía que hacer reír en algunas escenas, pero el público la seguía en silencio. Excepto por la pareja de enfrente. Aguanté poco tiempo más después de una escena en la que un policía coloca semen en el cadáver de un chico para inculpar del crimen a un hombre inocente. La pareja feliz me dio la fuerza para abandonar la sala, un poco porque no los aguantaba más y otro poco porque me recordaron que no todas las películas merecen nuestro tiempo.
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Amo ir al cine a ver películas pero cuando la crisis económica manda y las entradas resultan caras aparece como opción ver en casa la película y no está mal porque las películas se hacen para ser vistas NUNCA SERÁ LO MISMO..Tengo más de 60 años y uno de los motivos por lo que me ha disgustado envejecer es no ver más en los cines de mi barrio los programas continuados con dos películas donde había algunas extraordinarias combinaciones como EL GRADUADO Y PERDIDOS EN LA NOCHE, LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO y ZELIG, LOS PERROS DE PAJA y CABARET, EL JOVEN FRANKESTEIN y BRAZIL o LA TREGUA que fui a ver al cine Argos como película de relleno de un estreno que se llamaba LA PARTE DEL LEÓN de un tal Aristarain.
Amo ver cine en el cine, en razón de que en mi barrio, tenía el cine Pellegrini a la vuelta de casa, el cine Rio de la Plata a dos cuadras y el cine Parravicini a cuatro ó cinco cuadras. Y de chico me llevaban al cine a ver hasta 3 películas, donde como no podía preguntar, aprendí lectura veloz para no perder los subtítulos. Es el día de hoy que sigo yendo al cine, esperando ver alguna película italiana, francesa, alemana, norteamericana, inglesa, japonesa, rusa que era lo que me brindaba el barrio, ya que las películas no se transmitían en cadena para que todos pasasen el mismo título. ¡Oh, tiempos, oh costumbres! por mi parte seguiré buscando una película que me permita seguir con mi pasión cinéfila.-
Muy buena nota de opinion, es verdad que la gente joven sigue yendo al cine pero siempre con la misma idea: la de ver lo ultimo de Marvel, DC o alguna saga, es dificil que se inclinen por una pelicula que no entre en ese rubro, mas aun que sea de autor.
María Fernanda Mugica, creo que la experiencia de ver una película en una sala de cine es inigualable. Tengo 47 años y desde que recuerdo voy al cine, siempre a sido para mi como una ceremonia. Mi hija tiene 8 años y disfruta como yo estando en el cine, me gusta mirarla y ver como se concentra, creo que será una muy buena espectadora. Yo iba con mi padre al cine cuando era chico también. Siento lo mismo que vos con respecto a que habría que tener mas opción de otros títulos en cartelera. Soy del interior y recuerdo que en los años 80 llegaban a nuestras salas películas españolas, italianas, brasileras... había otras opciones. Me gustó tu nota. Muchas gracias