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Historia de la Producción (reflexiones para la coyuntura del cine argentino)

Nuestro columnista, productor de películas como Todos mienten, Papirosen, Los dueños, Esto no es un golpe, La vida en común, La dosis, Camuflaje, Clara se pierde en el bosque y Los días chinos, (se) pregunta sobre la pertinencia de ciertas ideas y prácticas propias de otros tiempos y sobre la relación entre los profesionales más experimentados con jóvenes estudiantes que se enfrentan a un panorama muy desalentador.

Publicada el 10/01/2026

Algunas veces hablo con gente más joven. Personas que transitan sus veinticortos. En varias ocasiones me hablan de la falta de armonía entre los años que toma estudiar una carrera universitaria y las perspectivas de conseguir un trabajo afín a esa formación, independizarse económicamente, mudarse de la casa de los padres, entre otros hitos de la primera adultez.

En el caso de la enseñanza cinematográfica noto cómo empiezan a temblar las propuestas académicas tradicionales que buscan graduados y graduadas con capacidad para hacer largometrajes, digamos, “normales”. Es decir, de aproximadamente 90 minutos de duración, filmados con equipamiento profesional -no celulares- para exhibición en salas cinematográficas. En pocas palabras, un proceso industrial donde el equipo técnico, el equipamiento utilizado y todas las decisiones tomadas tienen como finalidad cierto resultado y cierto estándar de calidad técnica.

Mientras todo eso pasa, cientos -tal vez miles- de estudiantes se enfrentan a dos adversarios poderosos: una coyuntura muy compleja en lo económico, con un INCAA totalmente enajenado de sus funciones naturales, costos de producción -también de vida- muy elevados y, como signo de época, grandes dosis de ansiedad: el deseo de tener todo a mano, lo antes posible; algo difícil de obtener de la actividad cinematográfica que es más bien parsimoniosa, lenta como la arena. Pero la pulsión existe: la gente quiere filmar y, en ese sentido, muchos apuntan a producir contenidos breves para redes sociales, videoclips o publicidades.

Junto a mis compañeros de cátedra en Producción Ejecutiva, al preparar las clases de los últimos dos años, hablamos -a veces en broma, a veces muy en serio- de cambiar el nombre de la materia por Historia de la Producción. Profundamente alterados por la coyuntura y, hay que decirlo, también por el mero paso del tiempo, se convierte en un desafío mantener la vigencia. Uno es cada año más grande y los estudiantes siempre son jóvenes. Esa tensión es interesante porque permite mantenerse actualizado, pero también es problemática porque a veces siento que mis propuestas acerca de cómo se hace una película no reciben el interés que pretendo. Es un desafío de la docencia: generar esa empatía así como también es un desafío para el estudiante construir la paciencia que implica el aprendizaje.

A menudo me pregunto cómo seducir a la gente más joven para que haga cine, en el sentido que yo lo entiendo. Al mismo tiempo me pregunto: ¿Hay que seducir? Quién debería cambiar, amansarse. Evidentemente, las carreras universitarias no se mantienen inmanentes en el tiempo: no se enseña cine -ni ninguna disciplina- de la misma forma que en 1960, pero lo que sí se sostiene es la idea de enseñar cine y no otra cosa. Mientras exista una transferencia, una conexión entre docentes y estudiantes, existirá el acto educativo. En la medida que ambas partes consideren y, más que nada, crean en lo que se está enseñando, en ese diálogo que se da en el aula clase a clase, la formación cinematográfica va a suceder, continuará.

Propongo la siguiente hipótesis: la dificultad para hacer largometrajes hoy se vincula con la pérdida de volumen y diversidad del cine nacional producto, entre otros factores, de la conducción actual del INCAA. No es el único factor, pero es determinante. Si el Estado no fomenta la actividad cinematográfica, de manera indefectible se harán pocas películas. Posiblemente algunas muy grandes y otras muy chicas, cae la clase media cinematográfica, esa ancha avenida por la cual circula la mayoría de la gente que se dedica a esta actividad.

Este factor potencia la incertidumbre propia de ser un joven estudiante de cine. Se tensa la escasa paciencia al ver que las películas para las cuales están siendo formados huyen de sus posibilidades concretas. Pero esta problemática afecta también a las personas que ya participan en la industria cinematográfica, profesionales de diferentes rubros que no tienen veintidós años y empiezan a percibir que el porvenir es tormentoso.

Desde mi experiencia, esta incomodidad que surge por la distancia entre el aprendizaje y la ejecución o concreción de ese conocimiento adquirido por momentos es difícil de asimilar. Lo siento como un problema de exponencialidad: cómo aplicar conocimientos lejanos al presente de los estudiantes, acumular un know how que recién se podrá aplicar dentro de algunos años. Para mí esto es normal y evidente: uno aprende lo que no sabe todavía, siempre es a futuro, se aprende lo que sigue. Pero la voluntad latente de ir y hacer es fuerte, más aún considerando que todo el mundo tiene una cámara en la mano. En mi historia personal, cuando estudiaba cine hace poco más de veinte años, transcurría el ocaso del cine en fílmico y muy lentamente la transición al soporte digital. En esos tiempos podías trabajar en fílmico: dieciséis o treinta y cinco milímetros, principalmente o generar material en video analógico de inferior calidad. Casi no había opciones intermedias, por lo tanto era la propia realidad la que nos obligaba a ser pacientes en el aprendizaje y también en el tipo de proyectos que podíamos llevar adelante.

Hablando con estudiantes es común escuchar proyectos grandilocuentes casi imposibles de conquistar por diversos motivos. Envidiar la carrera de directores o directoras que trabajan en Estados Unidos no es saludable para un estudiante de cine. Siempre existe la posibilidad de conseguir esos resultados, pero las chances son marginales. Entonces: por qué no apostar por producir una película más cercana y viable pero donde se pueda aportar algo propio en el proceso. Definitivamente, el cine no es una actividad para ansiosos y es en ese transcurrir de años que lleva realizar una película donde uno tiene la posibilidad de crear algo interesante, algo personal. Hay que darle tiempo a la idea, también protegerla como las paredes de un edificio o el lomo de un libro de segunda mano para preservarlo.

La asociación puede sentirse un tanto forzada, pero me gusta pensar que tanto las películas personales como los libros usados tienen aura, implican participar de una aventura o una experiencia. Recordamos dónde fue hallado ese libro: en un parque, en una librería de la calle Corrientes, robado de alguna biblioteca, encontrado en un volquete junto a otros abandonados. Esos libros nos hacen estornudar, muchas veces encontramos objetos de sus antiguos dueños intercalados entre sus páginas. Lo mismo nos pasa con ciertas películas vistas en sala, esos recuerdos paratextuales son parte de la experiencia de haber visto esa obra en un momento y lugar determinados.

Me interesaría ver y producir esas películas como libros de segunda mano. Artefactos audiovisuales que puedan sostenerse en el tiempo: evitar lo efímero en esta época es revolucionario. La obra de todos modos, tiene que tener fuerza e ideas para sostenerse en el tiempo, debe ganar ese lugar como documento y no solo como película.

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