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Crítica de “El tiempo perdido”, de María Alvarez (Competencia Argentina) - #MarFilmFestival
Tras Las cinéphilas, la directora continúa su exploración de la pasión por el arte con la descripción de la dinámica de un infatigable grupo de estudio de la obra magna de Marcel Proust.
El tiempo perdido (Argentina/2020). Guion y dirección: María Alvarez. Fotografía: Tirso Díaz Jares Rueda y María Alvarez. Música: Claude Debussy y Rosario Castillo. Sonido: Sofía Straface. Producción: Tirso Díaz Jares Rueda, María Alvarez y Mariano Avellaneda. Duración: 102 minutos.
Retrato de una obsesión. Así podría definirse a esta película sobre un grupo de veteranos entusiastas de En busca del tiempo perdido, la monumental obra de Marcel Proust. Si el autor francés tardó unos 14 años (de 1908 a 1922) en escribir los siete tomos de esa meganovela considerada una obra maestra de la literatura, este grupo de lectura se reúne una vez por semana, desde hace ya casi dos décadas, para analizar párrafo por párrafo esta historia cuyo énfasis está puesto en personajes femeninos del entorno del propio Proust.
María Alvarez registró -con la misma obsesividad de los participantes- esos encuentros durante un lapso de tres años en el Café Tribunales de la zona homónima (a pocos metros del Teatro Colón). Están los habitués y también aquellos que son como personajes secundarios, pero frente a cámara desfilarán una treintena de estos lectores y analistas empedernidos (en un momento se debate si hacer algo similar con la Divina Comedia).
El tiempo perdido es la segunda parte de una trilogía que Alvarez inició con Las cinéphilas (ganadora del Premio del Público en el BAFICI 2017) y que cerrará con Las cercanas, actualmente en producción. Historias de pasiones por el arte que se sostienen en el tiempo y en muchos casos se potencian todavía más a la vejez.
Si en Las cinéphilas el eje común era el amor incondicional por el cine, aquí lo que uno a hombres y mujeres es la literatura. De hecho, hay una conexión directa ya que algunas imágenes de este grupo ya se veían brevemente en el film previo y una de las seis “cinéphilas” (Norma Bárbaro) reaparece dentro de los cultores de Proust.
El tiempo perdido es en algún sentido más arriesgada en su apuesta, pero carece de ese espíritu de crowdpleaser que sí tenía Las cinéphilas. Aquí no hay un acercamiento minucioso a las historias de vida de sus protagonistas y el objeto de estudio también la convierte en una experiencia más árida. De todas maneras, esta exaltación de una auténtica épica secreta nunca deja de interesar y, por momentos (cuando las observaciones y los intercambios son particularmente creativos, inteligentes y/o graciosos) incluso de fascinar.
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