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Crítica de “Bridgerton”, serie original de Netflix
Otra serie histórica que es furor en Netflix, aunque en este caso la calidad artística no justifica todos los récords de audiencia que ostenta. Por supuesto, la segunda temporada ya está en marcha.
Bridgerton (Reino Unido/2020). Showrunner: Chris Van Dusen. Dirección: Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson y Tom Verica. Elenco: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh y Polly Walker. Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald y Joy C. Mitchell, sobre las novelas de Julia Quinn. Fotografía: Jeff Jur y Philipp Blaubach. Música: Kris Bowers. Serie original de Netflix (disponible una temporada de 8 episodios de aproximadamente una hora cada uno).
Ni el ejecutivo más optimista de Netflix hubiera imaginado que Bridgerton se convertiría en el fenómeno planetario –efímero, como todo en el streaming, pero fenómeno al fin– que es hoy. Tanto es así que se trata de la serie más vista en la breve pero intensa historia de la plataforma, con 82 millones de hogares viéndola en los primeros 28 días después del estreno, ya sea entera o al menos uno de los ocho capítulos de la primera temporada (obviamente hay una segunda en marcha).
La cifra equivale a la población de Alemania o Turquía. Según afirmó la Vicepresidente de Series Originales Jinny Howe, Bridgerton estuvo entre los diez contenidos más vistos en todos los países, excepto Japón, y alcanzó el número uno en 83 de ellos, entre los que se destacan Reino Unido, Brasil, Francia, India, Sudáfrica y, obvio, Argentina. Tamaño éxito fue impulsado por una serie de ocho libros en la que está basada (todos escritos por Julia Quinn), que ingresaron a la lista de best-sellers de The New York Times por primera vez 18 años después de su publicación. Pero, ¿de qué va el asunto?
Unos meses atrás, a propósito de Emily in Paris, el periodista Kyle Chayka definió a este tipo de series como “TV ambiental”; es decir, como un contenido que puede consumirse fácilmente en la era multitasking, siguiéndola de reojo mientras se usa el celular o se lleva adelante otra actividad. Una función de “compañía”, de llenar el vacío del silencio, muy similar a la de la radio o la de esos culebrones exagerados de la televisión tradicional.
Y de la estructura de los culebrones, justamente, se nutre esta saga familiar que se desarrolla en el lujoso y competitivo ámbito de la alta sociedad londinense de principios del siglo XIX, centrado en una suerte de “mercado” en el cual las familias aristócratas intentan colocar a sus hijos e hijas –en especial a ellas– en un matrimonio con alguien digno de su alcurnia. Entre esas familias están los Bridgerton, ocho hermanos no del todo dispuestos a enfrentarse con esas reglas.
La rutilante belleza de Daphne Bridgerton (Phoebe Dynevor) llama la atención de decenas de pretendientes que intentan conquistarla de todas formas posibles durante los bailes y distintos encuentros públicos que sirven para la exhibición ostentosa de opulentos vestidos, trajes y escenarios. Allí conoce a Simon (Regé-Jean Page), un ex compañero de universidad de uno de sus hermanos con quien las cosas no empiezan precisamente bien, hasta que se dan cuenta que en realidad se gustan mucho más de lo que querrían.
Como buen ejemplar de TV ambiental, ningún personaje tiene demasiadas dimensiones más allá del estereotipo que le toca, y sus intereses se limitan a su función en el entramado narrativo. Son más bien caricaturas gritonas (todo se dice con aspaviento) y funcionales a la frivolidad generalizada, al colorinche gratuito que empalaga los ojos, a la falta de espesura de cualquier conflicto interesante. Bridgerton, entonces, quedará como una serie que, dentro de unos años, apenas será un número en una lista.
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