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Crítica de “Memoria”, de Apichatpong Weerasethakul, con Tilda Swinton (Competencia Oficial) - #Cannes2021

Por Víctor Esquirol, desde Cannes
En la recta final de esta 74ª edición llegó la obra maestra que todos los cinéfilos esperaban. Y lo hizo con el sello del ganador de la Palma de Oro hace ya 11 años por El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (Tío Boonme). En Colombia y con Tilda Swinton como "médium" el gran maestro tailandés de películas como Blissfully Yours, Tropical Malady y Syndromes and a Century ratifica (por enésima vez) que otro cine es posible.

Publicada el 15/07/2021


Memoria (Taïlandia-Colombia-México-Francia-Reino Unido-Alemania-China-Suiza/2021). Guion, fotografía y dirección: Apichatpong Weerasethakul. Edición: Lee Chatametikool. Música: César López. Elenco: Tilda Swinton, Agnes Brekke, Daniel Giménez Cacho, Jerónimo Barón, Juan Pablo Urrego, Jeanne Balibar, Aida Morales, Constanza Gutiérrez, Elkin Diaz. Duración: 136 minutos.


Un dormitorio en el que no se puede dormir. Lo paradójico está en que se dan todas las condiciones ambientales para ello. Estamos en esas horas de la madrugada en que el mundo está sumido en la penumbra; en que todos sus sonidos han quedado reducidos a la condición de tenue, agradable y sedante ruido blanco. Estamos en una película de Apichatpong Weerasethakul y, por supuesto, su cámara parece invitarnos a cerrar los ojos. Pero no, de verdad que aquí no se puede dormir.

De repente, un estallido. O un golpe muy fuerte. Algo ha golpeado algo. La sombra de Tilda Swinton, que estaba intentando descansar, se levanta bruscamente de la cama. Ella también lo ha oído, o a lo mejor nosotros también hemos oído lo que solo ella puede captar. Afuera, una ciudad en calma confirma que aquí ha pasado algo. Que no era un sueño. Que ella no se lo ha imaginado. Que nosotros tampoco. En un aparcamiento al aire libre, se activa la alarma anti-robos de un coche. Y después la de otro, y después la de otro.

Esto es un coro de bocinas que se ha activado misteriosamente, por obra de ningún objeto identificable. Una extraña sinfonía que se alarga lo suficiente como para que lleguemos a pensar que, en realidad, son los vehículos los que dialogan los unos con los otros. Hasta que, poco a poco, y uno a uno, van callando. Y el mundo vuelve a estar en silencio. Pero ya es tarde, pues algo ha cambiado. No está claro el qué, pero a partir de ahí ya no se puede mirar o escuchar de la misma manera. A Tilda Swinton, “la mujer que cayó a la Tierra”, le pasa exactamente esto.



De hecho, ya vivía en una experiencia marciana antes siquiera de estremecerse con el sonido de ese primer impacto. Memoria es, a nivel superficial, una película en la que su protagonista principal parece estar fuera de lugar. También fuera de tiempo, y de cualquier otra dimensión concebible. “Tilda en sitios”, como diría el poshumorista. En sitios de Colombia. Solo sería más extraterrestre si ella, cultivadora de orquídeas, tuviera que ir de Cali a Bogotá para visitar a su hermana enferma. Y efectivamente, así es.

O sea, que está Tilda Swinton (esa presencia capaz de transcender cualquier marco donde se la ponga) en el dormitorio donde no se puede dormir, y después en un hospital, y después en una morgue, y después en un túnel, y después en lo más profundo de la selva, ahí donde se dice que existe una tribu que se esconde del mundo mediante potentes hechizos. Y nunca queda claro cómo (o por qué) ha ido de un sitio a otro. Esta mujer no de desplaza: va saltando, de una pantalla a la siguiente.

Esta presencia no habla su lengua materna. Al principio parece que se comunica en castellano, pero al final queda claro que lo hace en el idioma de Apichatpong Weerasethakul: no en tailandés, sino en el del cine que, entre otras muchas virtudes, redefine aquello que podemos creer y lo que no. Y es que todo en Memoria (sobre todo lo que viene en un segundo acto que empieza tras una especie de interludio musical) es increíble. Un hombre en medio de la jungla nos reconforta asegurándonos que el Sol, tapado por una intensa niebla, asomará en unos minutos. Y sí, sucede así, tal cual, sin ningún corte en la sala de montaje.

Weerasethakul en pleno control sobre los elementos (naturales), dejando claro que no hay nada más espectacular que un silencio allí donde debería haber estruendo; que un primer plano suspendido en la eternidad, en el que Elkin Díaz aguanta la mirada al vacío, sin parpadear. Hay quien no puede dormir porque oye ruidos espantosos; hay quien no lo logra porque muere cada vez que lo intenta… y resucita, claro está, a la mañana siguiente. Es la magia de una “memoria” que impregna a los objetos, a todo lo que nos rodea: la clave para empatizar (o sintonizar) con la increíble belleza del mundo.


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COMENTARIOS

  • 16/07/2021 18:03

    Never Go Full Subiela!!

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