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Crítica de “Vladimir”, serie de Julia May Jonas con Rachel Weisz y Leo Woodall (Netflix)
Julia May Jonas adaptó su propia novela para una provocadora y atractiva, pero también algo obvia y superficial, tragicomedia sobre el deseo y la cancelación.
Vladimir (Estados Unidos/2026). Showrunner y guionista (basada en su propia novela) Julia May Jonas. Elenco: Rachel Weisz, Leo Woodall, John Slattery, Jessica Henwick y Kayli Carter. Duración: 8 episodios de media hora. Ya disponible en Netflix.
La última serie que reseñé antes de sumergirme en Vladimir fue Rooster (HBO Max), que también es una comedia negra, también está narrada en episodios de media hora, también transcurre en un campus universitario y también tiene como uno de sus temas el consentimiento y la cancelación. Vladimir recibió reseñas más entusiastas, pero a mi me resultó más atractiva e interesante aquella historia protagonizada por Steve Carell. Poco importa, de todas formas, el análisis comparativo (sí valía la pena consignar que dos series bastante similares se estrenan casi en simultáneo), así que vamos directamente a Vladimir.
Que la serie se titule Vladimir no solo tiene que ver con que uno de los personajes (el objeto del deseo de la protagonista) se llame así, sino con que la serie parece hacerle unos cuantos guiños a la Lolita, de Vladimir Nabokov, aunque aquí el punto de vista esté puesto en una profesora madura y en (lo que queda de) el #MeToo; o sea, más en la línea de películas como Tár, de Todd Field; o la reciente Cacería de brujas / After the Hunt, de Luca Guadagnino; y de series como I Love Dick, de Jill Soloway.
Rachel Weisz enseña Literatura en una universidad en la que casi todos los docentes ostentan (o intentan sostener) de forma paralela una carrera literaria que les aumenta el prestigio y la vanidad. Ella está casada con John (el gran John Slattery), un profesor del lugar acusado de mantener relaciones sexuales con varias alumnas y que, por lo tanto, es objeto de un proceso de cancelación (petitorios, manifestaciones) que deriva en una investigación interna y el posible final de su carrera. A la protagonista no parecen importarle demasiado los deslices de su marido (desde hace años tienen una pareja abierta) ni tampoco logra conectar con su hija lesbiana Sid (Ellen Robertson), pero cuando en el lugar aparece un docente joven y atlético llamado Vladimir Vladinsky (John Slatery) todas sus fantasías y esfuerzos se dirigirán hacia él (que, dicho sea de paso, está casado con la Cynthia de Jessica Henwick y tiene una hija de menos de tres años).
Entre el esnobismo del mundillo académico, las presiones de la corrección política, un cuidado de las formas que tiene mucho de hipocresía, cinismo y doble moral en un ambiente que en verdad es bastante tóxico y perverso van transcurriendo los 8 episodios de media hora cada uno (los dos primeros y el último fueron dirigidos por la eficaz dupla integrada por Shari Springer Berman y Robert Pulcini), aunque la serie funciona mejor cuando se torna lúdica, farsesca y algo grasa que cuando se pretende importante e incisiva a la hora de analizar las miserias y excesos tan propios de estos tiempos.
Aunque algo básica y subrayada (sobre todo cuando apela al recurso a-la-Fleabag de que la antiheroína le hable y gesticule a la cámara), Vladimir resulta una atractiva comedia sobre los misterios del irrefrenable deseo femenino cuando se supone que debería menguar y que encuentra en la actuación de Rachel Weisz el principal y mejor argumento para recomendarla.
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