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Festival de Berlín 2026: crítica de “Everybody Digs Bill Evans”, película de Grant Gee con Anders Danielsen Lie, Bill Pullman y Laurie Metcalf (Competencia Oficial)

El director británico de elogiados documentales como Meeting People is Easy (1998), Joy Division (2007), Innocence of Memories (2015) y The Gold Machine (2022) debuta en la ficción con un acercamiento muy poco convencional a la figura de ese genio del jazz que fue Bill Evans.

Publicada el 13/02/2026

Everybody Digs Bill Evans (Irlanda, Reino Unido/2026). Dirección: Grant Gee. Elenco: Anders Danielsen Lie, Bill Pullman, Laurie Metcalf, Barry Ward y Valene Kane. Guion: Mark O’Halloran. Fotografía: Piers McGrail. Edición: Adam Biskupski. Duración: 102 minutos. Estreno mundial en la Competencia Oficial.

En un momento de Everybody Digs Bill Evans, la película que Grant Gee ha realizado sobre el elegante pianista de jazz estadounidense (interpretado por Anders Danielsen Lie), la madre del protagonista comenta que a veces la pausa es parte de la música. Lo dice porque su hijo se encuentra en un momento de descanso, en una “intermission” (esa es la palabra que usa la mujer).

Ese período, el del reposo tras la muerte de su compañero, el bajista Scott Lafaro, es en el que se centra la película de Gee. No hay voluntad aquí de trazar una biopic musical al uso, pues esta no es ni una historia del todo lineal, ni una película que pretenda abarcar el grueso de la vida de Evans; lo que le interesa a Gee es ese momento de duelo, que tiene tanto que ver con el fallecimiento de LaFaro como con una tendencia del propio protagonista hacia la oscuridad. Hay algo más en esa decisión de asentar la película en el momento de descanso de la música, y es precisamente que el arte de Evans al piano parece eminentemente omitido. 

La película trata, entre otras cosas, de un músico que no puede tocar: apenas lo hace cuando se lo pide su sobrina; sus padres le escuchan desde otra habitación de noche, como si las notas al piano fueran algo así como un secreto. Evans no quiere o no puede tocar, al menos en ese período de pausa en el que se asienta la película porque sabemos, y un letrero al final del metraje se encargará también de recordárnoslo, que después de aquello y hasta la fecha de su muerte, llegaría a editar decenas de discos.

Si en algún momento se le ve tocar es precisamente al comienzo de la película. Es en esta escena que la complicidad entre Evans y el piano queda patente, y que la música es filmada desde la fisicidad. Se va entrecruzando mediante el montaje una actuación de Evans con el trío formado también por LeFaro con el accidente de automóvil de este último. Se dispone así una correlación, entre el arte y la fatalidad, entre la música y el duelo.

Ya en esa primera escena, Gee evidencia las principales tensiones estéticas de su película, que se articula eminentemente a partir de lo narrativo (cómo atravesar el duelo, algo que llevará al protagonista primero a casa de su hermano y luego de sus padres), pero que flirtea por momentos con planos aparentemente deslavazados, que podrían acercar la película a lo experimental. No es extraño: el cineasta proviene del documental musical (tiene colaboraciones con Blur, Nick Cave y sobre todo con Radiohead), en una trayectoria que puede hacer pensar en Andrew Dominik, con quien parece compartir un cierto tono.

En el fondo, hay algo precisamente jazzístico en la manera que Gee tiene de retratar a su personaje; hay una cierta discontinuidad, que le permite ir del blanco y negro al color, de 1961 hasta 1979 (el año de la muerte del hermano de Evans), a 1973 (el año del suicidio de su novia), o 1980 (el del propio fallecimiento del pianista, a los 51 años).

La muerte (ajena) parece envolver al músico; y su propia fatalidad va puntuando la película, sobre todo en su relación con la heroína. No se hace de esto un tema, sino por momentos un estado de ánimo. Y no hay juicio, sino retratos transversales: el del suicidio, o el del alcohol. En su libro Pero hermoso, Geoff Dyer describía a siete músicos de jazz, también, de manera algo deslavazada. Ahí, la música la manera de tocar se entretejía íntimamente con otras cuestiones, como la familia. Esto último parece algo central en Everybody Digs Bill Evans, en la que la relación afectiva del pianista con su madre Mary y su padre Harry (excelentes Laurie Metcalf y Bill Pullman) resulta tan poco acentuada que ahí logra alcanzar algo de bello y de doloroso, sobre lo que es ser padre y sobre lo que es ser hijo.

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