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Crítica de “Manta Ray”, de Phuttiphong Aroonpheng, ganadora de la sección Orizzonti - #Venezia75
Esta ópera prima del director tailandés obtuvo el máximo galardón de la segunda competencia oficial de la Mostra y en pocos días más formará parte de la programación de la muestra Discovery de Toronto y de la sección Zabaltegi-Tabakalera de San Sebastián, entre varios otros festivales.
Manta Ray (Kraben Rahu, Tailandia-Francia-China, 105'), de Phuttiphong Aroonpheng.
Otro realizador de nombre y apellido casi impronunciables, otra revelación del nuevo cine tailandés. El primer largometraje de este reconocido cortometrajista experimental y director de fotografía (The Island Funeral) es deslumbrante desde lo visual, provocador desde lo temático y fascinante desde su estructura narrativa.
La historia está ambientada en un pueblo costero en la frontera entre Tailandia y Myanmar (Birmania), donde se han ahogado miles de refugiados rohinyás (uno de los grupos étnicos más maltratados y perseguidos del planeta) que luego fueron enterrados en fosas comunes. Un joven pescador (Wanlop Rungkumjad) encuentra a un hombre gravemente herido (Aphisit Hama) en medio de una zona selvática. Lo rescata, lo cura, le da refugio y también un nombre, Thongchai (a partir del famoso cantante Bird Thongchai), y su amistad. Pero a los pocos minutos de película el pescador desaparece en alta mar y, desde entonces, Thongchai comienza a ocupar el lugar de quien fuera su salvador en su vida, su casa, su trabajo y la relación con su ex mujer Saijai (Rasmee Wayrana), que además está embarazada.
Climática, minimalista, embriagadora, hipnótica y por momentos surrealista en su estructura circular, Manta Ray tiene una capacidad de seducción poco habitual en una primera película (es valioso también en ese sentido el aporte musical del dúo francés integrado por Christine Ott y Mathieu Gabry).
Puede que en algunas escenas en los bosques haya cierto déjà vu respecto del cine de Apichatpong Weerasethakul o que en otras se exceda con los simbolismos, pero Manta Ray -sin caer en obviedades ni subrayados- es un sensible y bello relato de profundo corte humanista sobre la soledad, la redención y la comprensión que reivindica (y está dedicado) a los más débiles; en este caso, a los rohinyás.
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