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Críticas de “Sin señas particulares”, de Fernanda Valadez (Horizontes Latinos); y “La última primavera”, de Isabel Lamberti (New Directors) - #68SSIFF

Dos valiosas ópera primas con miradas femeninas sobre crudas problemáticas sociales.

Publicada el 25/09/2020


-Sin señas particulares (México-España/2020), de Fernanda Valadez. Duración: 98 minutos (en la competencia Horizontes Latinos).

Tras ganar el Premio del Público y el de Mejor Guion en la World Dramatic Competition del Festival de Sundance 2020, la ópera prima de Valadez se presentó en San Sebastián con una historia que podrá ser catalogada de “necesaria” por unos o de “oportunista” por otros. Es que Sin señas particulares aborda las temáticas más recurrentes del cine mexicano de los últimos años (la de los inmigrantes ilegales y la de la violencia extrema) y eso puede generar la adhesión desde la corrección política o la irritación desde una óptica más cínica.

Pero vayamos mejor a las cuestiones estrictamente cinematográficas: Valadez narra el derrotero (inverso) de dos personajes muy distintos entre sí que terminarán cruzándose y de alguna manera uniéndose: por un lado, está Magdalena (Mercedes Hernández), una mujer de 48 años y semi analfabeta que emprende contra viento y marea (léase advertencias, amenazas y desidida burocrática) la búsqueda de su hijo adolescente, que ha desaparecido cuando intentaba cruzar a los Estados Unidos; por otro, aparece Miguel (David Illescas), un joven que es deportado desde ese país y debe regresar como puede a su pueblo en México.

Sin señas particulares es un retrato desolador y desgarrador en el que el sadismo de los narcos, las matanzas, los cuerpos calcinados y la ausencia del Estado están siempre presentes, aunque de una manera no tan explícita como otros exponentes recientes del cine mexicano. La directora y coguionista se centra en las desventuras y experiencias íntimas de ambos personajes en un contexto que convierte a sus travesías en auténticos calvarios. Sin forzar la heroicidad de sus atribuladas criaturas, sin abusar de los diálogos, con un buen uso de las locaciones reales y una indudable solvencia narrativa, Valadez concibe un relato sobre la diginidad y la entereza, una reivindicación humanista en medio del dolor y el horror. DIEGO BATLLE







-La última primavera (España-Holanda/2020), de Isabel Lamberti. Duración: 77 minutos (en la competencia New Directors).

La Cañada Real es un poblado chabolista de Madrid que no aparece en los mapas ni en las estadísticas. Solo se hace ocasionalmente referencia a sus habitantes en la sección de sucesos de los medios o cuando se quiere hablar de marginación. La cineasta Isabel Lamberti ha decidido ambientar en este ‘no lugar’ su primera película, La última primavera, con la que compite en la sección New Directors en San Sebastián. Un film luminoso y directo, que apela continuamente a la dignidad de sus protagonistas, y que toma como material de partida la realidad para reconstruirla con la mayor veracidad posible en un dispositivo fílmico de ficción.

Lamberti, que el año pasado participó en Locarno con el corto Vader, es una directora con espíritu absolutamente internacional. Nació en Alemania, reside en Holanda y mantiene una fuerte vinculación familiar con España, donde pasa largas temporadas. A través de asociaciones que trabajan en la Cañada Real, entró en contacto con el poblado y posteriormente con los Gabarre-Mendoza. Los hijos fueron los protagonistas de su trabajo Volando voy (2015), que ya fue premiado en Donosti, pero para su primera película decidió ampliar el retrato a toda la familia, en un momento de sus vida absolutamente crítico, cuando les comunican la orden de desahucio y el posterior derribo de su casa.

En La última primavera, resulta inevitable encontrar resonancias de la forma de trabajar de Isaki Lacuesta en Entre dos aguas (2016) y La leyenda del tiempo (2006). Lamberti tuvo un contacto estrecho con sus protagonistas, a los que denomina su “familia”, y las escenas estaban escritas previamente a partir de hechos y situaciones reales, aunque los diálogos se fueran improvisando. Parte de la forma de abordar el proceso coindice con el de Lacuesta, pero Lamberti demuestra una personalidad propia, con una intención férrea de ponerse en todo momento de parte de sus personajes. La película se compone de retazos de su forma de enfrentarse a la vida, a través de los que la cineasta trata de acabar con su condición de personas ‘invisibles’ para gran parte de la sociedad.

Lamberti apuesta por un estilo que apela al reportaje periodístico. Cámara en mano y eludiendo los planos subjetivos, sigue a los distintos miembros de la familia (el matrimonio, los hijos y la nuera, principalmente) en los días previos a que tengan que abandonar su humilde hogar. La búsqueda de trabajo de los jóvenes, las asambleas de vecinos o las peripecias administrativas del padre para encontrar un nuevo lugar para vivir son algunas de las situaciones en las que la directora acompaña a sus personajes reales. Sin embargo, los momentos que brillan con una especial intensidad son los que pertenecen al ámbito privado, esas charlas donde muestran su vitalidad y sus miedos, y también sus celebraciones. De hecho la película se abre y se cierra con dos encuentros del grupo especialmente reveladores.

En estos momentos es cuando el espectador se sumerge en la verdadera intimidad de los Gabarre-Mendoza, como lleva haciendo la cineasta desde hace años, y entiende el fuerte arraigo que sienten por el lugar donde viven. El grado de cercanía hacia ellos se percibe con mayor intensidad en cada nueva secuencia. Lamberti consigue este efecto de progresiva aproximación a través de imágenes atravesadas en todo momento por la naturalidad y la frescura. Estamos así ante una ópera prima singular que, como efecto beneficioso, deja al espectador con ganas de conocer cómo serán las vidas de sus protagonistas lejos de la Cañada Real. FERNANDO BERNAL






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