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Crítica de “Madame Claude”, de Sylvie Verheyde, con Karole Rocher y Garance Marillier (Netflix)
La directora de Un frère..., Princesses, Stella, Confession of a Child of the Century y Sex Doll reconstruye la historia real de la más famosa proxeneta de Francia con resultados irregulares.
Madame Claude (Francia/2021). Guion y dirección: Sylvie Verheyde. Elenco: Karole Rocher, Garance Marillier, Roschdy Zem, Benjamin Biolay y Paul Hamy. Fotografía: Léo Hinstin. Edición: Christel Dewynter. Duración: 112 minutos. Película original de Netflix.
No es la primera vez que el cine se acerca a la fascinante figura de Madame Claude (ya lo había hecho Just Jaeckin en 1977 con un elenco encabezado por Françoise Fabian, Klaus Kinski y Maurice Ronet), pero la guionista y directora Sylvie Verheyde la recupera ahora desde una perspectiva más moderna, ligada al empoderamiento femenino y a cómo el sistema (machista y patriarcal) terminó conspirando contra su creciente influencia y poder.
La historia, que arranca en 1968, tiene la típica estructura de surgimiento, crecimiento, apogeo, crisis, decadencia y final. Madame Claude (interpretada por Karole Rocher) llegó a construir un imperio con más de 300 prostitutas de lujo y tenía entre sus clientes a políticos, diplomáticos, empresarios, artistas y mafiosos. La policía y el servicio secreto hacían la vista gorda porque ella les pasaba información privilegiada. Todo cambió cuando, tras los gobiernos de Charles De Gaulle y Georges Pompidou, en 1974 asumió Valéry Giscard d'Estaing con la promesa de combatir a fondo el proxenetismo y la prostitución.
La reconstrucción de época y el diseño de producción (de las calles de Pigalle a las fiestas orgiásticas), la actuación de Garance Marillier (la protagonista de Grave / Raw, de Julia Ducournau) como Sidonie, una joven que ingresa como prostituta a la organización de Madame Claude y se convierte en una figura fundamental; el desprejuicio a la hora de las escenas de sexo y la notable banda sonora con temas de Françoise Hardy, Nicoletta y The Troggs son lo mejor de un film con una visión por momentos un poco romántica y edulcorada del submundo que describe, y con un permanente uso del montaje paralelo que no siempre funciona como Verheyde pretende.
El resultado es una película profesional, correcta en todos sus aspectos, un poco mécánica y anodina, de esas que Netflix suele producir por todo el mundo, pero que al mismo tiempo no tiene nada demasiado novedoso ni sorprendente para ofrecer.
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