Oxígeno es una demostración cabal de cómo se pudo concretar una producción profesional en el peor momento de la pandemia de Coronavirus. De hecho, buena parte de la poco más de hora y media de narración transcurre con el único personaje de Elizabeth “Liz” Hansen (Mélanie Laurent) dentro de una cápsula criogénica, donde su robótico interlocutor llamado M.I.L.O. (Medical Interface Liaison Operator, la voz del gran Mathieu Amalric) le informa que por una falla del sistema queda solo 35% de oxígeno. Y bajando, claro.

¿Qué hace allí? ¿Por qué está encerrada y sin poder salir? Esas preguntas se irán respondiendo con el transcurso del film y es mejor no spoilear nada. Con ese minimalismo estructural (apoyado en la solvente actuación de Laurent en un auténtico tour-de-force) y un buen uso de los efectos visuales para exponer ciertos recuerdos y las sucesivas y necesarias aclaraciones del caso, Aja concibe un relato inevitablemene claustrofóbico, opresivo y asfixiante (por momentos recuerda a Enterrado, de Rodrigo Cortés) que funciona sin grandes artilugios ni demasiados destellos.

Hay en el sustrato de este guion de Christie LeBlanc algunas cuestiones interesantes respecto de los usos y abusos de la tecnología (inteligencia artificial y clonaciones incluidas), pero no ahondaremos en ellas para -otra vez- no incurrir en innecesarias explicaciones que disminuyan la capacidad de sorpresa. Eficaz e inteligente narrador, Aja ratifica que en el cine no siempre es necesario inundar la pantalla de personajes ni golpes de efecto. Un director que, con poco, suele conseguir bastante y Oxígeno es otra muestra de esa capacidad.



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