Críticas
Cine argentino
Festival de Tribeca 2021: Crítica de “El perfecto David”, de Felipe Gómez Aparicio
Esta ópera prima argentina que propone un íntimo retrato de un adolescente que se dedica al físicoculturismo tuvo su estreno mundial en la prestigiosa muestra neoyorquina.
El perfecto David (Argentina-Uruguay/2021). Dirección: Felipe Gómez Aparicio. Elenco: Mauricio di Yorio, Umbra Colombo, Nicasio Galán, Agustín Bello, Alejandro Paker, Antonella Ferrari, Germán Baudino y Diego Starosta. Guion: Leandro Custo y Felipe Gómez Aparicio. Fotografía: Adolpho Veloso. Música: Ezequiel Flehner. Edición: Federico Peretti. Producción: Pablo Ingercher y Ramiro Pavón (Oh my Gómez!), Fiona Pittaluga y Martín Cuinat (Roberto me Dejó) y Felipe Gómez Aparicio. Productores asociados: Iván Bein, Bárbara Sarasola-Day, Federico Eibuszyc, Pasto Floreado, Marina Rodríguez-Nazar. Coproductores: Federico Moreira (La Mayor) y Nicolás Pérez Veiga (Primo). Duración: 75 minutos.
El mundo de los físicoculturistas ha tenido múltiples aproximaciones desde el cine (una de las más notables es Ta Peau si lisse, del canadiense Denis Côté) y ahora es el turno de un nuevo acercamiento por parte del argentino Felipe Gómez Aparicio, quien le suma a su primer largometraje una respetuosa y al mismo tiempo descarnada mirada a los rituales de iniciación, las inseguridades y contradicciones propios de la adolescencia.
David (Mauricio di Yorio) va a uno de esos colegios secundarios privados con mucho rugbier y jugadora de hockey, participa de las bromas (con no pocos rasgos homofóbicos) y comparte las mismas tentaciones de cualquiera de sus compañeros: ir a una fiesta, beber alcohol, deshinibirse, tener sexo (allí está la atractiva Mica que interpreta Antonella Ferrari). Pero al mismo tiempo el protagonista no es como los demás, ya que dedica prácticamente todo su tiempo a moldear de forma obsesiva en su habitación o en el gimnasio cada uno de los músculos de su cuerpo. Aparatos, pesas y -cuando el asunto empieza a ir más en serio pastillas e inyecciones- conforman una rutina que su madre Juana (Umbra Colombo) controla con rigor militar y algún tinte edípico.
¿Se trata de un simple pasatiempo, de una disciplina marcada por el sacrificio, la perserverancia y la obsesión, de una forma de vida a la que hay que entregarse de forma absoluta? ¿Hasta dónde puede un adolescente aguantar la presión y los efectos secundarios? Estos son algunos de los interrogantes que se plantea el guion del propio Gómez Aparicio y Leandro Custo, y que los 75 minutos de relato se encargarán de ir respondiendo (aunque sea en parte).
Hay algo de ejercicio erótico-voyeurístico en apreciar esos cuerpos esculturales, pero también otro tanto de patológico en esa combinación de esfuerzos sobrehumanos y anabólicos para acercarse a la perfección. El director lo sabe y junto con el talentoso fotógrafo Adolpho Veloso nos ofrecen un retrato íntimo y detallado sobre un universo cargado de misterio y con algo de secreto. Una película en varios pasajes fascinante y provocadora con una una apuesta llena de contrastes que combina rebeldía, vergüenza, empoderamiento, toxicidad, angustia y virilidad.
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