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Crítica de “La Civil”, de Teodora Ana Mihai (Un Certain Regard) - #Cannes2021
Esta directora rumano-belga se sumerge en su ópera prima en el apocalipsis de la violencia y la degradación humana en México.
La Civil (Bélgica-Rumania-México/2021). Dirección: Teodora Ana Mihai. Elenco: Arcelia Ramírez, Alvaro Guerrero, Jorge A Jimenez, Ayelén Muzo, Daniel Garcia y Eligio Melendez. Guion: Teodora Ana Mihai y Habacuc Antonio De Rosario. Fotografía: Marius Panduru. Edición: Alain Dessauvage. Duración: 145 minutos.
Curioso proyecto el de La Civil. Se trata del primer largometraje de una directora nacida en Rumania, criada en Bélgica y formada en los Estados Unidos, pero que transcurre en el México actual. Y entre los productores figuran, nada menos, que Cristian Mungiu, los hermanos Dardenne y Michel Franco.
Y la impronta de Franco (sobre todo de la reciente Nuevo Orden) se percibe claramente en esta película que adscribe a unos cuantos elementos de la fórmula del cine de la crueldad, ese teatro de horrores al que suelen subirse no solo Franco sino también Amat Escalante o Alejandro González Iñárritu. No es que en México no haya una industria del secuestro o no esté dominado en muchos ámbitos por los carteles y las pandillas, pero hay un nucleo de realizadores que machacan con esta pornografía de la violencia: hay que mostrarlo todo, siempre, en primer plano, para generar en el espectador un impacto truculento. Aquí hay escenas (como la de la funeraria o la base de los narcos) que "regalan" un festival de cuerpos mutilados.
En defensa (parcial) de La Civil hay que decir que -más allá de su acumulación de excesos, fosas comunes, traiciones, delaciones y abusos- se percibe en el personaje de la humilde ama de casa Doña Cielo (Arcelia Ramírez) ciertos rasgos de dignidad y humanismo, aun cuando deba apelar a los recursos más indignos en la búsqueda obsesiva y desesperada de Laura, su hija adolescente secuestrada en el inicio de la película.
Inspirada en un caso real ocurrido en 2017, La Civil sigue el derrotero entre mafiosos, policías y militares de esta martir y heroína que -ya sin nada que perder porque lo ha perdido todo- se irá sumergiendo en el submundo más sórdido del México profundo (el rodaje en plena pandemia de Coronavirus fue en el estado de Durango). En un contexto adverso por donde se lo mire (ahí está su ex marido, típico exponente del machismo, que acepta ayudarla a regañadientes), ella indagará, presionará y se enfrentará a los distintos poderes, ya sea la burocracia estatal, las fuerzas armadas o los delincuentes.
Hay que admitir que Teodora Ana Mihai hace gala de una indudable pericia para sostener a fuerza de planos secuencia la tensión y el interés durante las casi dos horas y media de relato, que el look a-lo-western de la fotografía de Marius Panduru (habitual colaborador de Corneliu Porumboiu y Radu Jude) es fascinante y que las diferencias de lengua no hacen mella en la convicción y credibilidad de las interpretaciones. El problema, entonces, no es el cómo sino el qué (o el para qué). Hay un sector del público y de la crítica que suelen aclamar la “valentía” de este tipo de denuncias. Desde este ámbito, sin entrar en el terreno de la negación o el cinismo, abogamos por un cine menos subrayado, que dialogue e interpele al espectador sin manipulaciones ni sermones.
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