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Crítica de “Fito Páez: el mundo cabe en una canción”, documental de Matías Gueilburt (Netflix)
Tras el éxito de la serie de ficción sobre su vida estrenada en 2023, la N roja suma ahora un acercamiento documental al ídolo rosarino.
El mismo día, con diferencia de pocas horas, vi Pulp: ¿Qué harías por una canción más?, sobrio documental narrado en off por el líder de Pulp, Jarvis Cocker, que -además de recorrer la historia de la banda británica- presenta 14 temas completos grabados en vivo en el O2 de Londres; y Fito Páez: el mundo cabe en una canción, pirotécnico retrato del artista argentino en el que ninguna de sus canciones se escucha durante más de 30 segundos porque enseguida “deben” ser interrumpidas para un clip a pura edición que transmita ritmo, estímulo, vértigo, adrenalina.
Confieso que escribo estas líneas desde la admiración por Pulp y desde el escaso interés que me ha despertado en general -siempre hay excepciones- tanto la carrera como la personalidad de Páez, pero aunque eso inevitablemente contamine la percepción y sobre todo la posibilidad de la emoción, en este caso estamos hablando de dos formas opuestas de pensar y concebir el rockumental: ¿Qué harías por una canción más? es en esencia un concert film al que se le suma la voz de Cocker para viajar al pasado del grupo de Sheffield, mientras que Fito Páez: el mundo cabe en una canción es un egotrip con mucho de fanservice y casi todos los lugares comunes del documental biográfico a-la-Netflix.
Más allá de sus clichés, el documental coescrito por los hermanos Nicolás y Matías Gueilburt (este último también director) tiene sus zonas valiosas y sus hallazgos cuando se permite respirar y salirse de los dictados del retrato machacante y algorítmico. Es precisamente cuando se sumergen en la intimidad de Fito, cuando no cortan la cámara, cuando lo siguen incluso hasta la bañera, cuando permiten que afloren sus miserias, desplantes, angustias e inseguridades que el film alcanza una intimidad, una visceralidad emocional que se extraña en el resto del metraje.
En la actualidad vemos a Páez más en el exterior (Madrid, Ciudad de México, Nueva York, Washington, dando un show en el Zócalo, una charla en el colegio musical de Berklee o grabando el Tiny Desk en la radio pública estadounidense NPR) que en Buenos Aires o en Rosario. El material de archivo, que incluye hasta home movies, es en algunos casos muy bueno, pero la forma de presentarlo (otra vez con una edición taquicárdica) desmerece el valor testimonial y emocional de varios pasajes en los que incluso habla con crudeza y en detalle de las tragedias familiares, de sus adicciones y de su recurrente miedo a la muerte.
Fito parece actuar todo el tiempo frente a la cámara, pero justamente cuando se olvida de su presencia aparece el tipo más genuino, contradictorio, inseguro en lo afectivo y muy exigente y perfeccionista en lo artístico. Si bien el énfasis está puesto en su faceta musica (incluido su amor por Charly García y el Flaco Spinetta), durante los 112 minutos del documental hay tiempo para indagar en sus grandes amores (Fabiana Cantilo, Cecilia Roth, Romina Ricci y Eugenia Kolodziej, ya que no hay referencia a Julia Mengolini) y en las relaciones con sus hijos Martín y Margarita.
La reconstrucción de los hitos de su carrera es bastante convencional (aunque, vale reiterarlo, hay un muy buen trabajo sobre los distintos archivos), pero en el presente Matías Gueilburt, que de a ratos aparece en pantalla dialogando con el protagonista, debió adaptar el relato a la coyuntura y visicitudes de Páez. En efecto, el accidente que sufrió el músico al caer por unas escaleras en Madrid determinó una larga y dolorosa internación, un tratamiento con opiáceos y una compleja rehabilitación que obligó a suspender sus giras. Lejos de amilanarse o de poner el proyecto en pausa, el director registró el tortuoso proceso de recuperación. Es entonces, cuando la realidad rompe con la planificación, cuando la mirada empática se impone por sobre lo establecido y estructurado, que Fito Páez: el mundo cabe en una canción alcanza su esencia y sus momentos de verdad.
PD: Estoy seguro de que los y las fans de Fito se emocionarán en varios pasajes. En mi caso, fue cuando en los créditos finales se dedica el documental a la memoria del maestro Adolfo Aristarain.
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