Críticas
Estreno en cines
Crítica de “Una quinta en Portugal” (“Una quinta portuguesa”), película de Avelina Prat con Manolo Solo y María de Medeiros
Desde que se estrenó en el Festival de Málaga 2025, este segundo largometraje de la directora de Vasil (2022) no paró de recibir premios y elogios. Casi un año y medio después, llega finalmente a 11 salas argentinas.
Una quinta en Portugal (Una quinta portuguesa, España, Portugal/2025). Guion y dirección: Avelina Prat. Elenco: Manolo Solo, María de Medeiros, Branka Katić y Rita Cabaço. Fotografía: Santiago Racaj. Edición: Juliana Montañés. Música: Vincent Barrière. Sonido: Nora Haddad. Distribuidora: Mirada. Duración: 114 minutos. Calificación: SP. Salas (primera semana): 11 (Cinépolis Recoleta, Multiplex Belgrano, Cinépolis Houssay, Cine Arte Cacodelphia, Showcase Belgrano, Atlas Patio Bullrich, Lorca, Showcase Norte, Multiplex Pilar, Cines del Centro de Rosario y Cine Belgrano de Rafaela).
Una quinta en Portugal (título levemente rebautizado del original Una quinta portuguesa) se vincula con ese cine español -sobre todo dirigido por mujeres- que narra la vida rural (y en varios casos, la mudanza de la ciudad al campo) en tiempos de crisis. Pero, más allá de la calidez, simpatía y belleza que transmite en buena parte de sus casi dos horas, hay en el trasfondo de este film escrito y dirigido por Avelina Prat cierta insatisfacción y un misterio respecto de la usurpación de personalidades ajenas que lo tornan un poco más perturbador que los otros exponentes de esa tendencia.
Fernando (el gran Manolo Solo, visto en films como Tarde para la ira, El buen patrón o Cerrar los ojos; aquí en uno de sus últimos trabajos, ya que falleció el 30 de julio pasado a los 62 años) es un profesor de Geografía que un día, al regresar a su hogar, descubre que su esposa de origen serbio llamada Milena se ha ido sin dejar rastro. Tras el impacto inicial, decide no ir a buscarla (la policía le informa que ha dejado España y regresado a su país) y emprende, en cambio, un viaje hacia Portugal, donde adoptará la identidad de un hombre que fallece y comienza a trabajar como jardinero de la quinta portuguesa a la que alude el título.
En ese tranquilo e idílico entorno (el film se rodó en la zona de Braga y la finca está en el pueblo de Ponte do Lima), entablará una amistad con la dueña, Amalia (la siempre luminosa María de Medeiros) y se integrará de a poco a los vecinos de la comunidad. Pero, quedó dicho, hay algo incómodo en esa suplantación y en el pasado no resuelto del protagonista, que Prat deberá abordar sobre todo en la parte final de una película no siempre convincente, pero que jamás pierde su interés y hasta su encanto.
Film a contramano del cine hiper estimulado de hoy, Una quinta en Portugal aborda con bastante sensibilidad cuestiones como la pérdida, el abandono, el duelo, la soledad y el malestar existencial iniciales, la inmigración y el desarraigo, la búsqueda de un nuevo hogar (otro lugar en el mundo), la reconciliación y las segundas oportunidades; es decir, un film intimista, que se asienta en largas charlas al atardecer o juegos de naipes por las noches, pero revestido de una intriga más propia del thriller psicológico que del drama. Así, el constante pendular entre ambos universos hace de este segundo largometraje de Prat una bienvenida rareza.
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