Críticas
Estreno en cines
Crítica de “Good Boy”, película de Ben Leonberg con (el perro) Indy
Una historia de terror contada íntegramente desde la perspectiva de un perro es todo un desafío narrativo que Leonberg sortea con muchos más hallazgos que carencias en un film que le debe casi todo a Indy, ganador del premio Howl of Fame a la mejor actuación perruna en el SXSW de Austin, Texas. Directo al Festival de “Canes”.
Good Boy (Estados Unidos/2025). Guion, fotografía, edición y dirección: Ben Leonberg. Elenco: Indy, Shane Jensen, Larry Fessenden y Arielle Friedman. Música: Sam Boase-Miller. Distribuidora: BF París. Duración: 72 minutos. Apta para mayores de 13 años. Salas (primera semana): 153.
Para quienes tenemos un perro (en mi caso, una Golden Retriever desde hace 10 años llamada Nala), la idea de que podría ser la protagonista de un film debido a su expresividad, agilidad e inteligencia es algo que suele formar parte de nuestras fantasías. Para su ópera prima (aunque con una docena de cortos previos), Ben Leonberg hizo de ese sueño una realidad, ya que filmó en torno a Indy, su perro de raza Nova Scotia Duck Tolling Retriever (popularmente conocida como Toller), un largometraje de terror. Y no se trata de una presencia ocasional, superflua, decorativa: Indy es la película.
Presentada en festivales muy ávidos de cine de género como SXSW, Fantasy, Sitges y Beyond, Good Boy tiene como protagonista “humano” a Todd (Shane Jensen), un hombre que viene de atravesar una tragedia familiar y padece distintos traumas psicológicos y médicos que Leonberg nunca explicita del todo. Lo cierto es que él e Indy se mudan a la granja del abuelo de Todd (el mítico Larry Fessenden aparecerá en viejos videos caseros), quien también ha tenido un final de su vida abrupto e inexplicable.
Salvo por algunas llamadas de su hermana Vera (Arielle Friedman), preocupada por su estado de salud, Todd y su perro estarán solos dentro de una casona, mientras una omnipresente tormenta los deja sin luz. Todo servido, entonces, para una acumulación de climas ominosos y siniestros con presencias sobrenaturales que Indy comenzará a percibir con mayor frecuencia e intensidad, mientras trata de acompañar y proteger a su cada vez más degradado dueño.
Dijo Leonberg -quien no solo escribió y dirigió la película, sino que también se ocupó de la fotografía y la edición- que el rodaje se extendió a lo largo de 400 días porque lo que él necesitaba era registrar las reacciones instintivas de Indy a diversos estímulos, pero sin manipularlo ni traumatizarlo. Solo alguien que conoce desde siempre y convive con un perro puede lograr semejante nivel de intimidad y de conexión.
Pero Good Boy no es solo otra proeza del subgénero “película protagonizada por animales” en tiempos en que las mascotas en todo tipo de pantalla garpan (el éxito de los videos sobre mascotas en redes sociales es un fenómeno viral), sino sobre todo un buen ejercicio de horror psicológico con elementos fantasmales. Es cierto que tiene algunos lugares comunes y ciertos caprichos dentro de las historias de casa embrujadas, pero hay muchos momentos fascinantes e inquietantes que hacen que la experiencia sea mucho más que ver a un perro encantador sufrir en pantalla. En ese sentido, hay bastante más que perseverancia y paciencia en Leonberg como gestor del proyecto: estamos frente a un director que sabe cómo generar y transmitir las claves esenciales del cine de terror.
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