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Crítica de “Rockstar: DUKI desde el fin del mundo”, documental de Alejandro Hartmann (Netflix)
El prolífico director de Carmel: ¿Quién mató a María Marta?, El Nacional, Reset: Volver a empezar, El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas, Nahir, el secreto de un crimen y Los hermanos Menéndez concretó este retrato del meteórico ascenso -aunque no exento de situaciones críticas- del popular exponente del rap y el trap argentino y hoy referente de la música urbana a nivel global.
Rockstar: DUKI desde el fin del mundo (Argentina/2025). Dirección: Alejandro Hartmann. Guion: Tatiana Mereñuk y Soledad Venier. Fotografía: Alejandra Martín. Duración: 102 minutos. Disponible en Netflix desde el jueves 2 de octubre.
Pasó menos de una década desde que Mauro Ezequiel Lombardo Quiroga, más conocido por su apodo artístico de Duki, comenzó a aparecer allá por 2015 en las batallas de freestyle de El Quinto Escalón hasta que llenó en cuatro oportunidades el estadio de Vélez en noviembre de 2022, dos veces la cancha River en diciembre de 2023 y el Santiago Bernabéu de Madrid en junio de 2024.
Y precisamente cómo un artista que en 2018 se presentaba en el teatro Gran Rex y era cuestionado por el (ab)uso del AutoTune por un tal Charly García durante la entrega de los premios Gardel llegó a agotar en horas los estadios más grandes antes de cumplir los 30 años (hoy tiene 29) es lo que propone este eficaz, vertiginoso y algo convencional trabajo de Alejandro Hartmann.
El guion de Tatiana Mereñuk y Soledad Venier trabaja a partir del clásico recurso de la cuenta regresiva; es decir, los meses, luego semanas, después días y finalmente horas que le faltan a Duki para presentarse en River, sin dudas el mayor desafío de su carrera hasta entonces.
Las cámaras de Hartmann lo siguen por giras (hay muchas escenas andando en camionetas), ensayos, conferencias de prensa y entrevistas, que se complementan con testimonios de managers (en un torpe ejercicio de brand management hay un exceso de participaciones de ejecutivos del sello Dale Play), pero también de sus padres Sandra y Guillermo, que vieron cómo su hijo cayó en determinado período en una debacle de toxicidad y autodestrucción para luego resurgir y encarrilar su carrera con mucho más profesionalismo y perseverancia. El director consigue tanto en las confesiones de Duki y de sus familiares más cercanos (su hermano Nahuel es uno de su principales colaboradores y su hermana Candela, una de sus confidentes) una intimidad y una visceralidad que se extrañan en otros pasajes del documental.
Uno de los principales problemas de Rockstar: DUKI desde el fin del mundo (el título hace referencia al hit Rockstar que se viralizó allá por 2017 y 2018) es que la vertiginosa, adrenalínica, pirotécnica, taquicárdica edición no permite apreciar en toda su dimensión la sensibilidad del artista ni su magia sobre el escenario porque casi ningún plano dura más que unos pocos segundos. Además, Hartmann cede en varios pasajes a la tentación de caer en los clichés y fórmulas del rockumental más clásico con la estructura de surgimiento, incipiente éxito, excesos de la fama, crisis, progresiva decadencia, redención y recuperación hasta llegar al suceso masivo y definitivo.
Entre las facetas más interesantes del largometraje está la cuestión grupal y generacional. En el film aparecen sus grandes amigos y compinches YSY A y Neo Pístea, pero además su novia y cantante Emilia Mernes; la ahora también estrella Nicki Nicole, quien recibió una fuerte ayuda de Duki en sus comienzos; y Bizarrap, con quien grabó la sesión la BZRP Music Sessions, Vol. 50 en 2022. De hecho, todos celebran el éxito mundial de Duki como forma de darle legitimidad a todo un movimiento del que ellos forman parte junto a otros artistas como Khea y Cazzu.
La posibilidad de acercarse a la intimidad de una figura como Duki, con sus inseguridades, contradicciones, angustias y traumas, a su relación siempre cercana con los fans, y a las imágenes de las home movies familiares de cuando era un niño que jugaba a ser un cantante son otros hallazgos de un documental que seguramente complacerá a los millones de usuarios de Netflix que aman a Duki; servirá para entender parte del boom a aquellos que no lo conocen demasiado pero se interesan por desentrañar fenómenos sociales de semejante magnitud; y posiblemente deje indiferentes a quienes la música urbana local les resulta algo lejano, ajeno y poco trascendente.
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