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Crítica de “Saint Maud”, de Rose Glass, con Morfydd Clark y Jennifer Ehle
La inglesa Rose Glass tenía menos de 30 años cuando filmó su ópera prima, que tuvo su première mundial en el Festival de Toronto 2019. Luego de recorrer varias otras muestras, alcanzó a fines de 2020 un estreno comercial en salas del Reino Unido y acaba de ser lanzada en distintos servicios online de los Estados Unidos y otros mercados. Si bien aún no está disponible en ninguna plataforma local, vale la pena buscar en Internet este sorprendente, intenso, inteligente y escalofriante exponente de terror psicológico y religioso.
Saint Maud (Reino Unido/2019). Guion y dirección: Rose Glass. Elenco: Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Frazer, Lily Knight , Marcus Hutton, Turlough Convery y Rosie Sansom. Fotografía: Ben Fordesman. Edición: Mark Towns. Música: Adam Janota Bzowski. Duración: 84 minutos.
En un evento previo al lanzamiento de Saint Maud, la distribuidora A24 y la cadena AMC organizaron una serie de proyecciones que íncuían El exorcista, El bebé de Rosemay y El conjuro hasta llegar al preestreno de esta ópera prima de la muy joven guionista y directora londinense Rose Glass. Puede sonar en principio demasiado presuntuoso programar semejantes clásicos y éxitos antes de un pequeño film británico de apenas 84 minutos de duración, pero hay que admitir que Saint Maud tiene con qué pararse de igual a igual frente a esos ilustres predecesores.
La grieta dentro del cine de terror está dominada entre quienes exaltan la vertiente autoral de los Jordan Peele (¡Huye!, Nosotros), Robert Eggers (La Bruja, The Lighthouse / El faro)), David Robert Mitchell (Te sigue) y Ari Aster (El legado del Diablo / Hereditary, Midsommar: El terror no espera la noche); y aquellos que no solo reniegan de esos advenedizos sino que defienden el género más puro: slasher, gore, sadismo y a otra cosa. Nada de intelectualoides que coquetean con el horror para luego concretar narraciones existencialistas, pretenciosas y en muchos casos tediosas.
Planteada esa confrontación, me animo a decir que Saint Maud podría ocupar algo así como una Tercera Posición, ser una suerte de Corea del Centro, ya que por un lado ofrece una consistencia dramática, psicológica digna del primer bando y en su última parte regala un festival de sustos muy bien diseñados y construidos que probablemente satisfaga también a los segundos.
La Maud del título (notable trabajo de la galesa Morfydd Clark, vista en The Personal History of David Copperfield) es una enfermera con una tragedia (trauma) en su pasado (prontuario) que la ha alejado de la salud pública, pero que se reintegra como cuidadora personal de Amanda Köhl (Jennifer Ehle, impecable), quien supo ser una prestigiosa bailarina y coreógrafa y hoy sufre una enfermedad terminal. Mientras la acompaña ocupándose de bañarla o cocinarle y de los múltiples cuidados paliativos, Maud pretende convertirse también en una suerte de “salvadora” de la artista, una mujer bastante cínica y, claro, enojada con la vida (y lo poco que le queda de ella).
Maud, una mujer bastante patética, angustiada y decididamente solitaria, está convencida de que tiene una conexión directa con Dios y su misión en la Tierra tiene que ver con expresas indicaciones del Señor. Si bien toda esta subtrama le da al film un claro tinte de terror religioso, hay en la propuesta de Rose Glass una intimidad, un erotismo y una diversidad de matices que exceden por mucho los habituales límites de dicho subgénero.
Puede que en determinados pasajes el film caiga en cierto regodeo (como las citas a William Blake) o en algunas escenas que bordean el patetismo (los sucesivos encuentros sexuales de Maud), pero en Saint Maud nada es caprichoso o gratuito, todo tiene su razón de ser. Estamos, en definitiva, frente a un debut prodigioso, que fascina, atrapa, conmueve y espanta a la vez. Anotemos, entonces, a Rose Glass como una de las mayores esperanzas del cine de terror contemporáneo.
Más información:
Saint Maud fue una de las grandes ganadoras de los premios anuales de los críticos de Londres
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La película es una joya, Dieguito. Gracias!