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Especial Frederick Wiseman en MUBI y otras críticas del notable documentalista
El servicio de streaming subió 8 trabajos de distintas épocas de este mito del documental observacional -ganador de un premio Oscar a la carrera en 2016- que falleció el 16 de febrero pasado, a los 96 años.
Los 8 títulos que presenta MUBI en su especia FREDERICK WISEMAN: LA VIDA EN EE.UU. son:
HIGH SCHOOL (1968)
LAW AND ORDER (1969)
MODEL (1980)
THE STORE (1983)
ASPEN (1991)
AT BERKELEY (2013)
IN JACKSON HEIGHTS (2015)
CITY HALL (2020)
Críticas de la filmografía de Wiseman

La danse – Le ballet de L’Opèra de Paris (Francia, Estados Unidos/2009), de Frederick Wiseman. Duración: 159 minutos.
Pocos son los casos en donde se puede acceder al interior de una institución en su pleno funcionamiento. En este sentido, pareciera inapelable pensar en la figura de Frederick Wiseman como la persona indicada para dirigir un documental -casi un institucional- acerca del ballet de la Ópera de París. ¿Por qué? Bueno, precisamente porque Wiseman es algo así como un dios terrenal de los documentales sobre instituciones (de Titicut Follies a Domestic Violence, una enorme gama de instituciones es recorrida por el notable director estadounidense) y la sola posibilidad de mostrar la “cocina” de la segunda compañía de ballet más importante del mundo merecía un ojo especialmente colocado.
Wiseman no renuncia jamás a su estilo híper-neutral pero íntimo (también conocido como “mosca en la pared”); sin embargo, hay algo en el film que resuena a universo conocido, a reiteración de tópicos autorales y que, extrañamente, concentran la atención en el “asunto” que sobresale, es decir, en las representaciones de cada ballet y no en los detalles: en definitiva, la magnificencia de la danza pareciera haberle ganado lugar a la capacidad de observación.
Pero vayamos por partes. El film se organiza en torno a una serie de temas a los que vuelve de forma cíclica. Veamos cuáles son: por un lado, está la minuciosidad de los ensayos, asunto que justamente se lleva la mejor parte del documental: paciencia, observación, seguimiento pero sobre todo capacidad para invisibilizarse. No asistimos a nada extraordinario (como sí podía suceder en otros documentales del director), pero al mismo tiempo estamos ahí. Ese pequeño triunfo cinematográfico, a su vez, es apenas una de las tantas partes de la película. Si los sumamos, son casi un largometraje corto de unos 70 minutos. Ahí está el núcleo deslumbrante de la mirada de la película.
Por otro lado, está el asunto de la organización de las presentaciones de los siete ballets: la burocracia, los inversores, las relaciones públicas, las galas, la resolución de pequeños problemas: en este segmento, Wiseman vuelve a poner el ojo pero consigue pocas situaciones cinematográficas, como si la burocracia de la producción del Ballet no quisiera abrir sus puertas. De ahí que los momentos en donde la directora del Ballet se sale de su lugar contemporizador es cuando el asunto adquiere mayor interés (sobre todo cuando aparece como central el problema de las jubilaciones, los pequeños roces y chismes dentro de la compañía, y -por último- la tensión educativa entre una orientación más clásica, canónica y una más cerca de lo contemporáneo).
El tercer aspecto aparece en los detalles del detrás de escena, en la verdadera “cocina”, en donde a diferencia de los planos generales y abiertos de las primeras dos variantes, se opta por planos cortos, cerrados: pasillos, escaleras, lugares de paso, comedor, por un lado y las actividades indispensables pero ocultas para la continuidad de la institución: los arreglos y refacciones, la confección de las prendas de vestir, la limpieza del lugar, entre otros. Ahí es donde el espíritu minucioso de Wiseman se reactiva y se va de cauce, justamente, para eludir eso que es central que no es ni más ni menos que el ballet en escena con público (nunca vemos al público sino que la situación se revela plenamente endogámica). El resultado, cuando aborda este aspecto, es el de un arqueólogo del presente.
Entre esas tres posibilidades se desplaza La danse: El ballet de la Opera de París: la fascinación por un mundo desconocido, obsesivo y milimétrico, la paciencia ante las formalidades de una institución, esperando la irrupción de un acontecimiento y, por último, los huecos, los intersticios, lo que esconde toda institución pero sin lo cual jamás podría existir. FEDERICO KARSTULOVICH
Boxing Gym (Estados Unidos/2010), de Frederick Wiseman. Duración: 91 minutos.
El director de Titicut Follies y de tantos documentales que lo sitúan como uno de los héroes del cinema verité, decide aplicar su incisivo y analítico método cinematográfico al estudio de un gimnasio de boxeo situado en un barrio de Austin, Texas. Regentado por el veterano y carismático Richard Lord, el gym del título acoge entre sus cuatro paredes a una heterogénea fauna de amantes del boxeo: hombres y mujeres de diferentes edades y orígenes que se baten una y otra vez en duelos espectrales contra rivales invisibles. No cabe duda de que, en esta ocasión, la mirada de Wiseman está marcada por un deliberado romanticismo. La práctica del boxeo, sistemáticamente ritualizada y casi totalmente desprovista de su componente agresor (no hay rastro de sangre en el documental), se presenta como una liturgia de marcado carácter espiritual. De hecho, personajes como el Ghost Dog (Forest Whitaker) de la película de Jim Jarmusch, el torero sin toro (Victor J. Vazquez) de El toro azul, o los bailarines de La danse - Le ballet de l'Opéra de Paris seguramente se encontrarían como en casa en el gimnasio de Lord.
Organizada en torno a hipnóticas coreografías y embriagadoras ondulaciones rítmicas, la película consigue el más difícil todavía al establecer un enigmático puente entre la dimensión espiritual de los ejercicios pugilísticos y el asombroso pacto social que marca el funcionamiento del gimnasio. De hecho, el cuadrilátero, como espacio físico, deportivo y cinematográfico (el formato de la pantalla es 4:3) se erige como un territorio de convivencia, tolerancia, superación y disciplina: ¿quizás la Norteamérica que a los yanquis progresistas les gustaría ver proyectada en la mente de los conservadores? ¿Una abstracción de los sueños de la Norteamérica trabajadora? Interrogantes que, en beneficio del espectador, nunca se terminan de resolver. Como apunta J. Hoberman en su insuperable crítica del Village Voice, “resulta imposible cuestionar la autoridad acumulada por Wiseman en la confección de su gran Comedia Humana”. Boxing Gym permite renovar la convicción en el talento observacional de Wiseman, así como en su habilidad para construir resonantes parábolas y analogías sociales. MANU YÁÑEZ
Crazy Horse (Francia, EE.UU./2011), de Frederick Wiseman. Duración: 134 minutos
“Un festival de culos”, como le definió el amigo Pablo Mazzola, este nuevo documental de observación del veteranísimo Frederick Wiseman es algo así como el reverso “grasa” de la reciente La danse. Si allí describía el día a día (ensayos, trastienda, organización) del prestigioso ballet de l'Opera National de París, aquí muestra el detrás de escena del célebre cabaret de esa ciudad y, claro, los castings y las coreografía de las chicas desnudas. El método Wiseman sigue dando buenos resultados, pero para mi gusto está un escalón por debajo de sus trabajos anteriores, en los que ha recorrido desde manicomios hasta ámbitos legislativos, pasando por escuelas o gimnasios de boxeo. DIEGO BATLLE
National Gallery (Estados Unidos,Francia/2014), de Frederick Wiseman. Duración: 173 minutos.
A los 84 años, Wiseman es un mito viviente del documental de observación. Pocos cineastas han conseguido reflejar en toda su dimensión la dinámica de instituciones educativas, culturales, artísticas, sanitarias, deportivas o políticas como él. En su nuevo trabajo, el creador de films como Titicut Follies (1967), High School (1968), Hospital (1970), State Legislature (2006), La danse (2009), Boxing Gym (2010), Crazy Horse (2011) y At Berkeley (2013) se sumerge en la National Gallery de Londres, en un recorrido que recuerda bastante al que el francés Nicolas Philibert hizo con el Louvre en La ville Louvre. Wiseman (hombre sabio si los hay) muestra, claro, el acervo de uno de los museos más importantes del mundo (con su colección de obras que van desde la Edad Media hasta el siglo XIX), pero también la trastienda de la organización, con sus charlas de directorio, sus restauradores y sus múltiples actividades educativas. Las tres horas pueden abrumar un poco (hay escenas un poco reiterativas), pero el resultado es más que satisfactorio. DIEGO BATLLE
In Jackson Heights (Estados Unidos/2015), de Frederick Wiseman. Duración: 190 minutos
Al mismo tiempo que recuperó su Tititcut Follies (1967), el TIFF presentó la última producción del director de At Berkeley. La acción, la vida, esta vez transcurren ante las cámaras de Wiseman en Jackson Heights, un barrio de Queens (Nueva York) caracterizado por su multiculturalismo y diversidad. Las historias se entrelazan, dialogan, generan un crescendo que resulta ciertamente narrativo sin necesidad de voz en off o explicación alguna.
En un barrio donde se hablan 167 lenguas puede pasar (y pasa) de todo: los encuentros de los latinos que llegan como ilegales al país y las denuncias y marchas de organizaciones LGBT, pero también el asilo de ancianos con una señora que se aburre porque nadie le habla o las mujeres de origen indio que cortan el vello de la cara de sus clientas sólo munidas de un hilo que manejan con las manos y la boca.
Por supuesto que todo está atravesado por la política: la Nueva York glamorosa o trendy debe expandirse constantemente para no morir; y en esa expansión amenaza los barrios con una identidad propia. Sin algún elemento innecesariamente explicativo que sí tenía, por ejemplo, la también muy buena National Gallery (2014), esta es una película mayor de uno de los grandes documentalistas de nuestros tiempos. FERNANDO E. JUAN LIMA
Ex Libris: The New York Public Library (Estados Unidos/2017), de Frederick Wiseman. Duración: 197 minutos.
El octogenario cineasta bostoniano Frederick Wiseman, infatigable retratista de la realidad norteamericana, invoca en su nueva película la memoria de dos de sus films recientes: In Jackson Heights, una aproximación al armónico cóctel de etnias y culturas que conviven en Queens, y At Berkeley, un estudio del funcionamiento de la prestigiosa universidad californiana.
Ahondando en su sempiterno interés por diseccionar el funcionamiento de las instituciones, el director de Titicut Follies descubre en los entresijos de la Biblioteca de Nueva York no sólo un ejemplo de ética aplicada al servicio público sino, sobre todo, un punto de encuentro para las diferentes sensibilidades y realidades que forman el multiétnico tejido social de esa gran ciudad. Como ocurría en Boxing Gym, el retrato incisivo, pero inevitablemente parcial, que construye Wiseman deviene una suerte de utopía estadounidense.
En un momento clave de este documental de 197 minutos –en el que aparecen Elvis Costello y Patti Smith presentando sus proyectos literarios–, una arquitecta especializada en el diseño de edificios públicos reniega del concepto de la biblioteca como un recinto destinado a almacenar libros: “¡Las bibliotecas deben ser pensadas como edificios para la gente!”.
Adoptando este lema como si se tratara de un mandato estético, Wiseman sitúa las hileras de libros en el trasfondo de las imágenes, mientras que el primer plano lo ocupan los niños que acuden a talleres, los mayores que hacen clases de baile, profesionales que ofrecen trabajo, miembros del equipo directivo (obsesionados con la responsable gestión de la revolución digital) o los trabajadores que atienden las demandas de investigadores y visitantes. Todo ello hilvanado como si se tratara de un discreto manifiesto sobre el valor del conocimiento como herramienta de progreso, y sobre la nobleza del compromiso individual con el bien común. MANU YÁÑEZ
Monrovia, Indiana (Estados Unidos/2018), de Frederick Wiseman. Duración: 143 minutos
Desde Boxing Gym (2010) hasta Ex Libris: The New York Public Library (2017), la etapa “tardía” de la filmografía de Wiseman –seguramente el más grande documentalista estadounidense vivo– perfila el retrato de una América plétoricamente multicultural, en la que las instituciones garantizan la conservación del legado cultural y donde la ciudadanía participa activamente en la construcción de una identidad comunal. En relación a este fresco utópico, Monrovia, Indiana –el viaje de Wiseman a la América profunda y pueblerina– surge como una suerte de contrapunto escéptico. En los 143 minutos de este metódico y exhaustivo escaparate de estampas cotidianas, hay lugar para la cara más noble de la engrasada maquinaria social: los trabajadores públicos velan por la seguridad y bienestar de su gente, mientras las tradiciones (desde las charlas de cafetería a los pintorescos rituales de una logia masónica) mantienen ensamblada a la comunidad.
Sin embargo, a medida que se acumulan las escenas, es posible ir divisando conductas y escenarios algo más siniestros: las vastas extensiones agrícolas son explotadas de manera industrial, los supermercados aparece atiborrados de comida procesada, el sobrepeso parece ser la norma y los animales sufren amputaciones por motivos puramente estéticos. Estos ácidos apuntes dibujan una realidad dominada por la sobreabundancia consumista y por un individualismo amable: la noción de “sostenibilidad” clama por su ausencia. Sin embargo, fiel a sus principios observacionales y a la confianza que siempre deposita en el espectador, Wiseman nunca adopta una postura recriminatoria: el maestro prefiere la sugerencia al manifiesto. Dotada de una ironía punzante y de un profundo respeto por sus personajes, Monrovia, Indiana permite imaginar cómo podría ser una distopía wisemaniana. MANU YÁÑEZ
City Hall (Estados Unidos/2020), de Frederick Wiseman. Duración: 272 minutos.
Desde su debut en 1967 con Titicut Follies y durante ya más de cinco décadas, Frederick Wiseman ha sido uno de los más profundos, meticulosos e inteligentes observadores del funcionamiento de las instituciones políticas, culturales, deportivas o sociales de los Estados Unidos y Europa. Fijó su cámara con la paciencia y sensibilidad de siempre para retratar una legislatura, un gimnasio de boxeo, el Central Park o la bibloteca pública de Nueva York, la universidad de Berkeley, la Comedia Francesa, el ballet de la Opera de París, un club striptease como el Crazy Horse o la National Gallery de Londres, así como a la hora de abordar la problemática de la vivienda pública o de la violencia doméstica.
Con casi medio centenar de largometrajes sobre sus espaldas, Wiseman le dedicó apenas tres a su ciudad y City Hall (con sus más de cuatro horas y media) es un acercamiento de una precisión y detallismo inéditos respecto de cómo se gobierna una ciudad modelo como Boston, que con apenas 700.000 habitantes tiene un presupuesto anual de 3.320 millones de dólares (el 70% proviene de la recaudación impositiva y el 13% de aportes del estado de Massachusetts) y -antes de la pandemia- un tasa de desempleo de apenas 2,4% (la más baja de los Estados Unidos).
El protagonista de City Hall es, claro, el alcalde Marty Walsh, quien a sus 53 años se desempeñó durante 17 como diputado de la ciudad y lleva ya 6 en la jefatura de gobierno. Integrante del ala más progresista del Partido Demócrata, su gestión está considerada como un ejemplo de integración racial, sexual y económica, aunque la violencia de la policía le ha generado no pocos cuestionamientos.
Si algo se le puede cuestionar al Wiseman de City Hall es que parece demasiado “enamorado” de Walsh, un tipo que sufrió un cáncer de niño, es un alcohólico recuperado y hoy disfruta de una inmensa popularidad. No es que el mítico realizador sea un mero espectador. De hecho, su cine observacional siempre ha tenido un claro punto de vista. Sin embargo, aquí por momentos parece un promotor de campaña.
Eso no implica que el film carezca de interés. La posibilidad de inmiscuirnos en cada uno de los aspectos de un gobierno descentralizado y participativo es extraordinaria: cómo se discute el presupuesto general y luego las asignaciones puntuales de cada partida, cómo son los planes de vivienda (el gobierno tiene un proyecto a diez años para ir comprando terrenos y hacer luego desarrollos urbanos con subsidios para los menos pudientes), cómo son las campañas para la prevención de adicciones, cómo se atiende a los vecinos desde la línea 311, cómo se trabaja en parques, con la basura, con el tránsito, con la construcción, con los comerciantes y un largo etcétera.
Ciudad de viejos inmigrantes que abre las puertas a nuevos inmigrantes, cuna de exitosos equipos deportivos (al momento de filmar los Red Sox acababan de ganar la Serie Mundial de béisbol), Boston es la contracara de la administración Trump (Walsh lo deja en claro en numerosos discursos) con una preocupación por los jubilados y los precios de los medicamentos, por los veteranos de guerra, por los representantes de las distintas comunidades (se hace énfasis sobre todo en la china), por la situación de las enfermeras, por la memoria y el respeto a las minorías, por disminuir la violencia callejera y las desigualdades.
City Hall, por la duración total pero también por la de cada una de sus escenas (podemos asisitir durante 10 o 15 minutos a discusiones sobre temas en apariencia menores), exige un compromiso mayúsculo por parte del espectador, pero la recompensa es conocer a fondo una hermosa ciudad como Boston (porque la cámara no se queda dentro del edificio municipal) y, sobre todo, cómo se administra una urbe desde una óptica progresista, con respeto y conciencia social. DIEGO BATLLE
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