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Los nuevos desafíos de Lucía Puenzo
La directora de XXY estrenó en la sección Panorama de la 59ª edición de la Berlinale su ambicioso y arriesgado segundo largometraje, El niño pez, protagonizado por Inés Efrón y una sorprendente Emme. En esta amplia entrevista, larealizadora -de 33 años- explica cómo concibió su más reciente película, basada en su propia novela, que en la Argentina se estrenará el 9 de abril y que el 6 de mayo llegará a los cines franceses.
Tras el éxito de crítica y de público que consiguió en todo el mundo con XXY, Lucía Puenzo se ha convertido en una directora y escritora de gran proyección internacional. Es que el cine y y la literatura han ido siempre de la mano en la meteórica carrera de esta creadora de 35 años. El niño pez, sin ir más lejos, es la transposición que ella hizo de su primera novela, que escribió cuando tenía apenas 23 y que acaba de ser reeditada en la Argentina, mientras será publicada este año en Alemania, Italia, Brasil y los Estados Unidos. La película también tiene un amplio itinerario, que comenzará el 9 de abril en los cines de nuestro país y el 6 de mayo, en los franceses.
El niño pez constituye un gran crecimiento de Puenzo como cineasta, ya que tiene una narración más ambiciosa que el de su opera prima y conlleva un riesgo estético y temático mucho mayor. El film es, básicamente, una intensa historia de amor entre la hija de un juez (Inés Efrón, la protagonista de XXY) y la empleada doméstica de su casa (Mariela Vitale, más conocida como Emme, en una actuación consagratoria), pero es, también, una road-movie hacia Paraguay, un thriller de venganza con asesinato incluído y una historia que trabaja temas complejos como el incesto, la cárcel, los conflictos de la paternidad/maternidad, la corrupción policial, la leyenda que da título al film y… hasta el entrenamiento de perros. Si la enumeración parece demasiado larga, lo cierto es que Puenzo aborda la mayoría de las subtramas con una extraña mezcla de furia, pasión y sensibilidad en una película que encuentra algunos puntos en común con Thelma y Louise, de Ridley Scott; La ceremonia, de Claude Chabrol, y con la argentina Leonera, de Pablo Trapero.
A pocas horas de la première mundial, Puenzo dialogó sobre las expectativas que le provoca la presentación de esta segunda incursión detrás de cámara. “Creo que el valor de un libro o una película es independiente del efecto que tenga en el público y la crítica. Es imprevisible lo que puede pasar. Lo mejor que uno puede hacer al terminar una película o un libro es estrenarla o publicarlo y pasar al próximo”.
-¿Por qué te basaste en un relato ajeno para XXY y ahora te animaste con una novela propia?
-La literatura argentina está repleta de cuentos y novelas para llevar al cine. Es un misterio por qué tan pocos directores lo hacen. En cualquier adaptación, un relato es ajeno hasta que el director lo hace propio. Empecé a escribir la transposición de El niño pez mientras editaba XXY. Me interesaba la idea de una historia que ocurría en la periferia de otra: en El niño pez el centro podría estar en el asesinato de un juez, en los sospechosos y en su familia desmembrada… Pero la historia sigue a la hija del asesinado. Las historias de la periferia me interesan desde hace rato. En mi libro La maldición de Jacinta Pichimahuida los protagonistas son extras, último eslabón en la pirámide actoral. En El niño pez la protagonista vive en la periferia de su clase social, fascinada por el mundo de su mucama.
-¿En la transposición te sentiste "prisionera" o deudora de tu novela o pudiste "traicionarte"?
-Quería contar esta historia como un estallido. No por capricho: porque el mundo estalla en pedazos para las dos protagonistas de El niño pez. Y lo único que importa, más que la trama -infinitamente más que el tema- es el recorrido emocional que ellas hacen. Creí que había encontrado la estructura para conseguir este estallido en el guión, pero no fue así: la encontré en el montaje. Creo que eso fue en gran medida por ser la autora de la novela: tuve que encontrarme con el material ya filmado para reescribir la historia de nuevo.
-¿Cuáles son las mayores diferencias entre libro y película?
-La novela está narrada por el perro de la protagonista. Un perro sin raza en un mundo de perros de pedigrí. El Serafín de la novela construye un relato cargado de humor. En la adaptación, al decidir que el perro iba a ser personaje pero no narrador, el tono de la historia se transformó por completo: el género pasó al frente y la historia se hizo más densa, más oscura. Tanto en literatura como en el cine, mi sensación es que trabajo en un nivel microscópico: la frase, la línea de diálogo o la escena. Escribo frases o escenas, no géneros ni temas. Por lo menos hasta que llego a un final. Y en el caso del cine, ni siquiera cuando llego al final de la escritura del guión; es más, al llegar al final del proceso de montaje es cuando puedo reconocer que encontré una determinada estética, un clima, un ritmo que le dio una identidad a la historia. En ese sentido, aunque ya desde la novela el tono estaba lejos del costumbrismo y del realismo, en la adaptación de la literatura al cine de El niño pez varió más el tono que la trama: la peripecia es relativamente similar, el clima es absolutamente distinto.
-Con Inés ya tenías una experiencia previa ¿Cómo elegiste a Emme y por qué y cómo fue el trabajo conjunto con ellas dos ya que tienen antecedentes muy diferentes?
-Para el personaje de la Guayi estuve meses haciendo un casting en Buenos Aires y en Asunción. Pablo Carnaghi, el director de casting, propuso a Emme. La vimos en una audición con varias chicas y, por último, con Inés. Emme trabajó con una actriz paraguaya para el acento y aprendió a hablar en guaraní por fonética. Que Inés y Emme sean tan distintas en todo (su formación, su manera de trabajar hasta su físico) era en realidad lo mejor que podía pasarnos y lo aprovechamos. Pero necesitamos largas horas de ensayo para construir un enamoramiento que fuera verosímil en dos chicas de mundos tan distintos.
-Esta película es bastante más ambiciosa en búsquedas temáticas (que son muy diversas) y también en el aspecto narrativo, que tiene varias líneas y tiempos. Además, hay un gran trabajo de montaje ¿Sentiste que luego de una narración un poco más clásica en XXY querías un desafío más importante como realizadora?
-Gran parte de los climas de la película aparecieron en la medida en que empezamos a extremar la idea de que todo lo que pasa en la película es parte de la subjetividad perturbada de la protagonista. Es su cabeza, caótica y desconectada de la emoción hasta que vuelve a su casa después de su huida a Paraguay, la que trata de articular una trama desmembrada y fragmentaria. Con Hugo Primero, el editor, después de un primer armado más lineal empezamos a deconstruir el relato, más aún que en el guión, lo hicimos estallar en pedazos como parte de la confusión en la cabeza de la protagonista, entrando tarde a las escenas, yéndonos temprano, volviendo a ellas una vez abandonadas, jugando con el sonido entre los tiempos, mostrando esquirlas del pasado, el corazón de los recuerdos más dolorosos de la protagonista que la precipitaron a la tragedia. El niño pez no es una película que aborde un único género. En realidad va hilvanando géneros a lo largo de la historia, y en varios momentos hay cruces que terminaron de encontrar una coherencia, un ritmo y una tensión que estuviera presente de principio a fin recién en el montaje.
-¿Cómo te sentiste en este rodaje en comparación con el de XXY?
-En el rodaje me voy sintiendo cada vez más cómoda. En el trabajo entre un director y su equipo surge otro cuerpo, un mutante de quince cabezas que puede ser muy poderoso. Cuando escribo literatura, por el contrario, siempre tengo la sensación de que tengo que aprender todo de nuevo. Esa es una diferencia importante con la escritura de un guión, que es más bien un arco o una estructura dramática que hay que completar.
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