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Críticas de la competencia Vanguardia y Género (III): “1999” y “Ojo de mar” - #BAFICI21
Dos nuevas reseñas de este apartado dedicado a propuestas de corte experimental.
-1999 (Canadá-Suiza, 90'), de Samara Chadwick ★★★½
La realizadora canadiense Samara Chadwick fue parte de una generación que vivió en carne propia la ola de suicidios ocurrida en el colegio Matheu-Martin durante 1999. Más de 15 años después, vuelve al lugar para reunir a sus viejos amigos y compañeros e indagar en las sensaciones y consecuencias de esa experiencia traumática.
Con mucho de catarsis colectiva, 1999 tiene un comienzo que hace temer lo peor, en tanto amenaza con ser una de esas típicas mixturas de imágenes de archivo, entrevistas a cámara y recreaciones ficcionalizadas que desde Netflix se han vuelto moneda corriente. Pero, con el correr de los minutos, el film empieza a complejizarse, a escuchar la respiración de esos adultos que aún hoy batallan contra los recuerdos de la experiencia, dando como un resultado un relato emotivo, sensible y sin golpes bajos. EZEQUIEL BOETTI
-Ojo de mar (Argentina, 93’) De Pavel Tavares y Benjamin Garay ★★½
La propuesta es interesante: filmar -prácticamente sin diálogos- las vicisitudes de una comunidad perdida entre la hermosa e hipnótica cordillera neuquina. En algunos momentos se escucha música y en otros, solo el ruido del agua y su devenir, el viento y ese sonido tan característico del roce con las hojas de los árboles. Y los animales -compañía, sustento y alimento de la comunidad- también aportan su cuota.
Sin embargo, lo que arranca de forma promisoria se va desarticulando con algunas elecciones que parecen desacertadas. Para empezar, habiendo tantos films recientes basados en experiencias sensoriales de este estilo, que Ojo de mar dure 93 minutos parece demasiado y eso lamentablemente se siente: muchos planos de los pobladores ante la cámara en sus quehaceres diarios durante las cuatro estaciones que abarca la película parecen alargarse en demasía y no suman al todo.
Por el lado de los aciertos, está la mirada de esos “actores sociales”, como los denominan en los créditos: gauchos y lugareños que pueden mirar una escena de Peter Sellers atónitos en una vieja TV o comer el asado con pan y a cuchillo como corresponde, se suman a la guitarra y ciertos cantos que acompañan muchas de esas tareas del campo. Es allí cuando el film encuentra su esencia, al igual que con la llegada de la noche que agiganta la soledad de esos parajes, mientras ciertas voces fantasmagóricas que remiten a malos sueños se relacionan con la devoción de la comunidad por una virgen. NICOLAS KUSMIN
Más información:
Críticas de Vanguardia y Género (I)
Críticas de Vanguardia y Género (II)

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