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Crítica de “A Hidden Life”, de Terrence Malick (Competencia Oficial) - #Cannes2019
Tras varias películas bastante fallidas, el mítico director estadounidense recupera su mejor forma, aunque con ciertos vicios que, a esta altura, son también su marca de fábrica.
La relación entre Terrence Malick y Cannes lleva ya varias décadas. En 1979 ganó el premio a Mejor Dirección por Días de gloria; en 2011, nada menos que la Palma de Oro por El árbol de la vida. Tras un largo ostracismo, este cineasta de 75 años no para de trabajar, aunque títulos como Deberás amar, Knights of Cups, el documental Voyage of Time y Song to Song estuvieron muy por debajo de las expectativas.
Con A Hidden Life, Malick consigue una muy buena película inspirada en la historia real de Franz Jägerstätter, un campesino austríaco que, en el plebiscito de abril de 1938, fue el único habitante del pueblo de Sankt Radegund que votó en contra de la anexión a la Alemania nazi. En marzo de 1943 fue reclutado para el ejército. Objetor de conciencia, se negó a jurar lealtad a Hitler, fue encarcelado, enjuiciado y fusilado a los 36 años.
Pero no son estos datos -que se pueden encontrar en la entrada de Wikipedia- los que le importan a Malick sino la reflexión existencial: el sacrificio de un hombre de vida armoniosa y feliz que es capaz de dejarlo todo por sus convicciones (con solo firmar un documento hubiese sido liberado de inmediato).
La película tiene la habitual paleta de hallazgos y excesos del cine de Malick. Una duración exagerada de casi tres horas, una omnipresente voz en off (lectura de cartas de amor, los pensamientos íntimos de Franz), música sinfónica de cuerdas y coros elegíacos (a James Newton Howard debieron pagarle horas extras) y bellísimas imágenes de la naturaleza captadas en muchos casos con lentes deformantes (gran angular).
A Hidden Life comienza como un relato idílico con la relación entre Franz (August Diehl) y su esposa (Valerie Pachner), la conformación de una familia con tres niñas y el trabajo cotidiano en la granja ubicada en un hermoso entorno de praderas en medio de montañas. Sin embargo, todo se derrumba con el avance de la Segunda Guerra Mundial. Los Jägerstätter se convierten en la oveja negra del pueblo y (salvo el comprensivo cura del lugar) todos comienzan a hostigarlos, a despreciarlos. Hay ciertos ecos lejanos con La cinta blanca, de Michael Haneke, pero de más está decir que el estilo es 100% Malick.
Este épico y solemne melodrama antibélico (algo así como el opuesto complementario de La delgada línea roja) engloba lo mejor y lo peor de Malick, aunque hay que decir que el resultado es bastante más estimulante y convincente que sus últimos trabajos. No será una obra maestra (a esta altura pedirle mayor concisión y austeridad es un absurdo), pero sí regala unos cuantos momentos de gran cine.
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