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Crítica de “Un viaje pesado” (“Bad Trip”), comedia de Kitao Sakurai con Eric André (Netflix)
En la línea de Jackass y Borat, pero con un humor más inocente, esta película sirve para (re)descubrir el talento cómico de Eric André.
Un viaje pesado (Bad Trip, Estados Unidos/2020). Dirección: Kitao Sakurai. Elenco: Eric André, Lil Rel Howery, Cory DeMeyers, Tiffany Haddish, Michaela Conlin, Charles Green, Jaime Wallace, Michele Dawson, Barkley Harper, Adam Meir, Anthony J. James, Greg Smith Aldridge y Rebecca Rose. Guion: Jenna Park, Kitao Sakurai y Kathryn Borel. Música: Ludwig Göransson y Joseph Shirley. Fotografía: Andrew Laboy. Duración: 86 minutos. Disponible en Netflix.
Hijo de un padre afro-haitiano y una madre judía, Eric André es uno de los tantos comediantes no del todo conocidos en esta parte del continente que, sin embargo, brilla a fuerza de un humor particular, ya sea en proyectos propios (el programa The Eric André Show y sus stands-ups, varios disponibles en Netflix) o en los de socios creativos como Andy Samberg, con quien trabajó en Popstar: Never Stop Never Stopping y en varios sketch del grupo The Lonely Island.
André es amo y señor de Un viaje pesado (el título alternativo es Un mal viaje), una comedia de cámaras ocultas visiblemente influenciada por la impronta de Jackass –no por nada el productor aquí es Jeff Tremaine, director de las películas de Johnny Knoxville y compañía- y de Borat, con la salvedad de que aquí la apuesta no pasa por la incomodidad ajena. Lo importante para André es que el espectador sea testigo de situaciones hilarantes e inofensivas vinculadas con el periplo de su personaje y un amigo para reencontrarse con el amor de su vida. O, mejor dicho, con quien cree que es el amor de su vida.
La chica en cuestión se llama María (Michaela Conlin) y es una vieja compañera de colegio de Chris (André), a quien reencuentra de manera fortuita mientras trabaja en Florida. Chris interpreta que el breve intercambio de palabras es más que una charla de rigor, por lo que convence a su amigo Bud (Lil Rel Howery) de usar el auto de su hermana presa (¡!) para ir hasta la galería de arte neoyorquina donde trabaja.
Pero el argumento, como suele ocurrir en este tipo de películas, es lo de menos, apenas una excusa para una road movie que hilvana varias escenas ficticias en las que André es el único objeto de escarnio. Lo suyo es una comedia física por la plasticidad gestual, pero sobre todo porque el método se basa en ponerle el cuerpo a situaciones de raigambre adolescente, pequeñas picardías que persiguen como única voluntad la rotura de los límites del mundo adulto.
No hay, como en Borat, un intento de denunciar comportamientos aberrantes dejando en ridículo a sus entrevistados. Tampoco la prepotencia escatológica de Jackass. Si en ambos casos las reacciones de las personas eran indistintas para la resolución de cada escena, Un viaje pesado funciona en la medida que lo hace la involuntaria complicidad, casi siempre amable, de quienes justo pasaban por el rodaje, testigos directos de la energía infantiloide y la pulsión por el ridículo de esta comedia-bálsamo en tiempos pandémicos.
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