Críticas
Estreno en cines
Crítica de “Golpe de suerte en París” (“Coup de Chance”), película de Woody Allen
La película número 50 de Woody lo encuentra en buena forma por las calles de París.
Golpe de suerte en París (Coup de chance, Francia-Reino Unido/2023). Guion y dirección: Woody Allen. Elenco: Lou de Laâge,Niels Schneider, Valérie Lemercier, Melvil Poupaud, Grégory Gadebois, Guillaume de Tonquédec y Elsa Zylberstein. Fotografía: Vittorio Storaro. Edición: Alisa Lepselter. Distribuidora: Impacto Cine. Duración: 96 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas. Salas: 45.
(Esta crítica fue publicada originalmente en el marco de la cobertura de la Mostra de Venecia 2023)
Fuera de la sala, reclamos y quejas; dentro de ella, inusuales aplausos incluso antes de comenzar la proyección. Tan extendido y contundente fue el recibimiento que hasta el propio Woody Allen se veía sorprendido. La postura del Festival de Venecia es clara en eso de separar al artista de su obra: este año forman parte de la Selección Oficial no sólo Golpe de suerte en París / Coup de chance sino también The Palace, última realización de Roman Polanski (ambas fueras de competencia).
No indagaré aquí en estas cuestiones extra-cinematográficas. Sí debo decir que, luego de una serie de films entre olvidables e indefendibles, Woody Allen ha llegado a Venecia con una película que dignamente recuerda tiempos mejores en lo que hace a su obra. Son pocas las películas que dirigió en este siglo que resisten el paso del tiempo o una segunda visión, y de las filmadas en la última década es difícil rescatar algo: Magia a la luz de la Luna (2014), Hombre irracional (2015), Café Society (2016), La rueda de la maravilla (2017), Un día lluvioso en Nueva York (2019) y Rifkin’s Festival (2020).
Sin ser en modo alguno una genialidad, el tomarse algo más de tiempo parece haber ayudado a que Golpe de suerte en París escape de la rampante superficialidad que caracteriza sus últimas películas. Copia, sobre copia, sobre copia la chispa original se va difuminando y muchas veces quedamos en presencia de un patético fantasma que sólo potencia la nostalgia por eso que ya no es y que nunca volverá a ser.
La acción sucede en París y esta vez no queda tan en claro la impertinente traspolación de los temas y modos neoyorquinos a otro territorio. ¿Será que algo hay en común entre ciudades tan importantes cultural y simbólicamente? Por la razón que sea, más allá de las exageraciones lógicas en lo que conserva el tono de comedia (aunque haya crímenes involucrados), las criaturas imaginadas por Woody Allen pueden ser habitantes del lugar donde viven y los diálogos, más allá del filo, discurren con cierta fluidez (algo que no sucedía hace tiempo).
Su película número 50 tiene mucho de varias anteriores. El importante rol de la suerte en la deriva vital vuelve a ser el eje de los caminos que se abren desde el momento en que Fanny (Lou de Laâge) se encuentra en la calle con Alain (Niels Schneider), un ex compañero del colegio que le cuenta sobre lo enamorado que estaba (y sigue estando) de ella. La aparentemente perfecta y sólida relación con su marido, Jean (Melvil Poupaud), se ve resquebrajada y la sensación de que todo no estaba tan bien como semejaba comienza a aumentar. Y no sólo por los celos de Jean, ya que hay varios temas bastante más oscuros. Temas bien ocultos que nadie ve o quiere ver hasta que la madre de Fanny (perfecta para la comedia Valérie Lemercier) comienza a sospechar y a investigar.
Woody Allen ha abordado el tema en sus diversas aristas: los difusos límites entre la comedia y el drama, la tensión entre las imposiciones del destino y el libre albedrío, lo que se puede conseguir en la vida y lo que depende de la suerte. Crímenes y pecados (1998), Melinda y Melinda (2004) y la sobrevalorada Match Point (2005) discurren por esos senderos, pero podría pensarse que toda su obra lo hace, de manera más o menos evidente, al menos desde Sombras y niebla (1992). Lo que aquí se agradece es la falta de gravedad que lastraba fatalmente la pretenciosa Match Point (a propósito, quienes la siguen citando, ¿han intentado verla de nuevo?). La pintura de cierta burguesía parisina, el sarcasmo y unos cuantos apuntes sobre cómo se construyen algunas fortunas dan en el blanco.
En fin, Woody Allen ha vuelto a hacer una película que no da ganas de salir de la sala antes de terminar la proyección. Eso a esa altura es una verdadera sorpresa. Y, claro está, una buena noticia.
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