Festivales

Críticas de 9 películas chilenas

Un recorrido por las diferentes propuestas del cine local presentadas en esta 21ª edición.

Publicada el 30/11/-0001

Publicado el 10/10/2014 (actualizado al 12/10)

Películas de la Competencia Chilena:

-Santiago violenta (78’), de Ernesto Díaz Espinoza ★★★

Hace unos años, esta comedia sobre tres nerds viviendo desventuras policiales habría sido toda una revelación, pero ya ha corrido tanta agua bajo el puente (desde la saga española Torrente hasta la hollywoodense Comando especial) que los chistes, las referencias y los guiños cinéfilos (aquí, sobre todo, a Quentin Tarantino) ya no tienen el mismo efecto. Ernesto Díaz Espinoza es algo así como el gurú del cine de género Clase B chileno, el Robert Rodríguez local, y como muestras bastan desde Kiltro hasta Mirageman, pasando por Madrill y Tráiganme la cabeza de la Mujer Metralleta. Robos, mafiosos, humor negro, música omnipresente, acumulación de enredos y un trío de patéticos antihéroes para una película simpática, por momentos entretenida, pero a la que le cuesta trascender sus (a esta altura) lugares comunes. El prolífico director presentó en Valdivia (su festival-fetiche) otro film en estreno mundial: Redentor.



-Los castores (68’), de Nicolás Molina y Antonio Luco ★★★

Una joven pareja de biólogos recorre a bordo de una casa rodante la helada Tierra del Fuego con el objetivo de estudiar las maneras de contener la arrasadora plaga de castores que amenaza todo el ecosistema de la isla. Unas pocas parejas de animales fueron implantadas hace unos 70 años desde Canadá con la idea de desarrollar en la región un gran negocio con las pieles, pero ese emprendimiento quedó muy pronto en el olvido y hoy son más de 150.000 los castores que desvían los cursos de los ríos y generan gravísimas inundaciones, entre muchas otras consecuencias. El film gana cuando apuesta a la ficción, cuando construye suspenso (la caza nocturna de los bichos) y pierde bastante cuando se pone didáctico, más en la línea de un documental de Discovery que de una película autoral.



-La visita (82’), de Mauricio López Fernández. ★★★

El director se basó en su multipremiado corto homónimo de 2010 para una ópera prima que tiene algunas zonas muy logradas y otras que resultan, en cambio, una sucesión de situaciones y personajes forzados (en este caso, la mirada a la clase aristocrática en decadencia en la línea del cine de María Luisa Bemberg y Lucrecia Martel). Sin embargo, hay en el corazón del film un mundo que resulta provocador e interesante y que tiene que ver con la hija de la empleada doméstica, que llega para el funeral de su padre convertido en… un hombre. La mezcla de vergüenza, incomodidad, represión, culpa y prejuicios que desencadena su presencia en el resto de los personajes (especialmente en su madre) le insuflan al film de un aire inquietante y fascinante. Más allá de algunas sobreactuaciones (como la argentina Claudia Cantero) y de sus desniveles, la película tiene su interés y un cuidado trabajo de fotografía y sonido a cargo de los talentosos Diego Poleri y Guido Beremblum, respectivamente.



-Respirar helado (68’), de Carolina García Bloj. ★★½

La directora debutante viajó a la zona de Tortel (en el sur más profundo y helado de Chile) para describir la historia y el día a día de sus habitantes. En principio, hay dos ideas valiosas: explicar cómo se armó de la nada esa comunidad en semejante lugar y exponer la dinámica del pueblo priorizando el lugar de las mujeres, verdaderos motores del entramado social. El problema es que la realizadora se queda en el esbozo, no profundiza demasiado y, para colmo, no consigue imágenes lo suficientemente intensas como para lograr transmitir la belleza y al mismo tiempo la opresión de esa inhóspita zona.



-La madre del cordero (80’), de Rosario Espinosa y Enrique Farías. ★★½

Estrenada en la sección Nuevos Directores del Festival de San Sebastián, esta ópera prima (trabajo de graduación de la Universidad del Desarrollo) narra la gris cotidianeidad de Cristina (María Olga Matte), una solterona que está a punto de cumplir los 50 años y vive al servicio de y dominada por su tiránica madre postrada (la mítica actriz Shenda Román). La aparición de una vieja amiga de la juventud (bastante más divertida y simpática que ella) le permite en principio salir del encierro -interior y exterior- y de la angustia que la carcome. El film es de indudable solidez narrativa, interpretativa y visual, pero sobre el final se derrumba con una acumulación de simbolismos obvios y una mirada demasiado cruel (al borde del sadismo) hacia sus personajes.



-Canción sin letra (75’), de Cristian Vidal L. ★★

Egresado de la Universidad de Chile, Vidal describe la historia de Rodrigo (Diego Ruiz), un muchacho que llega casi sin dinero del interior a la gran ciudad con la idea de reconstruir la relación con su padre. En el proceso, conoce a su hermanastra Javiera y a un compañero de un (precario) trabajo que consigue llamado César. Los tres iniciarán un camino de iniciación, descubrimientos, proyectos musicales conjuntos, vida nocturna en tugurios y, claro, de desengaños amorosos y frustraciones varias. El film arranca como un digno émulo del cine de Ezequiel Acuña, pero se va desbarrancando hasta convertirse en un film obvio, torpe y plagado de lugares comunes.



Ventana de Cine Chileno

-La voz en off (98'), de Cristián Jiménez ★★★½

El director de Ilusiones ópticas y Bonsái presentó -tras su paso por los festivales de San Sebastián y Toronto- esta película íntegramente rodada en Valdivia, su ciudad natal, en una inmensa sala desbordada de público y con la presencia de buena parte del equipo. Se trata de una tragicomedia coral sobre la dinámica de cuatro generaciones (la bisabuela, los jóvenes abuelos, padres e hijos) de una típica familia de clase media, con sus miserias, prejuicios y secretos (hay divorcios, infidelidades, celos, envidias), pero también con sus situaciones divertidas, patéticas, emotivas y encantadoras. Jiménez es un narrador de indudable oficio para trabajar esos pequeños detalles que luego adquieren dimensiones insospechadas, aunque aquí acumula quizás demasiadas viñetas (pinceladas) por lo que el resultado es algo superficial e irregular (y con un desenlace no muy convincente). De todas maneras, el film -que tiene algo del buen cine independiente norteamericano sobre familias disfuncionales- se disfruta en su mayor parte a partir de una ligereza, una sensiblidad y una fluidez que no suelen abundar en el nuevo cine chileno.



Películas chilenas en Competencia Internacional
:

-Matar a un hombre (Chile, 82’), de Alejandro Fernández Almendras ★★★½

El realizador de Huacho y Sentados frente al fuego aborda en su tercer largometraje varios temas polémicos: la espiral de violencia, la venganza (el ojo por ojo), el proceso por el cual un hombre común, un poco gris, se va transformando en un monstruo hasta llegar a lo que el propio título indica (hay algo de Breaking Bad y del cine de Michael Haneke en la propuesta). En principio, conocemos a Jorge (Daniel Candia), un guardabosque diabético que vive con su esposa Marta (Alexandra Yáñez) y su hijo Jorgito (Ariel Mateluna). Pero la previsible, rutinaria existencia de la familia se ve amenazada por unos vecinos malhechores liderados por el temible Kalule (Daniel Antivilo). Basado en un caso real, el film construye una acumulación de tensión (por momentos insoportable) que termina explotando como casi siempre de la peor manera. El miedo, el odio, el resentimiento, el ánimo revanchista van minando y destruyendo la humanidad, los códigos morales, de un hombre común. La película -ganadora de la Competencia Internacional del Festival de Sundance, premiada también en Rotterdam, Miami, Friburgo, y elegida por Chile para el Oscar extranjero- generará de manera casi inevitable polémicas más de índole ideológicas que cinematográficas (a mí me generó debates internos, me inquietó, me perturbó, me angustió). Es que el largometraje en sí es de una solidez y potencia notables, empezando por la impecable puesta en escena, el notable aporte de los actores y el trabajo del DF Inti Briones. Sólo el uso ampuloso de la música de Jorge Vergara resulta contraproducente. Para apreciar y -claro- discutir.



-Mar (Chile-Argentina, 60’), de Dominga Sotomayor. ★★★½

Rodada en apenas 8 días de enero en Villa Gesell y con un equipo que no superó nunca la decena de actores y técnicos, la directora de De jueves a domingo filmó la película más argentina que una chilena puede lograr. Con un guión coescrito con Manuela Martelli, pero con un armado grupal y colaborativo (cooperativo), Mar fue concebida a partir de una propuesta del actor Lisandro Rodríguez (protagonista de La Paz, de Santiago Loza). El resultado es una comedia asordinada, algo absurda, que me hizo recordar por momentos a la reciente Dos disparos, de Martín Rejtman; y a Una novia errante, de Ana Katz. Una pareja de treintañeros (Rodríguez y Vanina Montes) se instala en una hostería para pasar unas vacaciones veraniegas en el apuntado balneario. A la rutina playera le suman cierta incomodidad (ella incluso amaga con irse), hasta que llega al lugar la posesiva y avasallante madre de él (una muy divertida Andrea Strenitz) y la cosa se termina por complicar. La caída de un rayo en esa zona con consecuencias trágicas (un hecho real aprovechado para la ficción), la paranoia frente a la inseguridad y unos negocios turbios con un auto van enrareciendo cada vez más una película de chispazos inspirados, bastante fluida, siempre ligera y disfrutable. La contracara perfecta frente a tanto cine chileno solemne que se vio este año en Valdivia.

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