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Crítica de “The Novelist´s Film”, de Hong Sangsoo (Competencia Oficial) - #Berlinale2022

-El prolífico director surcoreano presentó en la disputa por el Oso de Oro una historia que puede verse como un nuevo episodio de una serie, por suerte, sin final a la vista.
-Actualización: ganadora del Gran Premio del Jurado.

Publicada el 16/02/2022


The Novelist’s Film / So-seol-ga-ui yeong-hwa (Corea del Sur/2022). Guion, edición, música, fotografía, diseño de sonido, producción y dirección: Hong Sangsoo. Elenco: Lee Hyeyoung, Kim Minhee, Seo Younghwa, Park Miso y Kwon Haehyo. Duración: 92 minutos. En Competencia Oficial.


Con el permiso del todopoderoso MCU, seguir la trayectoria de Hong Sang-soo se ha convertido, sobre todo por su asombroso ritmo de producción, en lo más parecido a una anomalía, a algo impensable: seguir cada capítulo de una serie desde la privilegiada butaca de una sala de cine. Puedo decir, sintiéndome afortunado por ello, que desde que tuviera mi primera experiencia con él, allá por 2011, con The Day He Arrives, no me he perdido ninguna de las 16 películas que ha presentado después. Dieciséis en poco más de veinte años, sin contar, claro está, aquellos trabajos previos con los que posteriormente he ido poniéndome al día. Total que, sumando aquí y allá, ahora mismo en mi cabeza hay una veintena de títulos de este cineasta surcoreano.

Todos ellos coexisten, como decía, bajo el convencimiento de que el corpus fílmico es siempre más importante que cualquier pieza por separado. Como nosotros, que en calidad de individuos, nunca seremos más que la constelación de personas con las que caminamos, bebemos o hacemos el amor. Total, que la filmografía de Hong Sangsoo puede leerse en clave de relato serializado que, como conjunto, a veces avanza, otras retrocede, otras da vueltas sobre sí mismo y otras se dedica a explorar nuevos caminos. Esto es, una amalgama de amores y desamores, de encuentros casuales en plena calle, de noches bañadas en soju y de actos sexuales llevados con más o menos patetismo. La vida, vaya.

Un director de cine llega a la ciudad para presentar su nuevo trabajo, o para preparar el siguiente. No se distingue una situación de la otra porque esta historia ya nos la han contado muchas veces, pero también porque está claro que el hombre no puede parar de filmar: si se despega de su cámara, aunque solo sea durante un segundo, siente que le falta el aliento, pues ya no sabe cómo relacionarse con el mundo. Estamos pues en un punto en el que cualquier impedimento para concretar un proyecto se ve como una minucia; como una excusa de mal pagador. Una escritora, harta de las quejas de un cineasta, le espeta: “¡Si quieres hacer una película, hazla!” Y así opera Hong Sangsoo, sin perder el tiempo en las tonterías que le podrían alejar de su propósito (tan divino, tan humano): seguir emitiendo señales de vida.

Venimos, conviene recordarlo, de In Front of Your Face, una película en la que la extrema crudeza del digital empleado nos recordaba la importancia no tanto de aquello que decimos, sino más bien de la manera en que lo comunicamos. “¿Pero cómo dices esto?”, y -sobre todo- “¿Pero cómo me cuentas esto así?”, eran las pregunta que volaban permanentemente en el ambiente. La protagonista de aquella historia, por cierto, era Lee Hyeyoung, quien en un momento parecía que iba a rodar una película con un director de cine, pero este, al final, como era un impresentable, desaparecía del mapa de la manera más cobarde, dejando en el aire la gestación de una criatura fílmica que ya nunca llegaría a ver la luz. Entonces, ¿qué quedaba? Pues reírse, claro, para purgar la amargura que algunos indeseables quieren meter en nuestro cuerpo.



En The Novelist’s Film, inmediata parada en el camino, el punto donde actualmente nos encontramos, dicha actriz vuelve a llevar la voz cantante, solo que ahora está en la piel de una escritora. Una novelista, obvio, que tras una serie de encuentros más o menos fortuitos llega a la conclusión de que el siguiente paso (no artístico, sino más bien vital) tiene que consistir en hacer un cortometraje. Lo hará, seguro que sí, en parte porque lo ha decidido de manera improvisada; muy en caliente, de nuevo, sin tiempo a perder dándole vueltas a la cabeza, divagando absurdamente sobre las posibles razones por las que dicha idea no podría salir adelante. “¿Y cómo se va a titular?”. “No lo sé, de momento pongámosle La película de la novelista, y después ya lo cambiaremos. O no.” Porque las cosas se hacen, y punto. Porque, efectivamente, se confirma que a veces lo único que se necesita para que una película exista es una actriz (una chica a la que acabamos de conocer en un parque) y una cámara (que será operada por su marido, relegado al discreto fuera de cuadro).

Por lo visto, el hombre ha dicho que se puede contar con él también para las cruciales labores de producción, de composición musical, de montaje, de diseño y de dirección de fotografía. Y, de nuevo, la precariedad de la imagen da fe de la infinidad de frentes en la que puede manifestarse la mano del autor. Como sucedía en Let the Summer Never Come Again, ópera prima de Alexandre Koberidze rodada con un teléfono Sony Ericsson, el digital “mal renderizado” insufla vida al aparato cinematográfico. Si allí la cámara sufría con los negros, aquí sucede lo mismo con unos tonos blancos que ciegan y que quedan uniformizados en un manto de píxeles que, torpes milagros de la tecnología, luce como un manto de puntos inquietos, que cambia 24 veces por segundo.

Así, los largos planos-secuencia marca de la casa, asentados en el calmado estaticismo del trípode, no requieren de ningún zoom para romper la monotonía visual en la que se desenvuelve la mayoría de conversaciones. El cine de repeticiones de Hong Sangsoo siempre encuentra esas ligeras variaciones sin las que este macro-experimento dejaría de respirar. El universo fílmico del maestro sigue consolidando esta etapa en la que las mujeres no solo acaparan el protagonismo, sino que además se niegan a bajar la guardia ante la permanente amenaza de que los hombres, tan frágiles, tan inseguros de todo, recuperen este lugar de privilegio. Lee Hyeyoung, que ya no puede más con los consejos que Kwon Haehyo tiene para todo el mundo (ahora lo llaman mansplaining) le pide que, por favor, y para variar, se calle. Cállate, en serio.

Y así calla, y así escucha Hong Sangsoo. Cuando por fin habla, lo hace de aquello en lo que seguro que no se puede equivocar: un acto cinematográfico que es el más puro reflejo de la carga y la alegría de vivir. Un discurso armado con la desarmante humildad de quien no lleva consigo la cargante auto-imposición de compartir grandes revelaciones cada vez que nos congrega en una sala de cine. A veces, como este amigo cercano, solo llama para saber cómo nos va y, desde luego, también para contarnos cómo le va a él. Y da gusto comprobar que a todo el mundo, con sus más y sus menos, le va razonablemente bien. Hasta la escena post-créditos, ese engorro de las “series” proyectadas en pantalla grande, tiene sentido. Al final, todo se reduce a lo más esencial, aquello que no admite segundas lecturas: un ramo de flores improvisado durante un paseo. ¿Y si todo fuera una excusa para que la cámara de Hong Sangsoo, ahora iluminada con mil colores, mirara a Kim Minhee de frente y le dijera: “Te quiero”? Pues sí, es esto. No hay que darle más vueltas.


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