Columnistas
Diario de viaje
Con el humor de los sobrevivientes (crónica desde la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en Cuba)
Dos semanas dando clases y supervisando proyectos en la mítica EICTV constituyen una experiencia cinéfila y humana que no se parece a ninguna otra, sobre todo en este momento de inflexión en la historia de la isla.
Algunas semanas antes de mi viaje a Cuba leo una noticia sobre el buque ruso Anatoly Kolodkin con el primer cargamento de petróleo que llega a la isla desde enero.
Respiro aliviado. La crisis del combustible que castiga al país parece finalmente encontrar una tregua. Al mismo tiempo, la sensación de experimentar un episodio propio de la Guerra Fría estimula la aventura que estoy por vivir. Cuba, otra vez, en el centro del conflicto entre las grandes potencias. Esta isla con forma de uña -o de cuña- atraviesa filosa la mente de muchas personas.
Mi amigo cubano J. dice que estamos en un momento extremo, de parteaguas. Va a pasar algo: o bien se consolida el proyecto revolucionario -en su versión contemporánea- o Cuba tendrá que ceder en algunos aspectos.
-Un momento interesante para escribir o filmar algo en la isla, me dice.
Tomo su consejo.
En el aeropuerto me busca una Sprinter de la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión) para llevarme hasta las instalaciones ubicadas en una gran finca, a pocos kilómetros de San Antonio de los Baños. La escuela fue fundada 40 años atrás por Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Birri y Gabriel García Márquez, entre otros, y desde entonces ha generado una mística difícil de igualar. Por aquí han pasado miles de estudiantes de todo el mundo. Cineastas de amplio espectro dieron conferencias, desde Steven Spielberg hasta Chris Marker.
En la escuela existe el curso regular de tres años, las Maestrías de ficción, documental y alternativo y los Talleres internacionales. En mi caso, vengo a dar Producción en la Maestría documental durante dos semanas. La cursada es intensa, seis horas de clase por día, de lunes a viernes. Durante la quincena doy la misma cantidad de contenidos que en un cuatrimestre porteño. Una curiosidad de la EICTV es su carácter de internado: tanto docentes como estudiantes vivimos en diferentes edificios de la escuela. No es fácil encontrar un corte entre el trabajo y la vida en la medida que uno siempre está dentro del predio.
Al llegar, me otorgan el mismo departamento que el año pasado: extraña sensación la de viajar desde tan lejos para volver al mismo lugar. Miro por la ventana. Un árbol se sacude, de sus ramas caen limones oscuros. El brazo de un chico se distingue entre el espeso follaje. Mueve las ramas, las frutas ceden ante el movimiento brusco.
Las condiciones de vida son como las de un retiro espiritual: campo abierto, silencio, insularidad, se come arroz y frijoles -moros y cristianos- junto con alguna proteína: pescado o cerdo o pollo o huevo; mucha gente pagaría por estar en un lugar así.
Primer día de cursada. Entro al aula junto con la coordinadora de cátedra. Una estudiante de otra maestría nos saluda y pide quedarse de oyente. Yo no tengo problema, pero la coordinadora me advierte en voz baja que en realidad en esa aula hay buen WiFi y ese sería el motivo real. En efecto, durante las primeras cuatro horas de clase la muchacha no dice nada y mira fijamente su laptop. Promediando el último tercio de la clase empieza a levantar la mano y a hacer preguntas. Me alegra pensar que vino por el WiFi y se quedó por la clase de Producción documental.
Regreso a mi departamento y me acuesto en el piso de cerámica fría, el calor todavía no es intenso, pero te envuelve. Desde allí veo una gruesa fila de hormigas que van desde un agujero en la pared hasta el mueble de televisión. Reviso y no veo ningún alimento en el suelo, ningún insecto muerto. Me doy cuenta de que están comiéndose el propio mueble, en sus pinzas transportan moléculas de color crema, el mismo del enchapado de madera.
Al parecer, las alimañas cubanas como arañas, víboras y alacranes no tienen depredadores; pienso que será una característica de la endogamia propia de una isla. Por dicho motivo, siguiendo esta hipótesis, su veneno es suave, la mordida duele, pero no mata. Por suerte en mi departamento solo hay ranitas como gatos que se suben a los muebles y al marco de las puertas. También lagartijas pequeñas y atrevidas que cambian de color, de verde a bronce.
Las clases continúan. La escuela es una gran comunidad, una Torre de Babel con más de 20 nacionalidades. Por momentos también se siente como un experimento social con tantos cineastas en ciernes, docentes y trabajadores, todos conviviendo en un mismo espacio. Hay dos salas de cine, la Glauber Rocha y la Tomás Gutiérrez Alea -conocida como la Titón-; la EICTV, si bien es internacional, no deja de ser profundamente latinoamericana.
La materia que doy tiene tres ejes: una serie de clases teóricas que van desde el desarrollo de un proyecto, el armado de un dossier, focalizando en diferentes mecanismos y herramientas de financiación, pasando por consideraciones de rodaje y postproducción; y, finalmente, su comercialización internacional, la vida pública de la película. Por otro lado, proyecto cinco largometrajes documentales que produje con debate posterior y paralelamente organizo asesorías de proyecto con los estudiantes que deben filmar sus cortometrajes de tesis para finalizar la Maestría.
Leyendo los proyectos noto que varios estudiantes hacen hincapié en una aciaga coincidencia: el día que llegaron a Cuba fue el mismo en que Nicolás Maduro fue secuestrado por los Estados Unidos. Sorpresivamente, y considerando la profunda crisis que atraviesa el país, ninguno abandonó sus estudios.
En este sentido, considero que los estudiantes de la EICTV tienen ciertas particularidades, son parte de un proyecto educativo que solo puede sobrevivir si es sostenido por las personas que lo conforman. La experiencia de la escuela es transformadora para la población que la habita, al punto de transitar las dificultades -que no son pocas- a cambio de vivir algo que ningún otro lugar les podría proporcionar.
En San Antonio de los Baños se ven carteles, tanto en la ciudad como en las rutas, que conectan con la escuela. No hay publicidad en el sentido que conocemos, son consignas políticas: “Seguimos en combate”, “Victoria de las ideas”, “Cuba no negocia ni vende su revolución, ha costado la sangre y el sacrificio de muchos de sus hijos”, “Si se pudo, sí se puede y siempre se podrá”, “El deporte derecho del pueblo”, este último pintado en una cancha de béisbol. Entiendo que para las generaciones más jóvenes de cubanos estos carteles pueden resultar amargos y anticuados. Pero para mí, como argentino, en este capítulo de la historia protagonizado por derechas internacionales desbocadas, se leen como consignas necesarias que me conmueven.
Una estudiante me muestra un cortometraje que está editando. El protagonista es N., un bedel de la escuela. Empieza con un plano de su rostro que es puro cine, una cara curtida por el tiempo y el clima cubano. Vemos una serie de imágenes de nubes y edificios de la escuela, en off escuchamos a N. hablando sobre la construcción de una balsa para llegar a los Estados Unidos. El plan fracasa y la embarcación debe regresar a la isla. En la escena siguiente, la directora le pregunta a N. qué película le gustaría hacer y él responde: una de baile.
La imagen corta al living de N., donde lo vemos bailar el Cha cha chá con energía contagiosa -me dan ganas de bailar a mí también, aún sin saberlo- y en sus movimientos percibo la felicidad de un sobreviviente. Y pienso: Cuba también es esto.
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