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Especial Lucrecia Martel: crítica de “Nuestra Tierra”, entrevista a la directora y reseña del libro “Un destino común”
-La realizadora de La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama se aventura en la no ficción con un potente exponente de cine político y etnográfico que, luego de su estreno mundial en la Mostra de Venecia y su paso por otros prestigiosos festivales como Toronto, San Sebastián, Camden, Londres, Nueva York, Viena y Rotterdam, llegará este jueves 5 de marzo a las salas argentinas.
-Este especial se completa con una charla con la cineastas salteña sobre el documental y sobre la reciente publicación de Un destino común.
Nuestra Tierra (Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos, Dinamarca/2025). Dirección: Lucrecia Martel. Guion: Lucrecia Martel y María Alché. Fotografía: Ernesto De Carvalho. Edición: Jerónimo Pérez Rioja y Miguel Schverdfinger. Música: Alfonso Olguín. Sonido: Guido Berenblum, Manuel De Andrés y Emmanuel Croset. Producción: Rei Pictures (Benjamín Domenech, Santiago Gallelli y Matías Roveda), Louverture Films (Joslyn Barnes), Piano (Julio Chavezmontes), Pio & Co (Sandrine Dumas, Marie-Pierre Macia y Claire Gadea), Snowglobe (Katrin Pors y Mikkel Jersi) y Lemming Film (Leontine Petit, Erik Glijnis). Distribuidora: REI Pictures. Duración: 119 minutos. Apta para todo público (con leyendas=.
De lo macro a lo micro y luego de lo micro a lo macro. Así parece ser el camino de ida y vuelta que emprende Lucrecia Martel en Nuestra Tierra, una incursión en el documental que en principio puede parecer una rareza dentro de su filmografía, pero que en verdad resulta una continuación lógica a Zama (2017) y varios trabajos previos en su indagación en el colonialismo y el racismo (hay que aclarar que entre ambos proyectos rodó el telefilm Terminal Norte y el cortometraje Camarera de piso).
Lo primero que vemos son satélites orbitando alrededor de la Tierra, mientras suena la voz de Mercedes Sosa cantando “Señor, ten piedad de nosotros” en la Misa criolla de Ariel Ramírez. De allí a imágenes aéreas (Martel nos regalará durante las dos horas siguientes un auténtico festival de drones) que sobrevuelan distintas zonas (algunas verdes y cultivadas) hasta llegar a una cancha donde se está jugando un partido de fútbol femenino. Más allá del virtuosismo formal es también parte de esa idea inicial: de la inmensidad, de lo “celestial”, a lo terrenal y mundano.
La acción de Nuestra Tierra transcurre en Tucumán pendulando todo el tiempo entre lo rural (las tierras de la comunidad Chuschagasta en El Chorro) y lo urbano (el tribunal donde se registra el día a día de un juicio), entre la actualidad y la Historia, entre el material de archivo (los hechos centrales que se analizan y reconstruyen pueden verse hasta en YouTube) y lo que filma Martel, entre la denuncia propia del cine político y las historias de vida contadas con sensibilidad y desde la intimidad.
Para cualquiera que no haya leído sobre el caso ni lo haga antes de ver la película, Nuestra Tierra funciona a su manera como un thriller procesal en el que iremos conociendo a partir del accionar de la Justicia, las presentaciones de pruebas, los testimonios de los implicados y testigos, y los alegatos de ambas partes los detalles, aristas, alcances y dimensiones del caso.
Y los hechos -no es spoiler porque se exponen desde los primeros minutos- tienen que ver con el asesinato de Javier Chocobar, cacique de los Chuschagasta, una de las comunidades diaguitas de Tucumán, ocurrido el 12 de octubre de 2009. El juicio recién arrancó en 2018 y los acusados fueron Sergio “el Turco” Amin, un empresario que pretendía desarrollar una explotación minera en las tierras que los comuneros habitaban y reclamaban como propias desde hacía muchísimo tiempo, y dos cómplices, ambos expolicías exonerados de la fuerza, que lo ayudaban en su intento de desalojo: Luis Humberto “El Niño” Gómez y José Valdivieso.
Más allá de la resolución del caso que, claro, se expondrá sobre el final, lo que a Martel también (o sobre todo) le interesa es explorar la larga historia de colonialismo y del despojo territorial que condujo a ese crimen. El racismo acendrado, las profundas diferencias de clase, la connivencia del establishment político, religioso, judicial, económico y de seguridad con los más poderosos (y prepotentes), y la invisibilización o incluso represión de los reclamos de los pueblos originarios son algunos de los temas que la directora aborda yendo desde la indignación hasta la sutileza, desde la crudeza de las imágenes pixeladas de las balaceras tomadas in situ con un celular hasta el sosiego de compartir entrañables veladas dedicadas al placer de la charla y a mirar fotos antiguas que nos permiten conocer el pasado de las familias Chuschagasta hasta llegar a la del propio Javier Chocobar con los hermosos recuerdos de quien fuera su esposa.
Por supuesto, la mirada revisionista respecto de la historia oficial de Martel no se limita a los temas trascendentes sino que hay tiempo para conocer la geografía del lugar (bella y hostil a la vez con sus montes escarpados), su fauna (abundarán las cabras y los caballos), su flora, su música (de las ancestrales coplas al chamamé), sus costumbres (una observación muy simpática es la tendencia de varios personajes a llevar siempre una lapicera enganchada en los bolsillos de sus camisas), las procesiones religiosas y hasta referencias al séptimo arte que incluyen desde citas a Ben-Hur y un emotivo juego de cine dentro del cine bastante cerca del cierre.
Nuestra tierra (con minúscula) puede referirse a la reivindicación de una lucha de siglos que sostienen los descendientes de los pueblos originarios, mientras que Nuestra Tierra (con mayúscula) resulta una advertencia frente a un planeta que parece marchar sin pausa y cada vez con más prisa hacia la autodestrucción. Un film que (perdonen por apelar a una adjetivación que yo mismo suelo detestar) en vista de las urgencias que atravesamos en la Argentina y en muchos otros rincones del mundo es útil, necesario e insoslayable.
Entrevista (audio) a Martel por la película y el libro
Reseña de “Un destino común” (Caja Negra/2025, 224 páginas)
Lucrecia Martel ha recorrido buena parte del mundo con sus películas, que se han visto en los más importantes festivales (Cannes, Venecia, Berlín, etc.), pero también con sus conferencias magistrales o charlas más descontracturadas. Unas cuantas se han grabado (y desgrabado), pero -incluso a pedido de ella- la mayoría no estaban disponibles. Hasta ahora.
En ese sentido, Un destino común cumple con crecer con el objetivo de reunir (poner en valor y también en discusión) la hasta aquí dispersa obra intelectual, el pensamiento de la directora salteña no solo sobre cine sino sobre muchos otros temas que la apasionan y la preocupan: desde las nuevas tecnologías hasta el racismo, pasando por la lucha de las mujeres, aunque -claro- sus principales aportes (obsesiones) han pasado por el lugar del sonido en el universo audiovisual.
El libro está dividido en tres grandes partes. La primera se compone de tres conferencias sobre cine, sonido y narrativa concretadas en instituciones culturales de España y Argentina entre 2009 y 2020. La más conocida es Phonurgia, una charla teórico-práctica que Martel dio en varios festivales para exponer la búsqueda minuciosa e inmersiva con el sonido en sus films. El segundo bloque está integrado por encuentros con el poeta y cineasta César González (en La Plata, 2018); con la realizadora catalana Carla Simón (en Barcelona, 2022) y con la escritora Leila Guerriero (en Montevideo, 2023). El tercer núcleo -con intervenciones más recientes- se titula Sobre el futuro y la invención e incluye el seminario Cómo armar un destino común (de ahí el título del libro), que dio en la FADU en 2023 en el marco del FIC.UBA; dos clases magistrales organizadas por Fundación Alternativa en 2023 y 2024; y la conferencia Notas para los indios insomnes, que dio en el MALBA en junio de 2025.
Como dice Martel en la reciente entrevista que le hicimos para el podcast Entrevistas al cine argentino, mucho público que asiste a sus charlas ha visto poco o nada su obra fílmica, pero la admira y le gusta escucharla. En ese sentido, los editores del libro Malena Rey y Pablo Marín sostienen que en sus últimas intervenciones “el tono de Martel se vuelve más provocador y propositivo, en gran medida porque se dirige a públicos formados mayormente por personas jóvenes a las que quiere decirles algo útil. Son textos que buscan sacudir el letargo y la resignación para volver a infundir confianza en la invención”.
De todas maneras, en su breve presentación del libro, la realizadora tiene objetivos más modestos: “Puedo precisar con total precisión lo que pretendo para la humanidad. Caminar sin miedo, desplazarse como se pueda, y conversar con la gente”. Esta compilación de charlas, viajes y encuentros es una buena síntesis de esa búsqueda.
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