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Berlinale 76
Festival de Berlín 2026: crítica de “Rose”, película de Markus Schleinzer con Sandra Hüller (Competencia Oficial)
El realizador austríaco de Michael (2011) y Angelo (2018) estrenó en la sección principal este film en blanco y negro protagonizado por la alemana Hüller, una de las actrices más relevantes de la actualidad.
Rose (Austria, Alemania/2026). Dirección: Markus Schleinzer. Elenco: Sandra Hüller, Caro Braun, Marisa Growaldt, Godehard Giese y Augustino Renken. Guion: Markus Schleinzer y Alejandro Brom. Fotografía: Gerald Kerkletz. Edición: Hansjörg Weißbrich. Música: Tara Nome Doyle. Duración: 93 minutos. Estreno mundial en la Competencia Oficial.
El historiador y activista Vito Russo, autor de El celuloide oculto, decía que, en el cine, los hombres vestidos de mujer solían tender a la comicidad, hasta el punto de estar desprovistos de una carga sexual. No sucede así con las mujeres vestidas de hombre, una figura que atraviesa la historia del cine, y que encontró su esplendor en las actuaciones de Katherine Hepburn en Sylvia Scarlett, de Marlene Dietrich en Marruecos y de Greta Garbo en La reina Cristina de Suecia. Todas ellas eran estrellas, y todas interpretaban a mujeres vestidas de hombre por circunstancias del guion (en la performance en Dietrich, la necesidad de encajar en un mundo eminentemente masculino). Sin embargo, había algo en el gesto de la transformación y en la propia performatividad de las actrices que removía los cimientos de la representación de los géneros y del deseo.
En Rose, de Markus Schleinzer, también hay una estrella: la que es quizá una de las actrices más importantes del cine europeo contemporáneo, Sandra Hüller. Y hay un matiz en la expresión: la manera de sostener, mentón alzado, el sombrero; de mascar la paja; de mantener un gesto imperturbable; de mostrar un rostro atravesado por una cicatriz. Hay, otra vez, una performatividad subversiva. De nuevo, el juego con el género no nace del deseo implícito, sino de una necesidad mundana: ella interpreta a Rose, quien se hace pasar por un compañero fallecido con la intención de heredar unas tierras que eran de él.
Situada a principios del siglo XVII en Alemania y filmada en un bellísimo blanco y negro, Rose se expone mediante el rigor del encuadre. Por momentos, queda demasiado encorsetada en la trama y en la voz en off, sobre todo cuando todo versa en torno a las sospechas de los vecinos del pueblo y sobre la relación entre protagonista y su esposa. No hay coartada a la hora de abordar la misoginia y sobre todo la homofobia y la transfobia latente, ya que, aunque la puesta en escena se cuida a la hora de mostrar de manera frontal ciertas acciones, la violencia queda patente.
En Jeanne la Pucelle, Jacques Rivette puso el foco precisamente en la convicción de Juana de Arco de vestirse de hombre, argumentando que fue precisamente esto, y no tanto su relación con la fe y con Dios, lo que hizo que la condenaran a la hoguera. Había ahí un gesto político, que se evidenciaba en el rostro de Sandrine Bonnaire. En Rose no es este el calado, sino que sencillamente se trata de algo tan pragmático como irremediable.
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