Columnistas

A propósito de "Boyhood"

Richard Linklater y el arte de filmar el paso del tiempo

A partir del estreno de la notable Boyhood, nuestra columnista repasa los temas esenciales de la carrera del director de Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes de la medianoche.

Publicada el 16/10/2014

Publicado el 16/10/2014

“Soy un viajero en el tiempo, y vengo del futuro para entregarte esta carta de tu futura yo de ochenta años”
. Está terminando Antes de la medianoche, se acaba el poco tiempo que tenían para estar juntos y solos y Jesse, que acaba de recibir la peor declaración posible de Celine (me parece que ya no te quiero) recurre a la ficción para ganársela una vez más después de veinte años, para hacerla volver al juego.

Que coincidan el drama amoroso y la ciencia ficción es solamente natural en una obra como la de Richard Linklater, que se extiende en varias direcciones con estiramientos que, casi siempre llevados adelante por una preocupación por el crecimiento y el paso del tiempo, abarca desde películas icónicas del indie de los años ‘90 como Slacker (1991), una que sigue a varios personajes haciendo o no haciendo nada a lo largo del día; Escuela de rock (2003), comedia mainstream sobre chicos que no tienen tiempo para serlo y un grandulón que se hace un poco papá mientras les presta a sus alumnitos lo que le sobra de infancia y de juego; y Una mirada en la oscuridad (2006), basada en un relato de Philip Dick, que amplifica en un futuro cercano aspectos de la sociedad de control actual y sus correspondientes vías de escape alucinadas.

Entre las reflexiones puestas en boca de los personajes de sus películas, y el registro cinematográfico de los efectos del tiempo en la piel de los que hablan, Linklater construye ficciones más o menos abiertas, flexibles, capaces de contener en su interior la historia de amor aparentemente más clásica y, al mismo tiempo, derivarse a toda clase de digresiones que son otras tantas ficciones, anécdotas, peliculitas en potencia. Jesse y Celine caminan a paso lento y Celine cuenta cómo hace poco se enteró de que el papá mataba a la mayoría de los gatitos que cada año le nacían a su gata, o cómo se dio cuenta de que un recuerdo que tenía, el de un hombre que la acosaba a la vuelta de la escuela, era un invento producido por los temores de mamá.

Los personajes de Linklater son esos mismos que hablan en este instante y también son memoria, extienden sus raíces en el paso y eso los vuelve esencialmente mutantes, tanto como el recuerdo. Y ni siquiera la historia de Jesse y Celine, grabada a fuego en la experiencia de los miles de espectadores que se buscan y encuentran en las ilusiones y desilusiones de los dos, es inmutable: lamentablemente, Celine la cuenta con un dejo de desprecio en Antes de la medianoche, y tanto esa actitud como el tono de la película misma parecen poner en riesgo el mito largamente construido.

Muchas películas tienden a la eternización, a la permanencia, pero Linklater tiene el coraje medio loco de escribir y borrar, reescribir, relativizar, siempre sobre un material cuestionable y efímero. Por eso, sus películas encantadoras pueden ser una patada en el estómago, al centro del dolor de esa conciencia que no es tanto un “Me voy a morir” sino un “Me estoy muriendo ya, todos los días”. Y, gracias a ese coraje, Linklater consiguió la proeza de tener no una obra maestra sino dos, complementarias y distintas en su manera de registrar o no poder registrar el paso del tiempo, y elaboradas a lo largo de períodos tan extensos que el director se pasó literalmente media vida planificando y juntando material para estas películas. Eso de por sí es conmovedor: hay que saber apostar a futuro como en Boyhood (filmada a lo largo de doce años), armando el guión de una película a medida que los años y la vida van sugiriendo modificaciones, haciendo su tarea. Y hay que tener valor para hacer Antes de la medianoche (2013), después de dos películas increíblemente buenas y tan icónicas como Antes del amanecer (1994) y Antes del atardecer (2004), y reescribir y retocar el pasado, o todo lo que en esas películas parecía bello y cerrado, a la luz de una maduración que trae unas cuantas amarguras y decepciones.

Pero aunque Boyhood venga con una novedad (Linklater filmó durante doce años a sus protagonistas, durante unos pocos días cada año, y fue armando el guión al mismo tiempo que rodaba, de modo que los chicos Ellar Coltrane y Lorelei Linklater pasan de nenes a casi adultos, y los padres Patricia Arquette y Ethan Hawke se convierten frente a nuestros ojos en señores) que la convierte en un objeto súper atractivo, único a pesar de su simpleza, no es la primera vez que Linklater filma chicos que crecen: Jesse y Celine tenían poco más de veinte en Antes del amanecer, no cargaban con una sola arruga y sobre todo -en esto consiste la juventud- el amor a la vida y a las personas era, literalmente, una nube de bordes rosados flotando sobre sus cabezas en un atardecer en Viena.

Diez años después, algo decepcionados y con el corazón ya envenenado de ese cinismo que va y viene, el reencuentro les permite volver a la nube, ahora con los tonos dorados de una tarde parisina. Veinte años después, y por más Grecia que tengan de fondo, ya no hay ninguna nube, y no hay tampoco posibilidad de esperarla en el futuro: Jesse y Celine se quieren con toda la furia de las parejas a las que la crianza compartida los convirtió en dos perros que se disputan el hueso mordisqueado del “tiempo para hacer mis cosas”, con todo el resentimiento de los que ya no pueden perdonarse ni pedir perdón por el dolor causado, que es bien real, está ahí y no se lava ni se borra. Y se vuelven a elegir con ese amor impuro, esa especie de milagro de la naturaleza que hace reaparecer los brotes de otros tiempos entre la basura.

Boyhood-critica-600.jpg

Si eso no es crecer, no sé lo que será. Pero claro que está ese otro costado orgánico del crecimiento, el que lleva a un bebé a ser un hombre con barba, pasando por estadios más o menos cómicos o incómodos como el nene con cara de bebé, el preadolescente con pancita o el adolescente estirado y de huesos larguísimos que parece una marioneta de Tim Burton. Boyhood nos pone frente a los ojos el crecimiento de Mason, un chico de padres separados que se pelea con la hermana y se aburre como cualquier chico, y que no tiene más remedio que seguir a la madre en sus decisiones de mudarse, casarse, volver a mudarse y casarse.
La película va desde ese tiempo en que la vida de un chico no es del todo suya hasta que Mason, literalmente, se pone al volante de su propia historia: en el medio, abandona a su mejor amigo casi sin mirarlo desde la ventanilla de atrás del auto que se va, y tapa con pintura blanca y un pincel las marcas del crecimiento en el marco de la puerta de esa casa que alquilaban. La nostalgia no existe en Boyhood más que para el que mira, porque los chicos solamente quieren crecer y sacarse de encima las limitaciones de la infancia, y Mason también quiere eso.

Además, acá no existe la centralidad de Jesse y Celine, siempre dueños del plano y encuadrados en una postal que tiene como fondo al cielo atardecido de Viena o los reflejos del Sena. Ser chico es estar en el margen y la libertad de los chicos está en los rincones, si es que son capaces de habitarlos: Mason da explicaciones desde el asiento trasero a la mamá, después mira un pájaro enterrado en ese espacio estrechísimo entre la casa y la medianera, o graffitea abajo de un puente y un amigo le habla a la hermanita de Mason desde una rendija. Y a algunos sucesos fundamentales de su vida, también los mira oblicuamente desde una ventana, sin poder escuchar lo que los adultos dicen pero intuyendo que algo no funciona más.

Mientras tanto, Mason crece, y la película no registra tanto el paso del tiempo como los saltos insalvables que se dan entre cada etapa, y que hacen aparecer a cada nuevo Mason como una especie de criatura fantástica. En ese sentido el efecto total de Boyhood es más parecido a la memoria que al del tiempo en su transcurso, porque participar de las diferentes etapas de Mason es como dar vuelta las hojas de un álbum de fotos: lo que queda en el medio, la vida propiamente dicha, es lo que ya se perdió. Una línea de tiempo llena de agujeros, difícil de captar, inexplicable.


Y cargada de trivialidad, porque todo lo que de Antes del amanecer a Antes de la medianoche es excepcionalidad -el encuentro con el amor de tu vida, un paseo irrepetible y espontáneo por Viena, una tarde en París que te reúne con esa persona a la que creíste perder hace casi diez años, unas vacaciones en Grecia invitados por un escritor admirado, en una vida que no tiene descanso-, en Boyhood es rutina, y lo primero que aparece en la película como experiencia propia de la infancia es esa cosa de estar un poco de más, de esperar a que los grandes te puedan prestar atención, de estar matando el tiempo mientras los demás hacen sus cosas en un primer plano difuso y a la vez determinante. Las casas de Boyhood son feas y las personas son comunes –acuérdense de Antes del atardecer, cuando cada persona que Jesse y Celine se cruzaban era copada, desde un poeta en un bote a una adivina llena de teatralidad-, la vida está hecha mayormente de momentos que no son nada del otro mundo, las personas tienen que luchar para hacerse una vida y a veces fracasan.

Y, sin embargo, en medio de toda esa insignificancia puede crecer una mirada que vuelva a las cosas especiales. Así es la mirada de Mason, presentada en un momento de belleza única y estética al principio de la película y retomada al final, con una expresión de entusiasmo y maravilla frente a una perspectiva nueva. Cómo viaja esa mirada a través del tiempo, cómo hace su experiencia, son preguntas que Boyhood deja completamente abiertas, porque el registro del crecimiento biológico sirve como testimonio pero no explica ningún verdadero misterio. Y también es una experiencia del tiempo bastante extraña -doce años en menos de tres horas- que a uno lo deja casi sufriendo por el tiempo que se escapó de entre los planos, igual que la mamá de Mason, que ya se siente cerca del entierro al final de la película y después de enumerar las pocas grandes cosas que pudo hacer en el espacio de una vida confiesa: “Es sólo que pensé que habría más”.

Por otra parte, Boyhood termina donde Antes del amanecer podría empezar -no solamente por la escasa diferencia de edad entre Mason y Jesse sino porque toma ese instante en que el mundo está ahí, recién abierto, conflictivo y fascinante, representado un poco en esa chica que sólo esa cosa llamada magia te puede haber puesto al alcance de la mano- y en ese sentido complementa las tres películas protagonizadas por Julie Delpy y Ethan Hawke. O también, Antes de la medianoche podría continuar en Boyhood, sólo que ahora Jesse y Celine serían los padres (de hecho, Ethan Hawke no por nada es el padre de Mason en Boyhood).

De esa manera Linklater cubre media vida, toda la que se considera normalmente un período de crecimiento, hasta que las personas empiezan de verdad a envejecer y le pasan la posta a los hijos. Son películas que funcionan como módulos que pueden ponerse uno a continuación de otro, como uno prefiera, aunque sea para que cuando una termina la otra vuelva a empezar, los padres vuelvan a ser chicos en sus hijos, y así. El tiempo que queda después es algo que Linklater todavía no filmó, eso que el viajero en el tiempo Jesse nombra como un deseo cuando le lee a Celine la carta de su yo futura: “Estás entrando en los mejores años de tu vida”.

COMENTARIOS

  • 23/10/2014 18:24

    <p>La pel&iacute;cula del a&ntilde;o. Hermosa columna, te felicito Marina</p>

  • 17/10/2014 18:34

    <p>Notable, como siempre, tu columna. Me sumo a Dannah no veo la hora de poder ver esta pel&iacute;cula</p>

  • 16/10/2014 16:39

    <p>Tu columna me lleg&oacute; a lo m&aacute;s profundo de mi ser. Como el cine de Linklater.</p> <p>Bellas palabras.</p> <p>Merecer&iacute;an ser le&iacute;das por &eacute;l.rn</p> <p>Cuando vea la peli (que no puedo esperar m&aacute;s) acoto.</p> <p>Gracias.</p>

DEJÁ TU COMENTARIO


COLUMNISTAS ANTERIORES


Historia de la Producción (reflexiones para la coyuntura del cine argentino)
Pablo Chernov

Nuestro columnista, productor de películas como Todos mienten, Papirosen, Los dueños, Esto no es un golpe, La vida en común, La dosis, Camuflaje, Clara se pierde en el bosque y Los días chinos, (se) pregunta sobre la pertinencia de ciertas ideas y prácticas propias de otros tiempos y sobre la relación entre los profesionales más experimentados con jóvenes estudiantes que se enfrentan a un panorama muy desalentador.

LEER MÁS
Ilegal y arbitraria normativa del INCAA sobre la integración del Consejo Asesor
Julio Raffo

Nuestro columnista cuestiona las últimas decisiones del presidente del Instituto, Carlos Pirovano, que podrían ser llevadas a los estrados judiciales.

LEER MÁS
Nueva y brutal amenaza al sector audiovisual nacional
Julio Raffo

Los proyectos de Ley de Modernización Laboral y de Ley de Compromiso para la Estabilidad Fiscal y Monetaria que está por tratar el Congreso implican el virtual desfinanciamiento de todo el arco cultural con características mucho más terminantes que, por ejemplo, las que se intentaron implementar durante el gobierno de Mauricio Macri.

LEER MÁS
Videocrítica de "Fue solo un accidente", de Jafar Panahi
Diego Batlle y Manu Yáñez

Desde Cannes, Diego Batlle y Manu Yáñez analizan It Was Just an Accident, la nueva película del director iraní Jafar Panahi, ganadora nada menos que de la Palma de Oro. Se proyecta este martes 25 de noviembre, a las 20, en el marco de la Semana de Cine del Festival de Cannes en el Gaumont. Estreno en salas comerciales de Argentina: 4 de diciembre de 2025.

LEER MÁS