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Crítica de “Espíritu sagrado”, de Chema García Ibarra (Concorso Internazionale) - #Locarno2021
La segunda película española en la disputa por el Leopardo de Oro después de Sis dies corrents es una tragicomedia tan desconcertante como en definitiva estimulante que ratifica todo aquello que el director insinuaba en sus cortometrajes.
Espíritu sagrado (España-Francia-Turquía/2021). Guion y dirección: Chema García Ibarra. Elenco: Nacho Fernández, Llum Arques, Rocío Ibáñez y Joanna Valverde. Fotografía: Ion de Sosa. Edición: Ana Pfaff. Duración: 97 minutos.
Tras varios prometedores cortos (El ataque de los robots de Nebulosa-5, Protopartículas, Uranes, Misterio, La disco resplandece, Leyenda dorada) que le valieron incluso cierto de aire de culto, Chema García Ibarra debuta en el largometraje con un OVNI cinematográfico sobre... adoradores de OVNIs.
Ya desde el inicio la película nos hace pendular entre situaciones extremas como el padecer de una madre frente a la desaparición (¿abducción?) de una de sus hijas y otras bastante excéntricas como la dinámica interna de OVNI-Levante, una asociación dedicada a la Ufología que luego de la muerte de su líder queda en manos de un auténtico antihéroe como José Manuel (Nacho Fernández).
Es cierto que una película dedicada a cuestiones esotéricas, parapsicológicas y paranormales está de por sí siempre en permanente zona de riesgo (y aquí hace equilibrio para no caer en un patetismo a-la-hermanos-Coen o en la banalización de conflictos trágicos), pero García Ibarra parece disfrutar de extraer humor en medio del drama y de tomarse muy en serio las desventuras de sus criaturas y sus contextos.
El cine de García Ibarra remite por momentos al de Bruno Dumont, Aki Kaurismäki y Quentin Dupieux (si tuviéramos que buscar algún referente español tiene ciertos elementos de Alex de la Iglesia, Javier Fesser y del Carlos Vermut de Magical Girl, pero con un anclaje más realista y un humor mucho más asordinado). Y, en medio de la maraña de ramificaciones, atajos y derivas, surgen momentos de gran cine, como ese largo plano en un parque de diversiones en el que un tío y una sobrina se suben a un carrito volador mientras de fondo suena una deforme, grasa y hermosa versión de Zombie, el clásico de The Cranberries que supo cantar Dolores O'Riordan, pero aquí con el espíritu pop-flamenco de Los Sobraos.
Con una apuesta por las texturas del fílmico, Espíritu sagrado resulta en su estética y su tono premeditadamente anacrónica y melancólica. Es más, si no fuera por los smartphones que aparecen en pantalla bien podría transcurrir en en la Elche (ciudad natal del director) de los años '70, los '80 o los '90. La elección de no-actores es otro riesgo (y hallazgo) de la película. Es cierto que patinan un poco cuando les toca en suerte un parlamento demasiado largo (que parece recitado), pero esos rostros y dicciones alejadas por completo de los ideales, de los cánones, de la fotogenia y del perfeccionismo le otorgan al film un aire muy particular: un costumbrismo al mismo tiempo distanciado. Una historia sobre la trascendencia y el futuro de la humanidad narrada con la ligereza de quien cuenta al pasar una anécdota efímera. El humor y la tragedia hermanados en su tránsito por los laberintos inexpugnables de un cine que, lejos de los encasillamientos, resulta tan indescifrable como fascinante.
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