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Crítica de “La silla” (“The Chair Company”), serie de Tim Robinson y Zach Kanin (HBO Max)
Tras el éxito y los premios cosechados con las tres temporadas de I Think You Should Leave en Netflix, Tim Robinson creó junto a su habitual socio Zach Kanin una serie en la que incursiona ya no en sketches sino en una narración más tradicional.
La silla (The Chair Company, Estados Unidos/2025). Creadores / Shorunners: Tim Robinson y Zach Kanin. Dirección: Andrew DeYoung y Aaron Schimberg. Guion: Tim Robinson y Zach Kanin. Elenco: Tim Robinson, Lake Bell, Sophia Lillis, Will Price, Joseph Tudisco, Jim Downey y Lou Diamond Phillips. Música: Keegan DeWitt. Fotografía: Adam McDaid y Ashley Connor. Duración: 8 episodios de 30 minutos (tres ya disponibles en HBO Max). Se suma uno nuevo cada domingo hasta el 30 de noviembre.
I Think You Should Leave es una de las series cómicas más singulares de la última década. Integrada por una sucesión de sketches de un par de minutos sin relación narrativa entre sí, la creación de Tim Robinson –cuyas tres temporadas están en Netflix– exploraba lo ridículo de las normas sociales indagando en la vergüenza y la desubicación como combustible cómico. Hombres que pierden el control en una reunión de trabajo, fiestas familiares que se vuelven una pesadilla a raíz de un regalo de dudoso gusto, un particular compañero de asiento en un avión: allí el humor ocurría a partir de situaciones mínimas que estallaban por exceso de incomodidad o desbordes emocionales varios.
Robinson retoma buena parte de esas búsquedas en La silla, cuyos primeros tres episodios ya están en la plataforma HBO Max. En su debut en las series con continuidad narrativa, Robinson interpreta a Ron Trosper, un empleado gris de una empresa constructora cuya vida da un giro después de protagonizar un incidente durante una reunión: una caída luego de sentarse en una silla que se rompe. Si para la mayoría hubiera sido vergonzoso pero anecdótico, para Ron termina siendo el combustible para buscar, en principio, una disculpa. “Es el problema con el mundo de hoy. La gente hace basura y no podés hablar con nadie”, grita después de haber estado en espera en el teléfono durante ¡siete horas!
Lo que empieza como una comedia sobre el bochorno y la exposición digital (hay un video de la caída rápidamente viralizado) se irá transformando, con el avance de los primeros episodios, en una espiral de paranoia corporativa por la que Ron comienza a sospechar que la empresa que hizo la silla esconde algo siniestro: puede ser un experimento psicológico a gran escala, la punta de una red mafiosa y un sinfín de empresas fantasma o, lo peor de lo peor, una gran broma privada a costa suya.
Robinson y su coguionista habitual Zach Kanin construyen un falso thriller en el que cada gesto trivial y mínimo (una mirada del jefe, un e-mail sin respuesta, una reunión fuera de horario) parece tener un sentido oculto. En este contexto, una de las principales causas cómicas radica en el contraste entre la grandilocuencia de las sospechas y la banalidad del entorno de oficina donde transcurre buena parte del relato. La otra, en la explosividad constante de un tipo que mezcla el delirio surrealista de Will Ferrell con el del Adam Sandler más irascible, aquel que, como Ron, está furioso y nunca sabe qué hacer con esa rabia que lo corre por dentro.
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