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Crítica de “A Ciambra”, de Jonas Carpignano (Quincena de Realizadores) - #Cannes70
Una joya neorrealista del cine italiano que fue premiada, con absoluta justicia, en la Quinzaine de este año.
Fue la penúltima película que vi en Cannes y quedó en mi Top 3 del festival. Si no fuera por alguna escena aislada que resulta un poco forzada, por un final algo ampuloso (pero igualmente conmovedor) y de cierto uso sobrecargado de la música estaríamos hablando de una obra maestra de Carpignano, que confirma aquí el tono y el estilo que ya mostrara en su notable ópera prima Mediterranea, distinguida en la Semana de la Crítica 2015.
El título de A Ciambra refiere a una pequeña comunidad romaní en Calabria, zona bastante postergada del sur de Italia y ahora también uno de los centros neurálgicos del conflicto de los refugiados norafricanos.
El protagonista del film es Pio Amato, un niño de 14 años que bebe, fuma e intenta ingresar lo más rápidamente posible al mundo de los adultos que, en su inmensa mayoría, se dedican a robos, estafas o negocios turbios. Pio quiere ser como su hermano mayor Cosimo (Damiano Amato), al que vemos entrar y salir de la cárcel a cada rato.
El film no juzga ni exalta a Pio (aunque claramente lo quiere) ni a su entorno familiar compuesto por hermanos, tíos, padres y un abuelo anciano que supo ser patriarca del clan (todos los Amato se “interpretan” a sí mismos). La película tampoco es un documental puro, ya que hay muchos e intensos conflictos de ficción, pero Carpignano registra (y construye) un universo fascinante y desconocido como el de los gitanos, uno de los grupos más resistidos en Italia precisamente porque suelen desvalijar casas, robar autos y luego pedir rescate por ellos o desarmarlos, y quedarse con las valijas ajenas en los trenes, entre otras actividades delictivas.
Carpignano -que contó con el apoyo de Martin Scorsese como uno de los productores ejecutivos- muestra también la tensión entre los romaníes y los africanos (la relación entre Pio y un inmigrante de Burkina Faso es hermosa) y sobre todo con “los italianos” (como ellos los llaman), así como también la acción de los grupos de choque de ultraderecha que suelen incendiar las casas de los gitanos con la intención de amedrentarlos y que se vayan (antes eran un pueblo nómade). “Nunca te olvides que no tenemos patrón y que estamos solos contra el mundo”, le dice el abuelo al carismático Pio, eje de este hermoso, tragicómico, desgarrador relato de iniciación a la adultez de espíritu dickensoniano en un entorno sórdido y hostil.
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