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“Mindhunter” y “Ozark”: La paciencia tiene recompensa

Tras algunos tropezones iniciales, estas apuestas de Netflix tienen múltiples hallazgos y atractivos.

Publicada el 23/10/2017


Casualidad o no, las dos últimas series que vi en Netflix me llevaron de una decepción inicial a una satisfacción final. No es (o no era) tan habitual que las series comiencen de manera dubitativa o apelando a lugares comunes para luego ir afinando la puntería. Es que una cadena tradicional que depende del rating no puede darse el lujo de arrancar mal: los anunciantes (si tiene tandas publicitarias) o el rating (si los números se hacen públicos) no perdonan las indecisiones y la fuga de público. No es que en Netflix haya vía libre para cualquier tipo de desliz, pero al trabajar con con un abono mensual y al no difundir sus estadísticas la presión es un poco menor.

Quizás esto sea solo una sensación y la libertad artística no sea la que parece, pero Mindhunter y Ozark son dos pruebas de fuego para los impacientes, para aquellos (la mayoría) que le dan solo uno o dos episodios a cada serie para que los convenzan de que vale la pena seguir invirtiendo ese tiempo que tanto escasea.




Los dos primeros de los diez episodios de Mindhunter (ambos dirigidos por David Fincher) son los más flojos de una serie que recién a partir del tercero y cuarto (ambos filmados por Asif Kapadia, el mismo de los documentales Senna y Amy) encuentra su tono, sus matices, su profundidad psicológica, su -en definitiva- razón de ser. Pasamos de una serie de asesinos seriales for dummies a una en la que la interacción entre la dupla central (el novato y entusiasta Jonathan Groff y el veterano, cínico y decadente Holt McCallany) y con el resto de los personajes (jefes, colaboradores novias, esposas) va creciendo en intensidad, matices y complejidad. Comienzan a desarrollarse no sólo los casos policiales más sórdidos sino también los conflictos afectivos (de pareja, de paternidad) y de poder más interesantes. Mindhunter va construyendo un universo (el de estos “cazadores de cerebros” en pleno 1977) y una especialización (la exploración mediante entrevistas inducidas de los comportamientos de los seres más perversos y sangrientos del estilo de Charles Manson y Ted Bundy) que por momentos se desarrolla a los tumbos, probando, improvisando, cometiendo incluso algunos excesos.

Basada en Mind Hunter: Inside the FBI's Elite Crime Unit, de John E. Douglas y Mark Olshaker, la serie de Joe Penhall exige, es cierto, cierto compromiso por parte del espectador para sobrellevar largos interrogatorios a esos serial killers que van confesando de a poco sus terribles crímenes. Lo que en principio parecía como un Fincher (que dirige muy bien los dos últimos capítulos) menor, como un sub-Pecados capitales mezclado con un sub-Zodíaco termina siendo algo bastante más complejo y valioso, con buenas perspectivas (hay varias líneas abiertas) hacia la segunda temporada que llegará en 2018.




Algo similar ocurre con Ozark. No es que el piloto sea malo (diría que incluso es bastante sólido), pero no hace otra cosa que trazar similitudes con la serie que resultó algo así como un estigma para este proyecto: Breaking Bad. Cuando vemos a Martin 'Marty' Byrde (Jason Bateman), un padre de familia en crisis con su esposa Wendy (Laura Linney) y alejado de sus hijos siendo manipulado por crueles mafiosos latinos la imagen del Walter White de Bryan Cranston viene a la mente de manera inevitable.

Pero, por suerte, Ozark es bastante más que un simple remedo de la creación de Vince Gilligan y, cuando los Byrde se mudan de Chicago a Ozark, ese condado de Misuri que da título a la serie -una zona recreativa, pero habitada por varios de los peores exponentes del white trash-, la serie se torna cada vez más tensa, oscura, inquietante. Bateman está impecable como ese típico hombre de clase de media con el que cualquiera empatizaría, pero que poco a poco -generalmente presionado por los acontecimientos y fuerzas externas- se va convirtiendo en un pequeño monstruo. Un hombre común cuyas abominaciones son justificables solo porque cumple con el mandato social de defender con cualquier recurso a su alcance a los seres queridos.

Ni Mindhunter ni Ozark -que también tendrá su segunda temporada el año próximo- son obras maestras, ni mucho menos series revolucionarias, pero terminan siendo bastante adictivas y, a su manera, provocadoras. Son capaces de transportarnos a un tiempo, a una geografía, un micromundo con reglas propias y acercarnos a personajes convencionales sometidos a circunstancias extraordinarias que los transforman en seres bastante más complejos y extremos.




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