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Crítica de “Eternamente Jeff Buckley” (“It's Never Over, Jeff Buckley”), documental de Amy Berg (HBO Max)
La directora de Deliver Us from Evil (2007), West of Memphis (2012) y Janis: Little Girl Blue (2015) construye un íntimo y a su manera revelador retrato sobre ese cantautor de culto que fue Jeff Buckley.
Eternamente Jeff Buckley / Jamás habrá un final, Jeff Buckley (en España) / It's Never Over, Jeff Buckley (título original) (Estados Unidos/2025). Dirección: Amy Berg. Edición: Brian A. Kates y Stacy Goldate. Fotografía: Sebastiano Tomada, Wolfgang Held, Jenna Rosher, Curren Sheldon y Alex Takats. Duración: 106 minutos. Disponible en HBO Max desde el viernes 10 de julio.
Sobre Jeff Buckley se han producido múltiples documentales, desde Amazing Grace: Jeff Buckley (2004) hasta producciones de televisiones de Inglaterra, Francia y Países Bajos, pasando por registros en vivo como Live in Chicago, libros indispensables como Dream Brother: The Lives and Music of Jeff and Tim Buckley, de David Browne, e infinidad de informes que pululan en YouTube.
Justamente por ser una figura de culto, creador de un único disco en vida, Grace (1994), considerado una obra maestra; un “mártir” joven (murió ahogado a los 30 años en en el Wolf River, un afluente del río Mississippi, en la zona de Wolf River Harbor, en Memphis, el 29 de mayo de 1997), por ser -a pesar suyo- un sex symbol a-lo-James Dean, por ser un genio creativo con una evidente inestabilidad emocional (nunca hubo un diagnóstico oficial, pero mucho se especuló sobre cambios de humor bruscos, comportamientos erráticos, desequilibrio químico, bipolaridad maníaco depresiva e incluso algún episodio psicótico), es que Amy Berg tenía un complejo desafío por delante.
Este documental de la directora de Janis: Little Girl Blue (sobre otra figura de culto como Janis Joplin) que tiene a Brad Pitt (fan confeso de Buckley) como uno de sus productores está narrado desde la voz del propio artista (grabaciones, cartas, entrevistas y hasta extensos y conmovedores mensajes telefónicos que solía enviar) y a partir de los testimonios de tres mujeres que lo trataron muy de cerca como su madre Mary Guibert y sus ex parejas, también músicas, Rebecca Moore y Joan Wasser (conocida como Joan As Police Woman), de sus compañeros de banda Michael Tighe y Parker Kindred (Buckley se la pasó de gira casi tres años presentando Grace) y de otros colegas como Ben Harper y Aimee Mann.
Dueño de una voz extraordinaria, prodigiosa, hipnótica y versátil, de una delicadeza y sensibilidad únicas, fan de artistas como Nina Simone, Bob Dylan, Leonard Cohen (su cover de Hallelujah es épico) y Led Zeppelin (en este caso se trataba de una obsesión y compulsión), Buckley es abordado por Berg con respeto y admiración, pero sin las exageraciones de tantos tributos audiovisuales hechos por fans. Entre los aspectos más interesantes, se explora la traumática pero decisiva relación con su padre (prácticamente ausente) Tim Buckley, un cantautor que tuvo algo de éxito hasta su muerte, producto de una sobredosis de heroína, cuando tenía 28 años.
Buckley tuvo un éxito inicial en bares de Nueva York como Sin-é, un pequeño local del East Village en el que entraban como mucho 40 personas y había gente que lo escuchaba desde la calle, pero su música no encajaba en medio del boom del grunge, estaba completamente fuera de los estereotipos masculinos de la época y las radios optaban por otro tipo de artistas (de todas maneras, fue muy amigo de Chris Cornell, líder de Soundgarden). Su relación con la discográfica Columbia / Sony fue caótica y nunca llegó a entregar el material para un segundo disco (en 1998 se editó de forma póstuma Sketches for My Sweetheart the Drunk).
Artista brillante pero torturado, nunca pudo manejar la presión de la industria, el éxito, la fama, los elogios (David Bowie, Robert Plant y Paul y Linda McCartney hablaron públicamente de su admiración) y la tentación de los excesos. En sus últimos tiempos se había instalado en una vieja y aislada casona en Memphis, donde parecía haber alcanzado cierta paz y armonía hasta que su cuerpo fue encontrado cuatro días después de su desaparición. Nunca se supo si fue un accidente o un impulso suicida (la autopsia determinó que solo había tomado una cerveza), pero en todo caso eso ya es parte del mito. Eternamente Jeff Buckley es un retrato bello y doloroso, amplio y abarcador (se escuchan 34 canciones y hay mucho material de archivo familiar y artístico inédito). Probablemente el más completo sobre alguien que a esta altura ya alcanzó el estatus de leyenda.
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