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Cine argentino

Festival de Toronto 2026: Crítica de “Glaxo”, película de Benjamín Naishtat con Lali Espósito, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe (Sección Special Presentations)

El nuevo film del director de Historia del miedo (2014), El Movimiento (2015), Rojo (2018) y Puan (2024) tuvo su estreno mundial en la prestigiosa muestra canadiense, luego se proyectará en la Competencia Oficial de San Sebastián (la primera función será el domingo 20/9) y en octubre se verá en el de Londres.

Publicada el 11/09/2026

Glaxo (Brasil, Argentina/2026). Dirección: Benjamín Naishtat. Elenco: Lali Espósito, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi, Esteban Lamothe, Manu Fanego, Alan Sabbagh y Joaquín Bonadeo. Guion: Benjamín Naishtat, basado en la novela homónima de Hernán Ronsino. Fotografía: Pedro Sotero. Edición: Livia Serpa. Dirección de arte: Ezequiel Galeano. Sonido: Fernando Ribero. Música: Shigeru Umebayashi. Productoras: RT Features y Rei Pictures. Duración: 107 minutos. Estreno mundial en el Festival de Toronto. Luego en San Sebastián (Competencia Oficial).

Si leen la ficha técnica que antecede este texto encontrarán que en la procedencia de la película figura primero Brasil y luego la Argentina. No se trata de un error. Ocurre que ante la extrema dificultad para financiar films importantes desde nuestro país por el abandono casi absoluto del fomento por parte del INCAA, muchos cineastas han tenido que recurrir a productores extranjeros para encabezar sus proyectos. Por eso, Glaxo, que tiene un director argentino, está basada en una novela argentina, cuenta con un elenco argentino y transcurre mayoritariamente en una ciudad como Chivilcoy, es una coproducción mayoritariamente brasileña (encabezada por la poderosa compañía RT Features de Rodrigo Teixeira), mientras que la parte local quedó a cargo de Rei Pictures. Las rarezas, paradojas y contrasentidos no terminan ahí: el film se rodó en el vecino del norte y brasileño es también buena parte del equipo técnico.

Pero, más allá de porcentajes de financiamiento y nacionalidad de las cabezas de equipo, no cabe duda de que Glaxo es un film argentino porque no solo ha sido dirigido sino también escrito por Naishtat, quien decidió cambiar fechas, hechos y hasta la estructura de la novela corta (92 páginas) que Hernán Ronsino publicó en 2009: si bien la dinámica pendular con sus saltos temporales se mantiene, el guionista decidió prescindir prácticamente de los puntos de vista y los monólogos interiores de los cuatro personajes principales (Vicente Vardemann, Ismael “Bicho” Souza, Miguelito Barrios y Ramón Folcada) para concentrarse más en algunos, dotarlo de una estructuras más cinematográfica (con más diálogos) y dejar a la farmacéutica inglesa GlaxoSmithKline, de la que deviene el título, como una amenaza latente, una fuerza siniestra cuya incidencia en la aparentemente apacible dinámica pueblerina se irá percibiendo de a poco, a la distancia, para exponer las diferencias de clase, las manipulaciones y las explotaciones desde el poder.

La película comienza en 1984 en uno de esos gigantescos cines de la época en la que se proyecta Terminator, de James Cameron, y dos de los pocos espectadores (el Vardemann de Esteban Bigliardi y el “Bicho” Souza de Alan Sabbagh) pasarán luego un buen rato discutiendo su intrincada estructura de viajes en el tiempo. No serán los únicos, ya que los muy graciosos debates parecen haberse extendido a casi toda la comunidad de esa pequeña ciudad.

Pero ese inicio con pasos de comedia ligera darán lugar de inmediato a zonas mucho más siniestras, como la participación directa del comisario Ramón Folcada (Marcelo Subiotto, omnipresente en el cine argentino contemporáneo) en los fusilamientos de José León Suárez el 9 de junio de 1956 (aquí hay una línea directa con el Rodolfo Walsh de Operación Masacre), tras el sangriento golpe del '55 que también se reconstruye.

Glaxo critica otra

Un año más tarde, vemos a Folcada instalándose en Chivilcoy junto a su esposa a la que todos conocen como “La Negra” Miranda (una Lali Espósito con look e impronta de estrella clásica de Hollywood). La avasallante y seductora presencia de esa mujer en los bailes populares generará un cimbronazo y un flechazo en los cuatro amigos adolescentes que son los protagonistas de las distintas historias, pero sobre todo en Miguelito Barrios (el debutante Joaquín Bonadeo), quien se obsesionará con ella en lo que se convertirá en un retrato sobre el despertar sexual, la iniciación a la adultez y la pérdida de la inocencia (íntima y social).

Como se podrá intuir a partir de estas primeras descripciones (hay muchas más subtramas y personajes desdoblados entre su versión juvenil y su versión adulta), Glaxo es una película ambiciosa y exigente, que salta del coming of age al thriller político, del drama romántico a los enigmas y misterios que encierran tanto el lugar como varios de los protagonistas.

Glaxo le exigió a Naishtat un cambio de estilo: por momentos, la película, que dialoga a la distancia con Rojo, se vuelve de a ratos un poco solemne y morosa, lejos de las propuestas algo más austeras y minimalistas de sus primeros trabajos en solitario (Puan es un proyecto muy distinto compartido con María Alché). Hay algo de homenaje al cine clásico no solo en la forma en que filma a la magnética Espósito sino también en la puesta en escena, el ritmo narrativo, la dirección de arte. Y, en general, sale más que airoso de semejantes desafíos.

Entre una bella y sugerente aunque algo recargada banda sonora del japonés Shigeru Umebayashi (habitual colaborador de Wong Kar-wai), composiciones musicales que van desde Carlos Gardel hasta Virus (Dame una señal, precisamente de 1984), pasando por Claude Debussy y Richard Wagner; expresivas imágenes que sintonizan con las estéticas de cada una de las décadas retratadas y conseguidas con el aporte del director de fotografía brasileño Pedro Sotelo (quien trabajó muchas veces con Kleber Mendonça Filho y con el propio director argentino en Rojo), y homenajes varios como a La bestia debe morir (1952), de Román Viñoly Barreto; Naishtat va construyendo capas, abordando incómodas y tóxicas zonas de una dinámica social marcada por una cadena de impunidades, abusos, miserias, renuncios y traiciones que generaron una progresiva degradación ética y moral.

Aunque no todas las subtramas funcionan con la misma fluidez ni generan el mismo interés, hay en Glaxo muchos momentos de gran cine (en ese sentido, Naishtat se muestra cada vez más dúctil para salir de su zona de confort y aventurarse hacia nuevos horizontes) y un resultado final bastante estimulante y convincente. Brasileña o argentina, Glaxo es una película con ínfulas, audacias y pasajes de genuino disfrute.

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