Vamos al veredicto antes de exponer las pruebas: esta película es recomendable para aquellos que puedan hacer el esfuerzo económico de apreciarla en salas digitales 3D (yo la pude disfrutar en dicho formato), pero -sin haber visto la versión 2D- me animo a decir que su eficacia puede ser mucho menor en las salas convencionales.

Me explico: esta remake del film homónimo de 1981 sobre un killer a-lo-Jason o Freddy en un pueblo minero durante la celebración de San Valentín tiene todo lo que el género slasher & gore exige, pero al mismo tiempo le cuesta escapar a los convencionalismos (lugares comunes, bah) y a ciertas fórmulas a esta altura ya bastante cansadoras. Pero la película -que probablemente en su versión 2D no trascienda el marco que podría tener un aceptable telefilm- logra una dimensión inédita (al menos para mí, que debuté con este largometraje en el terror con anteojitos) gracias a una utilización muy lograda desde lo técnico y muy divertida desde lo narrativo de los efectos 3D.

Los baños de sangre, las mutilaciones, descuartizamientos o decapitaciones (hay de todo), los picos, palas y otros elementos punzantes que se incrustan en los cuerpos (y, claro, en la pantalla) adquieren una espectacularidad (e infunden un terror) que el cine convencional jamás podría conseguir. Es probable (sólo el tiempo lo dirá) que se trata del efecto de la novedad, que el mismo truco repetido hasta el hartazgo en próximas películas del género ya no provoque la misma reacción y termine agotando, pero al menos para mí esta apenas correcta película de terror (con sus matanzas en serie, su humor negro, sus escenas de sexo ridículas, su mirada al conservadurismo pueblerino y sus personajes que nunca son lo que parecen ser) se convirtió en un más que digno entretenimiento gracias al poder de las nuevas tecnologías.